miércoles, diciembre 19, 2007

Tríptico: Tres

Él terminaba sus cuentos en las orillitas de las fórmulas médicas, o en las esquinas que los apretados márgenes del periódico le permitían. Creativamente era un alivio dejar pasar las ideas a los papeles ya impresos y usados para fines tan decididamente útiles como la información del día, o las últimas promociones publicitarias, cuyos volantes casi siempre llevaban una cara en blanco. Cuando se presentaba decía que era escritor, y cuando se le preguntaba dónde estaba su producción, él decía que su humilde aporte era salvar con apretadas palabras silenciosas tantos oficios (papeles) destinados a la utilidad.

Tríptico: Dos

No son pocos los cuidados que deben tenerse con los que sueñan escribir. Si al menos soñaran con volar, habría una serie interminable de contundentes argumentos para retraerlos de su propósito. Pero aquí no es posible. Tan sólo aprenden sus primeras palabras, y a se los ve por ahí mirando distinto; y lo peor: haciendo preguntas. Como tantos siglos de humanidad nos han enseñado, no hay nada más peligroso que un ser acechando preguntas; ellos son como cazadores que tiran flechas al aire; el problema es que aire siempre va a haber. Así las cuentas, tenemos dos peligrosos seres: los inquietos y los escritores. Pues bien, aquí tenemos a este personaje, hasta ayer corriente, padre de familia, trabajador abnegado y gris, quien ayer vio por accidente una extraordinaria película, y ahora se encuentra pensando: ¿por qué hoy, en un día tan corriente, yo tan normal, estoy escribiendo esto en las hojas sobrantes del cuaderno de mi hija?

Tríptico: Uno

Éste era un escritor afamado en el mundo de las papeleras. Toda su producción había ido a parar allí, en los más variados formatos. Fueron particularmente recordadas sus servilletas blancas arrugadas, las hojas de cuaderno viejo con anotaciones profusas, y los reversos de consignaciones bancarias con haikús a medio camino. Pero, haciendo honor a la imperfección del universo, y su insistente aparición en los relatos breves, ya sabemos que no todo es perfecto: un día, un crítico decidió encontrar valor en esas notas dispersas; se publicaron y pasaron de las cestas de basura a las mentes de los habitantes de aquella ciudad. Muchos vieron el cambio como una pérdida de valor artístico, “Era preferible cuando escribía y botaba a la basura; ahora es un simple mercader, afamado, reconocido; no es más que un vendedor de la misma historia muchas veces; un best seller”. Alguien, sin mayor embargo, dijo que tal vez entre los recipientes de basura y las cabezas de los ciudadanos, no hubiera mucha diferencia, a fin de cuentas ambas contenían lo mismo: basura.

jueves, diciembre 13, 2007

Recuerdos del Bosque

Por Carlos Eduardo


La piel del agua se abrió con sutileza. La mujer desapareció dentro del universo líquido del río y reapareció justo al final del reflejo solar.  Su acompañante la miró sin interés, asumió que la chica era parte del paisaje y se durmió de inmediato.

Ella nadó de espaldas buscando el cielo con su mirada, ensayó un par movimientos sincrónicos y alcanzó la otra orilla, luego de un par de brazadas. Mis ojos la espiaban desde los matorrales. El deleite de su piel blanca y mi soledad se atraían.

Ella emergió del agua y yo de la umbría. Me miró y se acercó. Tenía una linda sonrisa y los ojos todavía impregnados de cielo.  Estiró su mano y acarició mi lomo. Una descarga eléctrica me recorrió de punta a punta. Me retiré espantado. Ella me siguió bosque adentro.

Repuesto de la impresión inicial, me dejé alcanzar, aunque huí dos veces más por pura precaución.  Luego me quedé quieto. Ella tomó mi cara entre sus manos y levantó mi rostro asombrado. Quise huir de nuevo y busqué con la mirada una ruta de escape.

Acarició largamente mi cuerpo y rozó con la punta de sus dedos uno de mis muslos. “¡Qué fuerte eres!”, me dijo.  Yo me dejaba hacer y lo disfrutaba...

Pero, en definitiva, el momento más emocionante fue cuando me levantó en sus brazos, me sacudió con ternura y me dijo: “Eres la ardilla más hermosa que he visto en mi vida…”

Desde ese momento, supe que la amaría por siempre.

sábado, noviembre 24, 2007

Estallido de Burbuja

Por Carlos Vásquez

L'amour 

A veces, sin decirnos nada, nos tomábamos de las manos y nos dábamos un beso que nos alborotaba las hormonas y nos producía una deliciosa descarga eléctrica de la cabeza a los pies. Hablábamos poco. El resto del tiempo la pasábamos con la mirada perdida en algún lugar donde el resto del planeta no existía. Así era el amor en la época de mi primer romance.


Por la noche, al llegar a mi casa marcaba su número de teléfono. La conversación era la continuación de una charla infantil con intermitentes periodos de inconsciencia y una sonrisa idiota en la cara.

Ella decía que se dormía cada noche con mi olor entre sus manos. Me contaba que las ponía cerca de su nariz y soñaba con castillos, dragones y un príncipe azul que tenía mi mirada, mi voz y se llamaba como yo.

Siempre que iba a visitarla salía de mi casa con un fuerte olor a colonia. La marca la recuerdo bien, por que esa loción en particular tenía la virtud de prolongar mi presencia en sus noches de cuentos de hadas. A mí me encantaba el aroma de Aramis porque a ella le encantaba mi olor cuando yo la llevaba puesta.

La Memoria

Años después cuando la niebla del primer amor se disipó, y su recuerdo solo era, digamos… cándido, traté de buscar la misma esencia para recrear el efecto de mis primeros días de enamorado. Por atrapar en las volátiles moléculas de una loción, el olor sepultado en mi adolescencia.

Busqué en perfumerías, centros comerciales, catálogos, lotes aduaneros y zonas francas el frasco de “Aramis” y no lo encontré. Es decir, encontré versiones nuevas y aromas modernos de la misma casa de perfumes, pero nunca la versión que yo creía recordar a ojos cerrados…

La Fatalidad

Una tarde entré a un mercado de las pulgas en Orlando. Nada tenía que hacer allí, pero quise curiosear entre las "viejas" cosas nuevas que tenían en oferta.  La loción, tanto tiempo buscada, estaba en el último kiosco que visité.

La misma caja de cartón que imitaba la madera, el mismo frasco de bordes cuadrados, el mismo estilo de hace más de dos décadas. Le pedí al dueño que me dejara oler la fragancia. Puse un par de gotas en mi antebrazo, dejé que se secara y aspiré...

Un desconcertante olor a algo muy pasado de moda aturdió mi nariz. Olí de nuevo y pensé en una loción barata. Además, la dulzura de la fragancia casi me mata de un coma diabético.

En ese momento supe que el perfume jamás había dejado de ser lo que era. Pero, mi olfato, veintitantos años más viejo, con seguiridad había cambiado.

Entonces, me odié. Me odié a mí mismo por el pecado imperdonable de haber contrastado un hermoso recuerdo con el acto vulgar de la realidad.

viernes, noviembre 23, 2007

Des-concierto Barroco

A raíz de alguna conversación con Gustavo, decidí conseguir dos libros: El llano en llamas de Juan Rulfo, y el Concierto Barroco de Alejo Carpentier. Se me aparecieron dos opciones: bajarlos de internet, o comprarlos en alguna librería. Como mi impresora está mala, ya se descartaba la primera; así que fui a la librería.

A quienes amamos algún objeto, los lugares donde los venden se nos vuelven casi como templos. Así pasa con los discos, la ropa, los libros, o los instrumentos musicales. Y uno espera, tal vez en una tónica de fanatismo, que quien allí atienda se comporte como un sacerdote, es decir, que no sólo compre y venda, sino que oficie ceremonias, como lo son mediar el encuentro entre uno y un disco, una prenda, una novela o algún instrumento para hacer música.

Estas pretensiones a menudo se van al suelo cuando el vendedor de la librería (que no el Librero, porque un Librero nunca lo haría) sale a preguntar qué libro desea uno. Cuando precisamente uno está allí para saber qué libro lo quiere a uno. Tantas veces uno simplemente va, y le da por dejarse tentar... por permitir que algún libro lo llame y se abra de para en par durante un fin de semana.

Esta vez fue peor: tenía claro qué comprar, pero al preguntarle a la consabida vendedora (que tanto podría vender libros o calzado para dama y caballero) si tenía el Concierto Barroco de Alejandro Carpentier, me respondió que allí no vendían discos. Triste, fui a otro lugar, y luego de escuchar mi solicitud, el vendedor (éste, de seguro, ya ha vendido antes cursos de inglés puerta a puerta o ha sido representante de algún fabricante de sistemas de alarma) se sentó frente al computador a teclear "concierto...", y preguntarme con cuál "be" era barroco.

Concluyamos como decimos aquí luego de ver Pelota de letras (no antes, claro): ¡Dehe azí!

jueves, noviembre 15, 2007

Soy sincero

Las dos mujeres, de unos treinta años, terminaron de tomar su café a eso de la 1:30. Es mediodía y el sol calienta tanto como puede. Parece el presagio de lluvias en la tarde. Al levantarse de su mesa, salieron por la puerta sur del centro comercial. Yo las seguí porque ése también era mi destino. ¿Por qué me gusta seguir a algunas personas desprevenidamente? ¿Por qué juego a imaginarme sus vidas personales?
(Recuerdo inmediatamente a Don José, ese personaje que Saramago nos presenta en Todos los nombres, como un hombre dedicado a su colección de cien vidas de famosos, con una vida relativamente normal hasta que por accidente dio con el registro de una señora desconocida. La pregunta que circunda la novela es por qué una vida anónima de una mujer cualquiera es más interesante que las biografías de cien famosos).
Sigamos con las secretarias. Su charla, a la cual asistí tarde, giraba en torno a sus compañeras de trabajo. Ya se acercan al ascensor donde nuestros itinerarios se separarán. Lo último que alcanzo a escuchar es algo así como "Le dije así mija porque yo soy muy sincera. Yo sé que ella no le gustó pero yo soy así, demalas".
Entre la oficina y este computador me he venido preguntando hasta qué punto a veces no somos capaces de decir alguna cosa y nos excusamos arguyendo "Lo siento, soy muy sincero".

sábado, noviembre 10, 2007

En el mes de mi cumpleaños, me sucede algo así...

Por Carlos Eduardo


El viejo maravilloso me miró y dijo: “No te sientas mal por ser tan joven”. Sucedió el jueves anterior mientras participaba en un encuentro de poetas y escritores hispanos.

Yo no me sentía mal por que se que la juventud es una condición que se cura con el tiempo, pero me sorprendí con sus palabras. Analicé su significado y finalmente, le asigné al viejo un puntaje de 10 entre el tipo de personas que me gusta conocer.

Solo un ser humano fascinante puede decir algo tan profundo… “No te sientas mal por ser tan joven”. Desde ese día, lo repito mentalmente para añadirle matices a la afirmación.

Su mirada tenía ochenta años, pero sus ojos permanecían adolescentes. Hablamos un rato después de la reunión y luego se alejó conduciendo una silla de ruedas automática.

Activista político contra la discriminación hispana en Estados Unidos, puertorriqueño, vago y escritor… Así se presentó frente a una audiencia cuyo promedio de edad era 60 años.

Aclaro que no era yo el más joven, pero fui el único que se llevó de regalo esas palabras.

Desde entonces cambió mi idea de llegar a una vejez saludable… Ahora quiero llegar a la vejez y estar contento con mi condición.

sábado, octubre 27, 2007

Efímera... La Historia Que Quería Ser Famosa

por Carlos Eduardo

Hola, quiero ser una historia en tu computador.

Soy una idea pequeña y no tengo mucha fuerza, pero encuentro fascinante ser parte de la creatividad de un autor. Si me utilizas, podría incluso dar lo mejor de mi para que algún día hagas dinero conmigo como tu historia favorita. No sé… ¿ganar un concurso, tal vez?

Tengo mis pretensiones, por supuesto. No quiero que me envíes a un concurso barato, de esos que pagan una basura por un buen texto o de los concursos que despachan las historias creativas con una estatuilla de plástico o una imperceptible mención de honor.

Si puedes, me gustaría que me enviaras a un concurso europeo. Ofrecen mejores premios allá y el Euro es más fuerte que el Dólar. No, no me importa lo que hagas con el dinero, eso es cosa tuya. A mí déjame el honor de ser una historia que trascienda. Me conformo con estar viva dentro de 100 años y ser todavía parte de antologías y reseñas bibliográficas.

Ah, y perdóname la franqueza, incluso sería libre de ti: autor-tirano, por que mucho tiempo después de que estés bajo tierra, yo seguiré existiendo…

Si, una historia que marque la humanidad. Eso es lo que merezco.

Espera… qué vas a hacer… ¡No! No me borres ¡te lo suplico! Suelta la tecla “DEL”. ¡No! ¡Por Dios! ¡Auxilio!

Así es… está mejor ahora… levanta ese dedo… Despacio…

Te propongo un trato: me conformo con ser un texto de blog que el tiempo deteriorará sin remedio… Viviré un par de semanas y luego ni tu mismo te acordarás de mí ¿está bien?

Adelante, dame una vida, aunque sea corta e improductiva…

¡Idiota!

viernes, octubre 26, 2007

"Todo tiene su final..." (H. Lavoe)

1.
He leído tres veces “Todos los nombres”. El ritmo de la narración allí logrado por Saramago es tal vez uno de los que más me ha emocionado en la literatura conocida por mí hasta hoy. Por estos días, un compañero de la oficina llevaba un ejemplar; curioso, le pregunté por qué tenía a Saramago consigo, y me habló de un trabajo para el posgrado. Yo, motivado con el asunto, quise saber un poco más de su percepción de la novela, con lo cual, poco a poco se desató una conversación interesante. Luego de unos minutos, y cambiando un poco el entusiasmo, el compañero me preguntó cómo me parecía el final. Arrojado a una laguna mental, tan sólo alcancé a decirle que en general los finales de este escritor son “abiertos”. Pero -la verdad-no recordaba mucho cómo era el desenlace de la historia.

2.
“The Zodiac” es un “thriller” de algo más de dos horas, en donde a pesar de las múltiples investigaciones nunca se logra dar con “el verdadero asesino”. Al final, y veinte años después en el relato, unos textos en pantalla nos permiten culpar a uno de los principales sospechosos, pero ni en la historia real en la cual se basa la película, ni en su versión cinematográfica, hay un final cerrado. Pude sentir la desazón del público al salir de la sala. Yo, sin embargo, iba feliz: cuando Hollywood, de vez en cuando, se deja tentar por los finales abiertos, no predecibles, es innegable una cierta felicidad en mí.


3.
“Noche sin fortuna” es un proyecto de novela de Andrés Caicedo, el siempre adolescente escritor colombiano, quien la terminaba de escribir en los días anteriores a su suicidio; el proyecto quedó inconcluso. La última versión del texto, junto con un par de comentarios de algún crítico, y otro par de cuentos del mismo Caicedo que continúan o comentan personajes-situaciones de dicha novela, fueron publicados este año. Yo feliz iba con mi librito nuevo, y ante la pregunta de una estudiante, conté un poco la historia de Caicedo con esa novela. Con un tono de voz no imposible de interpretar como desilusión, ella preguntó “entonces, no tiene final”. Fui enfático: “no, por eso la compré”.


4.
Después de ver “Esto huele mal”, un amigo que pensaba verla me pidió que le contara un poco el argumento. Yo iba muy bien describiendo los personajes y las tramas, hasta que llegué al final. Allí, ya sin más datos en la memoria, simplemente le dije… “vaya véasela, y aproveche para contarme el final porque se me olvidó”.


Voy a terminar ya este texto para ser consistente con su idea principal: No sé si por falta de interés o de memoria, TENGO UN PROBLEMA INMENSO CON LOS FINALES.

sábado, octubre 20, 2007

MI UNICORNIO AZUL...

Por Carlos Eduardo

Cada uno tiene su canción. La mía es “Unicornio” y la canta Silvio Rodríguez. La primera vez que la escuché estaba en una taberna y disfrutaba de mi recién adquirido derecho de tomar cerveza y recibir algo de dinero para el fin de semana. En aquella época me emborrachaba con facilidad y hacía estupideces… años después, me emborrachaba con dificultad, pero seguía haciendo estupideces y ahora, no me emborracho nunca, pero sigo en mi lucha contra la estupidez...

En fin, estaba en la taberna y le ponía cara de niño rebelde a la soledad. En mi niñez, escuchaba las canciones románticas de mi madre, después, la música americana de mi hermano mayor. Es decir, en términos musicales, yo estaba en un limbo sin identidad. De pronto, esa tarde me cautivó una canción sobre una animal desconocido y una voz que jamás había escuchado. Mentalmente, conté el resto de plata que me quedaba y decidí pedir otra cerveza con la voz arrogante del muchachito que estrena la libertad.

- ¡Oiga! ¿Tiene más de esa música? ¿Quién canta?

Me propuse ahorrar dinero para comprar la cinta y… no lo logré. Sin embargo, con el tiempo y mi asiduidad a la taberna, me prestaron la música para grabar. Me sentía feliz y cuando podía la escuchaba. A los amigos y a las esporádicas jovencitas que aparecían por mi vida los hacía parte de mi encuentro musical. Estoy seguro de que algunos de aquellos y algunas de aquellas todavía se acuerdan con nostalgia.

Esta tarde, frente a la pantalla en blanco del computador, me acordé. Este no es un texto muy especial ni busca trascender, pero quería dejar en claro que cada uno tiene su canción, la mía es “Unicornio” y la canta Silvio Rodríguez.

miércoles, octubre 10, 2007

La Buena Educación


Supe de él cuando su recorrido diagonal fue a dar justo a mi costado. Cerca de mi oreja derecha tuve pronto su voz; decía ser "amigo" del conductor, y pertenecer a los del combo de arriba. Luego, manifestó literalmente: "Calidoso... ayúdeme por ahí con un billetico para ajustar una vuelta". Tan asustado como estaba, intenté sacar de mi bolsillo una moneda de la más baja denominación; salió una de quinientos. Qué le vamos a hacer, es mejor no arriesgarse y entregársela. Cuando la moneda estuvo en sus manos, el personaje la miró como diciendo que esperaba más, y repuso: "Bueno... está bien... aguanta", y luego de una pausa añadió "Gracias parcero; si necesita algún cruce, de una; pregunta por mí allá en el combo, que todo bien".
Cerca del aeropuerto el tipo se bajó, luego de haberme comentado que siquiera no había tenido que atracarme. Entre la risa y el escándalo, yo sólo tuve tiempo de agradecer que el sujeto no se hubiera interesado por mi morral, dode mi portátil esperaba un nuevo día de trabajo.
Justo cuando llegué a la oficina, comencé a escribir este "post" donde solicito ayuda para saber si me atracaron o no.

martes, octubre 02, 2007

SEIS LUNAS QUE SE VAN...

Por Comunicarlos


Las decisiones grandes traen angustias grandes. Aquí estoy, seis meses después de subir a un avión rumbo a Estados Unidos, evaluando futuros posibles con un microscopio.

Un “neoterm” ocupa ahora mi vocabulario…. No se si la palabra “neoterm” sea original, tengo serias dudas porque creo haberlo leído en el libro “1984”. De todas maneras, el término que vino a ampliar mi vocabulario es “Exilio Económico”.

Esta frase se aplica a aquellos de nosotros que dejamos nuestros países por una persecución económica. Es decir, Teníamos talento, capacidades y ganas, pero un salario nos secuestraba la voluntad de seguir adelante profesionalmente.

Por eso escapé de lo que más amaba…

Vine por dinero y no lo he conseguido. Me gustaría regresar, pero soy terco. Me quedo un poco más hasta ver que pasa. La soledad es inmensa. Llegué en primavera, sufrí el verano calcinante y aunque los vientos fríos de estos últimos días presagian un otoño favorable, yo sigo aquí con cara de invierno.

¿Me encontrará el otoño del año entrante todavía en el exilio económico?

Pinté una casa y me pagaron mal. Actué como extra en una telenovela mexicana y conocí la gloria fugaz. Empaqué flores durante un mes en una nevera más grande que un club deportivo y entendí lo que siente un tallo de apio en la gaveta de las verduras. Recibí huéspedes en un restaurante de Disney World y supe de Mickey Mouses sin cabeza que fumaban a escondidas de los niños. Entré de vendedor a un canal de televisión regional y los bolsillos se me llenaron de polillas. Ahora, estoy en un periódico hispano y… (Este espacio queda para ser llenado en el futuro en consideración a mis actuales empleadores).

Me faltan por lo menos cinco kilos de peso. La sonrisa que nunca fue mi arma más usada, ahora ya ni aparece por las esquinas de mi boca. La familia me duele profundamente aquí en el pecho.

Busco hace tiempo una respuesta…

Existirá algo llamado sueño americano o será solo el movimiento involuntario de los párpados que se cierran sobre el cansancio.

martes, septiembre 25, 2007

Dona-ción de Fresa

Mire cómo cambia de fácil un día.

Suponga que es martes; suponga además que ése suele ser un día difícil. Y que por eso cada martes de la semana se levanta medio prevenido, un poco ansioso. Entonces un día de esos, de prevención y ansiedad, usted se encuentra con alguien importante, alguien significativo, a quien acompaña a comprar una dona de fresa en la estación del metro, y un sobre de Manila en la papelería del edificio donde usted trabaja. Hasta ahí las cosas siguen parecidas al comienzo: ansiedad; ganas de que no se cumpla la hora de su cita próxima.

Pero la hora llega y la persona que lo acompañaba se va; y al despedirse le desea un feliz día y deja la dona de fresa que usted le había acompañado a comprar. Usted va con ella hasta el ascensor, y sale cumplidamente al lugar del compromiso matutino. De repente, todo empieza a fluir; las palabras van llegando sin afanes. Y luego se acuerda de que a la tarde estará dedicado a su música; y que a la noche irá al cine. Entonces ya siente la dona en su boca; sueña con ella. Y justo en medio de esas imágenes mentales ve cómo la sensación maluca del compromiso se deshace mágicamente ante usted: ya no hay compromiso, la cita pasó sin darse cuenta. Al llegar a su oficina, inmediatamente se come la dona.

Al final, usted siente inútil hablar de la vida ideal: está claro en ese momento que la felicidad es una dona de fresa con café.

miércoles, septiembre 19, 2007

El regalo de regalar-se

Ensayo a partir de una vieja carta de despecho y una pregunta de estos días

Es una verdadera lástima que yo no use reloj. A veces creo que me pierdo de muchas posibilidades, sobre todo de tipo estético: los relojes a veces asientan un determinado estilo, en otras ocasiones lo definen, y en muchas tantas lo generan: nunca se me olvida la idea de McLuhan según la cual los empresarios y ejecutivos son servomecanismos de su reloj: viven para él.
De todas maneras, es preciso recordar-me que, al menos en parte, mi pelea con el reloj no es tanto estilística sino funcional: conservo algo de la fantasía de no ser esclavo del tiempo. Y un poco por eso he renunciado al proyecto de "ser ejecutivo". Últimamente mis relojes se han vuelto los rayos del sol, la dinámica de la ciudad, los humores de la gente en la calle... la música del momento. Obviamente tengo mi hora exacta: en el celular; pero lo mantengo en el bolsillo, justo para pensarlo más de una vez si es necesario o no mirar la hora.
Más que en el tiempo me estoy basando en la temporalidad; y la ausencia de reloj me está ayudando a reconocer que con cada persona, en cada lugar, surge una idea del tiempo con diferentes texturas. Temporalidad que, en ocasiones, va en contra del tiempo mismo. Y cuando menos he pensado, una agradable conversación me ha llevado tan lejos de mí, que es un celador el encargado de devolverme a este mundo, pues en ejercicio de sus funciones me recuerda que los lugares públicos tienen horario de funcionamiento, y que a partir de una hora determinada es imposible permanecer allí. Ellos, los celadores, me han sacado de casi todos los centros comerciales (Unicentro, San Diego, Oviedo, Camino Real, Molinos), y universidades (UdeM, UPB, EAFIT, UdeA), mientras me encuentro absorto en una de esas interminables conversaciones.
En consecuencia, he ratificado eso de que el tiempo no se "saca", sino que se "hace".
De ahí que se me haga tan lamentable que me hayas regalado un reloj, porque así me recuerdas lo poco que me conoces y lo mucho que sabes de ti: te gustan los hombres de palabras precisas, decisiones incuestionables, ideas ciertas; es decir, te gustan los hombres de reloj. Y yo no soy uno de esos.

Ni con-Tigo ni sin ti

En algún ejercicio en clase de Publicidad, el profesor nos indujo a pensar que las marcas eran personas, y que por eso podríamos deducir, desde sus formas de interacción con nosotros, ciertos atributos de "personalidad". La idea, para entonces novedosa, es hoy una cotidianidad, una evidencia: nos vinculamos no tanto con productos sino con marcas. Y uno podría casi reconocer a una persona por sus marcas favoritas. En mi caso, amo a Fender, Apple, Nokia, M-Audio, iPod y Alfaguara, todas ellas muy diversas, pero que a diario tienen que ver conmigo.


Llevado este ejercicio, aunque con ideas nuevas, a una clase de Psicología, le pregunté a mis estudiantes cómo asociaban las marcas de los operadores celulares de Colombia con atributos de personalidad humanos. El ejercicio dio los siguientes resultados.

Comcel es un hombre, de unos 34 años, muy seguro de sí mismo, serio pero arriesgado, que es "el chacho del paseo" y actúa como tal. Muchos quieren ser como él, y como él lo sabe, se aprovecha de eso. Es el menos galante, aunque el más galán de todos tres. Es, además, seductor por su inteligencia, su capacidad de decisión, y su esfuerzo por ser él mismo.

Por el contrario, Tigo es un jovencito de 18 años, bastante intenso, que llama todos los días a preguntar si lo quieren. Da las mejores ofertas del mercado porque es tremendamente inseguro, y no le importa regalar flores y chocolates todo el tiempo. Teme que lo abandonen, a pesar de que su oferta no es tan mala como a veces parece que él mismo creyera.

MovieStar es una mujer, de unos 24, tremendamente inmadura, a quien todo el mundo se la "rumbea" y ella ni siquiera se entera. O tal vez sí pero se hace la que no. Es la segunda mejor oferta, pero en ocasiones ni ella misma lo cree. Es la que más ha cambiado de nombre, por eso no sabe muy bien quién es. Y lo mejor: vive de fiesta en fiesta. En el fondo todos saben que cualquier día se va.

Finalizado el ejercicio, una estudiante preguntó qué tanto estábamos hablando de las marcas y qué tanto de nosotros. La pregunta generó cierto silencio en clase. En ese contexto, era muy válido pensar que no nos referíamos tanto a rasgos objetivos de la marca, sino a percepciones prejuiciosas nuestras.

Por si las dudas, mi operador es Tigo.

domingo, septiembre 09, 2007

Solo. Sólo.

Ensayo sólo para mostrarme que, "Realmente no estoy tan solo".

Escuché que el juego de computadores más jugado en la historia es Solitario. Ahora no me gusta mucho el juego, aunque, la verdad, tuve mis temporadas de jugarlo infinitamente hasta quedarme sin tiempo para el trabajo o el estudio. Pero más allá de eso, el nombre del jueguito me sirve para pensar cuán solitarios somos hoy en día. Sí: cada vez tenemos menos tiempo disponible, y la consecuencia es la disminución de tiempo para compartir con otro, para encontrarnos, para dialogar; cada vez dependemos más de las agendas y menos de nuestras intuiciones.

Sin embargo, la idea de que somos solitarios contrasta con lo que uno ve en las calles. Allí, parejas, familias, grupos de amigos, se dejan ver juntos, felices, sonrientes. No entiendo entonces por qué Solitario es el juego más popular, si, aparentemente, no somos seres en solitario; somos constantes duplas, parejas, asociaciones, grupos. O al menos eso parece. Entonces hay que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de soledad.

Con esas ideas en la cabeza venía caminando algún viernes cuando entré a cine. Solo. Hasta ese día, no había notado que un tipo solitario se le ve como sospechoso cuando recorre en un centro comercial, ingresa a un local de comidas, y luego entra a cine solo. En la sala, pude ratificar que el cine del viernes por la noche es un cine (como el de la mayoría de días y horarios) de parejas. Cuando compré la boleta la cajera me preguntó dos veces, como para confirmar, ¿cuántas boletas?, ¿una? Antes, en Dogger, el mesero, al tomar mi pedido, me preguntó si ya podía retirara la carta, como pensando si luego no vendría alguien más. Estos dos rituales, el de frecuentar salas de cine solo, y el de percibir la reacción de extrañeza en la gente, son situaciones bastante divertidas para mí.

Alguien me preguntó por qué iba solo a cine (y a comer, y a leer, y a casi todo). Yo, luego de aclararle que también disfruto de ir acompañado, le dije que nunca estaba solo porque siempre iba con un acorde musical en mente, algún episodio de una novela, la sensación de un libro leído recientemente, un mensaje de texto que redactar, o algún recuerdo de una película reciente. Sí: realmente no estoy solo porque con las películas vistas y las novelas leídas tengo muchas historias sobre las cuales pensar. Porque leer e ir al cine es como vivir en uno la vida de muchos otros; y esos muchos otros no nos dejan solos. Nos persiguen el asesino de Satanás, la Bruja de Blair, el perfumista-asesino de El Perfume, el misterioso Lobo estepario, el oscuro Drácula, acompañados del "Hasta la vista, baby", de Terminator. Como ejercicio de lo posible, las películas y las novelas, es decir las historias, no hacen otra cosa que responder a la pregunta “qué hubiera pasado si…”, y por eso no nos dejan solos nunca, porque en donde quiera que estemos siempre nos darán repertorios de posibilidades para nosotros mismos preguntarnos cada vez “qué hubiera pasado si…”.

Y por eso me pregunto si la costumbre de mantenerse constantemente con otros es, de cierta manera, una estrategia para no encontrarse en silencio con los propios pensamientos, y si, en consecuencia de ello, nos produce sospechas ver a un señor caminando solo por la calle algún día por la noche. Una estudiante me decía que sufría en mi clase porque, al no entender el tema, se veía casi obligada a pensar en ella misma y que eso no le gustaba; cada martes a las seis de la mañana a esta niña le empezaba una angustia: encontrarse consigo misma. Qué cosa tan peligrosa: Sí somos seres solitarios, pero no porque permanezcamos sin compañía, sino porque somos ignorantes temerosos de nosotros mismos, renuentes a nuestra propia búsqueda.

Tal vez nadie sepa con certeza quién es, pero no es lo mismo intentarlo, o al menos reconocerlo, que evadirlo encontrándose con muchos otros para cumplir sistemáticamente la tarea de evadirse. Realmente hay muchos solos.

martes, agosto 21, 2007

"Borracho hasta el amanecer"... del martes.

Ya se sabe que no hay días ni buenos ni malos para morir porque la muerte es, en sí misma, lo suficientemente fatal como para suprimir preferencias. Sin embargo, sí consta que hay fechas crueles, tipo 31 de diciembre o día de la madre o el padre, para partir de este mundo. Similar ocurre con las borracheras: hay días en los que conviene no estar borracho. Digo esto por que “La Fonda de la 33” también abre los lunes, los martes y los miércoles. De jueves a domingo no sorprende tanto; pero que la abran un lunes sí me es muy significativo. Y si la abren es porque va gente; y si entra gente esos días es porque los clientes están dispuestos a pasar borrachos un lunes, martes o miércoles laborales en las peores condiciones.

Uno de esos lunes (no festivos… quiero decir, que no era “puente” festivo) entramos varios amigos de la universidad que recién nos dábamos por vencidos frente a un parcial imposible. Un poco tristes, habíamos encontrado la manera de ahogar las penas (?): la música melodramática, ésa en la que un sujeto cuenta cómo ha sufrido en la vida, bien por culpa del amor, bien por culpa de su mala suerte, es un aliciente para pensar que si uno está a punto de tirarse una materia en la universidad, no puede dejar de admitir que otros han perdido mucho más que eso.

Recién entramos, 6:30 (sí, a esa hora ya estaba abierta; un lunes; cómo le parece), veíamos cómo las busetas de Santra, y los Laureles y Circulares, pasaban llenos de oficinistas; nosotros, en cambio, nos aprestábamos a perder el oficio. Por eso, Carolina (nombre supuesto) llamó a la mamá para avisarle que iba a estar en la Fonda tomándose unos tragos, y que llegaría más tarde en compañía de un amigo vecino. Yo, la verdad, iba en puro plan de observación. Por esos días andaba pensando cómo era ese proceso entre la cordura y la sinrazón que es la borrachera. Ya antes me había sometido yo mismo a la investigación empírica, tomando pocas cantidades de diversos licores de la escasa oferta paisa (en su orden: aguardiente, vino, ron, tequila, brandy y vodka); sólo que, la verdad, no lo disfruté tanto. Iba dispuesto a observarlos.

Desde luego, todo fue bien al principio, pues en la primera fase todos aún tienen control sobre sus palabras y acciones. Pero, cuando horas después Carolina forcejeaba consigo misma para producir palabras y articular ideas con un mínimo de sentido en una conversación telefónica con su mamá, me di por vencido en la tarea pseudo científica que había asumido. Curiosamente, Caro hablaba con la misma persona que hacía un par de horas; pero esta vez -totalmente borracha y atacada por una carcajada interminable- decía a su mamá que estaba haciendo un trabajo para la universidad, y que por eso se demoraba.

He pensado bastante en el asunto de emborracharse, y veo dos ideas sobresalientes. Una, la licencia que borrachos tienen para decir cosas, pues al estar embriagados asumen un cierto permiso para decir lo que luego no podrán sostener; otra, la extraña semejanza entre emborracharse y morir. De ahí esa extraña fusión entre borracho y suelo.

lunes, agosto 06, 2007

Octosílabo

Esta muchacha morena
Lleva camisa de flores
Para estrenar en la Feria
Y yo casi sin pantalones
El joven-camisa-rayada
Y cabellos desordenados
Lleva una limonada
Pues siempre va preparado


Las 12 cuerdas del tiple, a medio afinar, suenan tan pronto como la mano del trovador inicia el pulso de la trova dobletiada. Simultáneo con el sonsonete, los pasajeros del Circular Sur 303 advertimos unos ojos burlescos que, respetuosamente, iban leyendo el bus. Luego de carraspear la voz, inicia en métrica de 8 versos octosílabos un breve saludo y se tira de una a improvisar sobre los habitantes del vehículo. Para empezar, la pareja de amigas de la primera banca; después, el señor con cara de médico, de quien el juglar resalta su bigote. Y así hasta que llega a mi compañera de banca y a mí.

Si todos hicieron lo mismo que yo, nadie miró al trovador, pero mientras éste sacaba los versos referentes a uno mismo, ponía más cuidado, reía por dentro, y se convencía del talento del tipo.

Y aunque lo hace como un “modo de subsistencia” (frase de la trova final con la que nos invita a que le colaboremos con alguna monedita), el trovador de los buses canta la ciudad. Por eso a través de sus “dobletiadas” entiendo cuánto hay de música en nuestras vidas, y en ella. Eso mismo lo entendieron mucho antes los vendedores de dulces, verduras, frutas y periódicos, así como los raperos, algunos predicadores de iglesia, y, cómo no, las mamás (eso que uno llama cantaleta es un poco el reconocimiento de cierta cancioncita en la forma de las palabras maternas que, como las canciones, se repite siempre igual).

Al trovador no le di moneditas. Es una política personal. Pero sí quise agradecerle los minutos de crónica citadina que a través de sus palabras pude revivir. Me prometí que si lo vuelvo a encontrar lo voy a felicitar. Mientras tanto, me dieron ganas de tocar guitarra: ¡un, doss; un, dosss, tre, cuá!

viernes, julio 27, 2007

Doce horas antes

En menos de doce horas estaré sentado frente a la pantalla del cine para ver la película más esperada de mi generación: Los Simpson. Debo confesar que nunca había sentido tanta ansiedad por un acontecimiento similar; nada.

Y, lo peor, es que siento un deseo irrefrenable de saber sobre la película, la historia, su producción. Pero me quiero resistir. Por eso, no compré la revista Gatopardo, donde Juan Villoro escribe un artículo sobre la ejemplaridad Simpson como familia disfuncional; ni me he asomado a ninguno de los 2,890 videos que ofrece Youtube bajo la entrada “Los Simpson”, ni aun a los 2.130.000 de registros en Google en Español.

Dejemos, mientras tanto, las imágenes de las (históricas) boletas. (que, por cierto, me parecen demasiado simplonas en relación con el acontecimiento que permiten).






miércoles, julio 25, 2007

Libros y Computadores

Soy un muñeco de trapo recostado contra un computador. Por primera vez en varios días tengo tiempo para lo que me gusta: escribir. Nada viene a mi mente. Mi cerebro está adormilado por la deprivación literaria de los últimos días.

Como en los viejos tiempos, escribo lo que veo: libros y computadoras. Está es la biblioteca del condado de Orange en Orlando. Mis dos vecinos trabajan en sus laptops de última generación. Este viejo portátil luce como un Chevrolet 48 en medio de dos sondas espaciales. Los tipos hablan por celular a través de unos “manos libres” que les dan un toque de astronautas. Mi celular que sería anacrónico incluso en Colombia reposa en una funda que cubre su fealdad.

Cosa extraña… Veo gente. Si, Increíble, mucha gente viene a leer, a disfrutar. Preguntan, traen a sus niños, prestan libros, usan Internet para algo distinto a la pornografía. Los niños gritan alegres cuando encuentran un libro atractivo. Escucho desde la recepción gente pagando multas de libros y películas. Esta gente no cuestiona la necesidad social de que una biblioteca tenga libros disponibles para otros usuarios y no solo para acaparadores que ni siquiera hojean los libros que prestan. Algunos traen canastillas plásticas que van llenando a medida que van pasando por los anaqueles. Ahora entiendo por que la empleada se excusa por el límite de 15 libros y películas que la biblioteca presta a sus usuarios.

Llené el formulario con mis datos y los del portátil, tomaron una foto y me entregaron tarjeta y acceso al sistema wireless. Estoy sentado en medio de una silla que me envuelve con su acolchado y su brazo abatible.

Esto podría ser el paraíso para un escritor, excepto que no tengo nada de que escribir excepto de “libros y computadores”.




Carlos Eduardo (comunicarlos)

martes, julio 17, 2007

Barreras: ¡Cómo no!

Variación sobre el tema “Cómo hacer amigos”


En alguna clase universitaria de Relaciones Públicas la profesora nos leyó algo proveniente de un libro cuyo título podría ser algo así como “Cuidado con lo que dice, como lo dice y donde lo dice”. En dicho texto había una reflexión sobre la famosa “primera impresión”, teoría según la cual la esencia del concepto formado sobre una persona proviene del conjunto de impresiones obtenidas en el primer encuentro con ella.

Luego de esta reflexión, la profesora fue a otra página del texto en donde se llevaba a un término más elevado lo anterior: la primera oportunidad (así como la primera amenaza) de “caer bien” a alguien proviene de la propia personalidad. Dicho de otra manera, que el tono de la voz, la forma de mirar, de vestirse, el ritmo de la dicción, y todos esos elementos de la comunicación no verbal, son la primera oportunidad -pero sobre todo la primer barrera- frente al otro.

A la profesora Ana María le creyeron poco en esa clase, lo cual en sí mismo permite una buena muestra de cómo lo leído en el texto era plausible: el primer conflicto en la tarea de un individuo para entenderse con otro es su propio modo de ser él mismo. Difícil esto de ser Ser Humano: basta con hablar (o esperar en silencio) y ya se generó el mal-entendido, la interpretación, el supuesto; pero tal vez no sea menos cierto que tanto mal entender a alguien como bien entenderlo es igualmente peligroso.


Escrito una mañana silenciosa. Sospechosamente.

domingo, julio 15, 2007

EL LIBRO MÁGICO

Si vives en un lugar donde el tiempo es oro, es importante aprovechar cada minuto del día. Por esto, fui a la librería y compré un ejemplar barato del clásico de Dale Carnegie: Como Ganar Amigos e Influir sobre las Personas. La idea era leer un par de minutos mientras el semáforo cambiaba a verde y así ahorrar tiempo y ganar más tiempo de lectura.


Esta es la parte interesante por que desde que tengo el libro junto a mí mientras manejo, cada vez que lo tomo para leer entre el cambio de luces, el semáforo pasa a verde después de tres líneas. Nunca he pasado de la primera página, no he aprendido nada, pero ahora llego más rápido a mi destino.


Comunicarlos (Carlos Eduardo)

jueves, julio 12, 2007

Corto

La primera vez que me corté al afeitarme fue, de hecho, la primera vez que lo intenté (quiero decir, que intenté afeitarme); o sea a los cinco años.

Simple: si mi papá realizaba un ritual de preparación para salir conmigo a dar una vuelta, ritual que incluía el baño y la aplicación de diferentes tónicos, no había motivo para que yo, todo un hombre de un lustro de vida no lo hiciera.

Por eso, cuando él salió para su habitación, yo tomé la máquina fría, unté crema y procedí. Fue en el lado izquierdo de mi rostro donde, al pasar el dispositivo, sentí un ardor; como si mi carne hubiese quedado al aire.

Cuando mi papá (no sé por qué no había hablado aquí del profundo amor que le tengo) y yo fuimos a despedirnos, sólo mi mamá notó que yo tenía la cabeza más inclinada de lo normal; no pudo darme su beso en la mejilla, como de costumbre, sino en la frente. Por eso me hizo una pregunta mientras su mano me obligaba a mirarla directamente.

La lección fue simple (la lesión también): "Debe tener paciencia; crecer es un asunto de años".

miércoles, julio 04, 2007

Actuación en 16 m.m., último capítulo


Encontrarme nuevamente con el acento de Joseph me producía una suerte de vértigo misterioso, pues con la extrañeza de su voz en mi auricular me sentía aun más en el cine. Por eso, tan pronto llegué a la universidad se lo conté a mis pocos amigos. Pero ellos lo contaron a otros, y esos a otros, y todos vinieron a mí a preguntarme de qué se trataba. Qué curioso, yo era el que menos sabía de qué se trataba. Sólo podía decirles que a las 4:30 estaría el “gringo” para contarme algo de su proyecto.

Joseph llegó en una Vespa vinotinto. Me contó en breve la historia de su guí-on (él separaba cada sílaba al pronunciarlo), y que su película (un mediometraje de 25 minutos) narraba la manera como un disciplinado deportista volvía un caos su vida personal; yo sería uno de los hermanos del protagonista, y tendría unas cuatro apariciones. También me contó que él me había seguido desde que salí esa noche de mi universidad y que a cada mirada ratificaba mi parecido con su personaje.

Justo en ese momento recordé que a mí no me ha gustado nunca la actuación, a pesar de mi constante histrionismo cotidiano; que aprenderme un texto de memoria ha sido la prueba más difícil, tanto en segundo de primaria cuando declamaba un poema (La Parábola del Retorno, creo) y en vez de decir “en el poyo de la casa”, dije “en el poyo del fogón”, como en el colegio cuando tuve que ser el protagonista de una obra de teatro; que en esa misma obra debía decir un parlamento clave para que la protagonista accediera a darme un beso, y que nunca lo dije… Recordé muchas cosas y no me sentí bien con la idea de “volver al escenario”.

Por eso aparté mi mirada del acento gringo que seguía produciendo palabras castizas con modulaciones y construcciones gramaticales incorrectas, tal vez intencionadamente incorrectas. Entonces pude ver a todos mis compañeros observando la conversación a pocos metros. Los hombres se reían de mí, y me miraban como recordándome sus profecías de cafetería: “ese gringo lo quiere es a usted”. Las mujeres, por el contrario, bajo las múltiples capas de maquillajes y peinados lucían relucientes, como a la espera de que el productor extranjero las descubriera (je) y las llevaría a triunfar; una de ellas, incluso, se acercó hasta mí a preguntarme cualquier cosa que no venía al caso.

Joseph me llamaría nuevamente en la noche para conocer mi respuesta. Yo lo tenía claro: le diría que no. La decisión causó tranquilidad en mi familia e impaciencia en mis amigas: cómo no iba a aprovechar semejante oportunidad. Cuando hablé nuevamente con él simplemente expresé mi falta de interés en el proyecto. Él aceptó y me dio un teléfono por si cambiaba de opinión.

Cambié de opinión ayer, pero el número –nueve años después- se ha perdido.

Actuación en 16 m.m.


El día que yo iba a ser estrella del cine fue (relativamente) un día normal. Uno tras otro, los acontecimientos fueron sucediéndose como de costumbre: levantarse, ir a la universidad, recibir clases estúpidas, hablar Asuntos Sin Importancia en las cafeterías, y regresar a casa en la noche. Pero fue en eso último donde se introdujo una variación bastante notable, que condujo –luego- a la posibilidad de que yo perteneciese al mundo del celuloide. Vamos por partes.

Cuando bajé del Coonatra, un sujeto con acento bastante marcado (aquí ya había empezado la película) me pidió que habláramos. Yo, en medio de las paranoias con que uno recorre la ciudad, asentí con mi cabeza su solicitud, pero nunca detuve mi paso. Dijo llamarse Joseph Rawl (él lo pronunciaba algo así como “iossefp roul”), y que había vivido en alguna ciudad medio latina de USA, antes de venirse a Colombia; país que –según él- le había inspirado un guion cinematográfico en el cual había un personaje que tenía mi rostro.

Paréntesis: siempre me ha parecido curioso que los creadores de historias le dicen a la gente de la realidad (o sea a nosotros) que nos parecemos bastante a sus personajes ficticios. Algún escritor podría explicarnos por qué nosotros (los reales) somos quienes nos parecemos a ellos (los ficticios), y no al revés, tal como esa parte de mí que es psicorrígida, racional y tal vez demasiado sensata quisiera pensar.

Sigamos. El tipo me propuso que lo llamara mientras anotaba en el anverso de una consignación bancaria mi teléfono. Asustado y sorprendido llegué a mi casa. Sabía que, si sabía cuidarme, Joseph (
Iossefp) no podría más que realizar un casting. Sin embargo, la primera prueba sería contárselo a mi mamá.

Ella, obviamente, elevó un grito, de esos que lo hacen sentir bastante mal a uno, y que, por ahí derecho, hacen que todo el mundo se entere, y vaya hasta la casa a preguntar qué pasó; muchas amigas, hermanas y cuñadas de mi mamá llamaron a prevenirme: “vea mijo, eso no es tan fácil; cómo que un aparecido llega haciéndose el gringo y ya lo va a llevar a Hollywood así como si nada… De eso tan bueno no dan tanto”. Yo, mientras agradecía el molesto e innecesario consejo, me preguntaba en qué momento alguien había dicho Hollywood. En fin.

Por insistencia de mi mamá y las veinte señoras que llamaron a prevenirme sobre la “trata de blancos” (¿?), la decisión fue no contestar la llamada, que habría de producirse, según el mismo Joseph me dijo, a eso de las 8:30 pm. Pero nunca hubo tal.

Al día siguiente en la universidad, no me aguantaba las ganas de contarlo, sólo que, en rigor de las circunstancias, no tenía nada qué decir.

Me aguanté todo el día sin decir nada a nadie, pero de noche no me aguanté y llamé a alguna de mis amigas. Ella, incrédula, me pidió que la esperara mientras abría la puerta de su casa; mientras tanto, yo aproveché y contesté la llamada que entraba por la otra línea.

Era Joseph.

Sin poder evadir nada de lo que me dijo, acepté encontrarnos en mi universidad a la tarde siguiente.

Con ello gané más regaños de mamá, y otra buena cantidad de llamadas de tía desperada. Esa mañana, debo confesarlo, llegué a creerme actor de un proyecto cinematográfico, seguramente independiente… pero de cine al fin y al cabo.

...TO BE CONTINUED...


***
¿Logrará el sospechoso Joseph hacerle daño al inocente de Carlos Andrés?
¿Triunfará nuestro improvisado héroe en las lides de la actuación cinematográfica?
¿O caerá en una misteriosa red de trata de "blancos"?

No se pierda el próximo capítulo de
Actuación en 16 m.m., La Serie.


sábado, junio 30, 2007

RECUERD - O - LVIDO

Recuerdo situaciones que no puedo decir, recuerdo personas que no quiero nombrar, recuerdo tristezas que no debo revivir, recuerdo algunos seres queridos que no tenían que morir, recuerdo varios errores en mi vida que no dejo de lamentar, recuerdo muchas palabras sin sentido que jamás debí pronunciar, recuerdo momentos importantes que ignoré por egoísmo, recuerdo mi empeño en tantas luchas inútiles en las que no debí participar, recuerdo amigos especiales que nunca más volví a frecuentar…

Recuerdo tantas cosas con tanto sufrimiento que quizás hoy no debería hablar de recuerdos, mejor sería hablar de olvidos y de esa cortina oscura que corre la memoria cuando nos quiere defender del dolor, el remordimiento o la mortificación.


Carlos Eduardo (comunicarlos)
Ciclo de Recuerdos

jueves, junio 28, 2007

ESTE AÑO COMPRENDÍ

POR XIOMY

Por estos días no solo cumplo un año más de vejez, sino también un año de compartir con ustedes; a Carlos Andrés le agradezco el haberme permitido conocer un espacio del cual no sabía, a Carlos Eduardo a parte del afecto y respeto que le tengo, debo reconocerle el apoyo y la inmensa paciencia que me ha brindado, y a Diana no esta de más decirle que es una excelente compañera literaria. Reconozco la gran admiración que he sentido por ustedes y confieso que por mi mente no pasaba la idea de pertenecer a un grupo de persona con percepciones distintas, intensas y valorativas hacia lo que los rodea.

En un momento decidí que iba cerrar un capitulo mas en mi vida pero de momento supe que no lo iba cerrar del todo; porque en este espacio apenas estaba comenzando, de igual forma muchas gracias por las anécdotas y las palabras compartidas; pues con ustedes siempre se aprende.

Ahora desempolvando sentimientos, situaciones y momentos quiero decir que me he esforzado por comprender el porque y como influyeron algunos sucesos en mi… no he comprendido todo, pero lo que he logrado entender me ha ayudado bastante y me llena de satisfacción en mi diario vivir.

He comprendido que mi papá nunca fue manipulado por mi madrastra, por el contrario él la maneja a ella con algo que para casi todos es valioso, el dinero, pues sí mi papá sabe que le puede hacer cualquier cosa y que con dinero ella se contenta.

He comprendido que mi mamá a parte de ser mi amiga me ha ayudado en mi equilibrio, y que estaba muy equivocada cuando hace dos años decidí alejarme de ella con el pensamiento que sólo la iba extrañar por un tiempo.


Comprendí que soy buenísima para confundir el amor con otro tipo de sensaciones, como capricho, gusto o ego; en realidad disfruto más estando sola que preocupándome y justificando hechos de mi pasado como causa de mi soledad.


Me siento alegre por haber acertado con mi carrera, cada día me doy cuenta que abarca mas campos de los que esperaba, eso me encanta y saboreo lo que aprendo.


Perder una materia no es nada del otro mundo, confieso que fue más gratificante sacar un cuatro con ocho en una habilitación con un excelente profesora.


Siempre he sido malgeniada e impaciente, pero mi grave error es que no digo nada, me quedo callada y espero que el tiempo se encargue de desvanecer mi desconcierto con algo o alguien.

Y lo más importante; en este año me han sucedido cosas que en realidad nunca me habían dolido, el problema ha estado en que les he dado mas importancia y trascendencia de la que en realidad se merecen…pues sí hoy cumplo 20 años (soy la niña de este blog)

XILOFONÍA

Hoy al mediodía se metió Karen a la conversación. Almorzábamos y de pronto llegó a la mesa junto a la lluvia detrás de la ventana. La pequeña pelirroja se sentó en mi memoria a conversar.

La última vez que vi a Karen teníamos seis o siete años. Ella era mi compañera de kinder y nos sentábamos cada uno en un extremo del salón. Desde nuestras sillas nos mirábamos y nos subían los colores.

Nunca cruzamos más de un par de palabras. Jamás nos besamos, Nunca entrelazamos nuestras manos… bueno, solo en la “rueda, rueda de pan y canela”.

Amor, si hubo. Hasta los albores de mi adolescencia, siempre que llovía con fuerza, las gotas sobre los charcos susurraban la palabra “Karen”.

Efectivamente, era un sonido real y audible. Tenía cierto acento metálico como el de la tecla “número 4” de un xilófono de juguete.


Carlos Eduardo (comunicarlos)
Ciclo de Recuerdos

miércoles, junio 27, 2007

Mi Ciudad desde el Aire. Cartografía

Un ejercicio de visualizar mi ciudad y marcar sobre su mapa los puntos de mi encuentro con ella. Versión completa en este enlace.

lunes, junio 25, 2007

Pasos de Solitario


Como vivía en Girardota, la visita de cualquier familiar era todo un acontecimiento, pues el resto de mi familia estaba en Medellín. Por eso, el anuncio de la visita de mi abuela Bertha y mi prima Claudia, eran motivo extraordinario en esas vacaciones de mitad de año. Yo tendría unos cinco años; mi hermana era un bebé, y mi prima y mi abuela recién llegaban de Venezuela.

Antes de su aparición, programada para las cuatro de la tarde, quise salir a jugar. Con una pistolita de plástico, imitación Calibre 38, me lancé al ataque de los vaqueros imaginarios que habían ingresado en mi mundo infantil gracias al Llanero Solitario. Un par de transacciones simbólicas me permitía dichos juegos: si bien yo mismo era El Llanero, mi caballo no era blanco como el suyo, sino café como el del indio que siempre lo acompañaba.

Sin embargo, mi falta de destreza en el manejo del semoviente provocó un accidente: al ver a mi abuela y a mi prima descender por las escaleras hacia el barrio, mi caballo salió corriendo sobre el final de la calle, por la esquina contraria a la que ellas venían, y, por un salto mal dado, caí a la calle, luego de descender casi dos metros por una pequeña barranca.

Mi mamá fue directa en su comentario: “Eso le pasa por hacerse el lucido”; yo, por mi parte, nunca pude explicar que no había sido yo sino mi caballo. Espero que ustedes sí me entiendan.

viernes, junio 22, 2007

¿GOLIAT O NUPÁN?


Nupán, el gigante de séptimo, me pegó en la cara. Me llevé la mano a la mejilla e hice un ademán de dolor. El susto me anestesiaba pero no quería que Nupán se enojara más. Traté de retroceder, pero un corrillo de muchachos me cerraba el paso. Un violento empujón me regresó al centro del círculo donde me esperaba Nupán.

El empellón me levantó literalmente del piso. Mientras estaba en el aire, un rapto de inspiración me obligó a cerrar la mano y a levantar el brazo. En el instante de aterrizar sobre Nupán mi puño, por voluntad propia, asestó el golpe. Un golpe devastador por el impulso de mis compañeros… Eso decidió mi primera y última pelea de colegio.

Nupán cayo al suelo cuán largo era. Yo… asustado como nunca, pero dispuesto a aprovechar el momento de gloria, empecé una especie de danza de la victoria alrededor de Nupán que no parecía dar muestras de vida. La multitud vitoreaba, yo di un par de saltitos estilo boxeador y la muchachada me sacó en hombros como a los toreros.

Afortunadamente, todo fue rápido por que si Nupán hubiera reaccionado de inmediato me hubiese dado una tremenda paliza.

El día siguiente, Nupán se me acercó con sigilo, estaba estrenando un semicírculo oscuro bajo el párpado izquierdo y me dijo “Hermano, usted me cascó”.

No se porque fue la pelea y ya ni acuerdo. Solo sé que le respondí “Hermano, eso le pasa por tener un nombre tan feo”. Le di la espalda y me aleje con mi dignidad henchida. Jamás, hasta hoy, había pensado en lo ridículo de mi respuesta, pero bueno, me mantengo en lo mío…

Pa’que se tenía que llamar Nupán.


Carlos Eduardo (comunicarlos)
Ciclo de Recuerdos

Recuerdo Cinematográfico (Secuencia)

No sé si como recuerdo clasifique algo que sucedió tan sólo la noche anterior. Pero sí sé que es una de esas situaciones de las que uno se acordará bastante.


Caminábamos mientras la lluvia se adueñaba de la ciudad, y de nosotros. Íbamos despacio, cogidos de la mano. Ella se quedaba en el metro y yo tomaba mi taxi. Llegamos. Se volvió hacia mí, y me dio un beso. Sentí su cabello mojado en mi frente. Me gustó. Demasiado.

jueves, junio 21, 2007

miércoles, junio 20, 2007

HASTA LUEGO, ABUELITA

Escrito Cotidiano por Diana Montoya


Bajita, muy bajita; con el cabello blanco-blanco; su rostro arrugadito como una pasa, y lleno de lunares y muy encorvadita, la mayor parte del tiempo vestía con una falda larga blanca llena de flores pequeñas, menudas y negras, una blusa…no recuerdo el color. Siempre asistía a misa de 12 am los domingos, al entrar a la iglesia se cubría la cabeza con el pañolón, como ella lo llamaba. Cuando por alguna razón no podía ir a esa misa, iba a la de las 7 pm, yo siempre la acompañaba, a demás tenia una colección de bolas de cristal y a todos sus bisnietos nos regalaba de vez en cuando una o dos bolitas (llegue a tener mi propia colección), a mí me regalaba monedas, siempre sospeche que las tomaba de la venta de helados que tenía una de sus hijas, pero nunca lo confirme. Su edad ya superaba los 90 años.

Cuando murió, lleva ya varios días en cama, se expresaba con mucha dificultad y no se le entendía lo que decía. Un día de febrero se murió, no recuerdo muchos detalles de ese día, pero hay uno que me ha acompañado siempre.

No vivía conmigo, 3 o 4 cuadras nos separaban, el día en que murió, fui hasta su casa, estuve unos minutos parada en la puerta principal y no quise entrar a verla…no quise…lo pensé pero preferí regresarme. Horas después, en la tarde, creo, un tío llega hasta mi casa y nos cuenta que mamita chiquita había muerto, que ya no estaba, que nunca más estaría...

Siempre que la recuerdo me pregunto por que carajos no entre esa mañana a despedirme, a decirle lo mucho que la quería, lo mucho que la iba extrañar, a decirle que me perdonara por toda mis travesuras, por las groserías, a decirle que no se preocupara por mi, que yo iba a estar bien cuando ella se fuera. Pero no…¡NO QUISE.

Creo que si fuera actriz, y tuviese que recurrir a la memoria emotiva para llorar en alguna escena, sin dudarlo, tomaría este recuerdo, es el único que después de 13 años todavía produce lágrimas.



martes, junio 19, 2007

RECUERDOS Y BESOS

Bésame, bésame mucho… como si fuera esta noche la última vez.
Bésame, bésame mucho… que tengo miedo perderte, perderte después.

- Bolero de Consuelo Velásquez -


Besé el espejo del baño, muchas veces y de muchas formas… Quería aprender. Confieso que nadie jamás besó un reflejo con tanta ternura, con tanto romanticismo y con tanto erotismo como lo besé yo. Lo besé tanto que me convertí en un experto besador de superficies frías… Tal vez, por eso, la primera vez que experimenté la turgencia y la voluptuosidad de unos labios de mujer, me quedé petrificado.

La chica que me besó por primera vez, debió notar algo raro cuando el objeto de su beso no daba señales de vida. Abrió sus ojos y se encontró con una cara en primerísimo primer plano con los ojos desmesuradamente abiertos y un rictus de asombro imposible de ocultar. Efectivamente, debía de estar muerto de miedo por que alargó su mano y me cerró los ojos de la misma manera como se hace con los cadáveres en las películas.

Los siguientes años de mi adolescencia, me la pasé perfeccionando la técnica y me aficioné a los besos en todas sus formas y sabores. No voy a dar detalles, pero todavía recuerdo el mejor consejo que he recibido en materia de besos. Yo le pregunté si me daba un beso y ella me contestó:

- ¿Sabes? Hay cosas que no se deben pedir… una de ellas es un beso. Un beso jamás se pide, un beso se toma…

¡Revelación de revelaciones! De manera que también existía un trasfondo filosófico en el arte del beso y nadie me lo había contado. Continué mis investigaciones empleando el método científico y buscaba besos desesperadamente para probar mis teorías. Aquello se transformó en una operación aritmética compuesta por “besador”, “besando” y resultado.

Con los años, la cantidad de bocas besadas fue disminuyendo en número hasta estabilizarse. Finalmente, un día comprendí que el verdadero disfrute no está en dar un único beso a muchas bocas sino en dar muchísimos besos a una sola boca.



Carlos Eduardo (comunicarlos)
Ciclo de Recuerdos.

lunes, junio 18, 2007

Malrecuerdo


Una interpretación esquemática del psicoanálisis diría que el nombre escogido para la hija de un hombre (sobre todo la primera) tiene alguna relación con algún deseo reprimido o una antigua (o quizá reciente) frustración. De eso puedo hablar poco porque ni sé de psicoanálisis, ni tengo hijas; pero sí variado malrecuerdo.

Luego de besarnos intensamente, entre nosotros surgió una conversación. Fue hace dos años, pues en las cabezas de la gente que pasó cerca de nosotros esa tarde en la Estación del metro se sentían unos tibios envíos de calor; del calor de junio. Las cosas iban bien.

Pero nos dio por hablar. Y el hablar requiere del ejercicio de nombrar. De nombrarnos. Y con esto la necesidad de aclarar quién soy yo para el otro. Entonces llega el silencio. Las palabras se piensan como si se tratara de una declaración bajo juramento. Es que, de hecho, lo es. Por eso la ausencia de sustantivos, y la presencia fastidiosa de adjetivos lleva a la mutua incomodidad, y casi la inevitable conclusión de que estábamos equivocados.

Ella se sintió mal. Me reclamó. Yo también, extrañado, repliqué sus preguntas. Confusión terrible.

Se hizo tarde y era hora de irse. Entonces Ella va a la estación y se despide con un abrazo tan confuso como las ideas de los que se encuentran confundidos.

Caminé hasta mi casa. La noche, calurosa, me permitió ideas terribles. Indeseables. Desencadenadas como una improvisación de jazz. Sí: fue una noche disonante como el jazz; trepidante. Y en mi cabeza una retahíla que más parecía un rap. Odio estos momentos. Uno piensa, repiensa, elude, acude; fabrica discursos, excursos, recursos, decursos… y nada sirve.

Mas si la idea del primer párrafo es cierta, mi hija no se debería llamar Sandra.

Por cierto, en la pasada noche de viernes sucedió algo similar. Y por poco surge ese día otro nombre prohibido de mujer.

domingo, junio 03, 2007

Sin Título

Esta es la noche de los lobos,
Sus aullidos arden en los oídos.

Bajo la piel viva,
Los terrores se sacuden del espanto de vivir.

Luego el silencio…

Y ese acto de quietud,
Roto por el violín de un grillo
Sube el volumen de mi soledad.

A ritmo paquidérmico,
Las promesas rotas y las parábolas inconclusas
Se dan codazos y puntapiés,
Luchan por salir…

Peligroso arte, para la cristalería de mi mente.

sábado, junio 02, 2007

"Muy bien, gracias"

Decisiones. Nos pasamos la vida tomándolas. O mejor, la vida se nos pasa mientras muchas decisiones nos toman.

Cualquier viernes uno va en el transporte público de su ciudad, camino a alguna clase excesivamente diurna (a eso de las seis de la mañana). Con sólo decir eso, ya vienen involucradas un sinnúmero de decisiones: el trabajo de uno, el lugar donde vive, el pregrado que estudió, los amigos que conoció en esa (y no en otra) universidad, el posgrado que hizo, el lugar donde trabaja, etcétera.

Entonces uno se monta al vehículo y decide, vaya a saber por qué, sentarse al lado derecho; costado al que tres minutos después fue a dar la parte delantera de otro vehículo que, luego de una serie determinada (aunque difícil de sistematizar) de decisiones, ganó más velocidad de la debida, y menos distancia de la necesaria.

A mí no me pasó nada. Pero el recuerdo acústico del impacto duró un par de horas más.

A pesar de ello, cuando hablaba telefónicamente con mi amiga, respondí con un “Muy bien gracias”, a su pregunta “Cómo has estado”. Decisiones.

sábado, mayo 26, 2007

Primera respuesta

Entonces me preguntó por qué me gustaba escribir; no supe qué responderle. Si me hubiese preguntado por la última película vista, o el libro que estoy leyendo ahora, de seguro habría intentado con más facilidad una respuesta exitosa. Pero no fue así. Y ya ha pasado demasiadas veces; es como si las mujeres supieran cuál pregunta va a doler más y en qué momento. Salí de su casa y di (por tercera vez en dos semanas) una vuelta por la ciudad. Así que mientras el bus circulaba a Medellín, yo daba vueltas sobre mí con la misma pregunta. Luego pensé en la lluvia ácida mientras caía en la calle, y se me ocurrió que era poético la forma como rebotaba en el asfalto mientras gritaba... igual que las teclas de mi computador mientras precipito sobre ellas mis angustias.

Primera respuesta a la pregunta por qué me gusta escribir: porque me agrada el sonido de las teclas.

viernes, mayo 18, 2007

DESDE LA TIERRA DE MICKEY MOUSE


Este fin de semana me mudo para la ciudad de Orlando, sede de los famosos parques temáticos de Walt Disney. Espero poder conversar de tu a tu con nuestro narigudo amigo. Quiero preguntarle como logra permanecer vigente a pesar de tantos años de vida artística. También me llama la atención como lo pueden tomar tan en serio si apenas es una figura que ni es ratón ni es humano. No podemos negar que los ratones no andan en dos patas sino en cuatro y no usan shorts con tiradera.

En fin, tengo que decir que este longevo personaje me cautiva igual que a millones de personas en este planeta. La primera vez que lo vi, fue hace 13 años, lo seguí hasta su casa. Todavía conservo como un tesoro las fotografías que tomé en su vivienda. Su carro, sus pantuflas, su guardarropa, todo estaba perfectamente ordenado y limpio.

Aunque voy para Orlando por trabajo, no descarto la idea de darme una rodadita hasta la casa de Mickey y renovar las fotografías que ya comienzan a opacarse. Igual, los dos estaremos allá en búsqueda de una ilusión.


- Carlos Eduardo -

martes, mayo 15, 2007

CUARTOS FRÍOS

En días pasados estuve trabajando en una comercializadora de flores por temporada de Día de Madre. Un centenar de personas y yo trabajamos durante 10 días, 16 horas diarias dentro de unas neveras gigantescas.

Mi hermano (q.e.p.d) solía contar un chiste sobre el automatismo en los Estados Unidos. Este es el caso de un señor que se presenta a trabajar a una fábrica. El supervisor, le indica que debe mover una pequeña palanca con la mano derecha de arriba abajo. ¿Es todo? Pregunta. No, además tiene que pulsar ese botón con la mano izquierda cada dos segundos. ¿Y, ya? Bueno, el pie derecho va en este pedal… ¿algo más? Si, el pie izquierdo se mueve en círculo para activar este mecanismo. Me imagino que es todo, replica el nuevo empleado. Si, excepto por la cabeza que debe inclinar hacia delante y hacia atrás para operar la cinta deslizante. En esas, el tipo desesperado, le dice al supervisor: “y no tendrá también una escoba?” ¿Una escoba? Pregunta el supervisor. Si, una escoba para amarrármela al trasero y empezar a barrer también.

Bueno, mientras preparaba ramos de flores, amarraba zunchos, usaba el scanner, sellaba las cajas con cinta, pegaba stickers, estibaba el producto, traía insumos, acomodaba en el camión y hacía inventario; una inquietud rondaba mi cabeza…

Varias veces estuve a punto de preguntarle a los supervisores que gritaban como sargentos de reclutamiento…

¡Oiga, señor! ¿No tendrá por ahí una escobita?

- Carlos Eduardo -

miércoles, abril 25, 2007

Acto Cívico

Con todo esto del día del idioma, uno recuerda. Y ahí ya aparece una primera sensación: en este lado del mundo recordamos (tanto como soñamos, reímos, cocinamos, cantamos y hacemos el amor) en Español. Que no debe ser lo mismo que hacerlo en otro idioma.

Así que con esos recuerdos en Español, me acordé de las carteleras de cada año para el día del idioma, en las cuales se supone uno debía dibujar a Marco Fidel Suárez, Rafael Pombo y a Miguel de Cervantes, para ex-ponerse frente a los compañeros en el Acto Cívico y decir que el primero y el tercero nacieron en la misma fecha. Los recuerdos ya lejanos de esas imágenes (que mi primo elaboraba a $20 c.u) viene envuelto en olor a mango biche, panelitas, y baladas románticas en español e inglés (que hoy llamamos respectivamente música "peluquería" y "glam").

Mi escuela, República del Salvador, en el barrio Campo Valdés, cada día del idioma se reunía a repetir mecánicamente el mismo ritual sin mito. Es decir, había ceremonia pero no sentido de celebración; la fiesta era externa, porque los menudos 9 años no nos alcanzaban para imaginar todo lo que un idioma permite (e impide) en la experiencia de un ser humano.

Y pa que vea cómo es la vida, quién se iba a imaginar que este niñito Carlos Andrés, de quien las amigas de su mamá preguntaban si era mudo, varios lustros después, no sólo sabe qué significa "lustro" sino que se atreve a celebrar el Español.

Por eso, sin saber si es un homenaje a mi lengua, o a mi memoria, aquí van las imágenes recuerdos:





AÑO, NIÑO, PUÑO Y LA COLOMBIANÍSIMA "ÑAÑA"

Nunca creí que algo tan pequeño como una tilde y una letra pudieran generar tanta alegría...

Por fin, después de luchar a brazo partido con el teclado de este computador, logré programar las tildes y la "Ñ".

Palabras como "cariño" ahora tienen sentido nuevamente. Términos como "Conocí", Sentí y "recorrí" vuelven a formar parte de un pasado real y no son placebos para el ayer.

Incluso palabras menos agradables como "Caño", "Roña" y "Orín" son rítmicas y eufónicas cuando las escribo sobre el papel electrónico.

Ah, que delicia! Escribo, luego debo de existir.


Comentario: algunas de las palabras usadas en este escrito cotidiano son utilizadas adrede para utilizar mi renovado don de escribir con tildes y eñes.

domingo, abril 15, 2007

DES-CUBRIENDO (me)

Cuando era pequeña mi abuela vivía en el campo, en una casa muy artesanal, hecha con sus propias manos, las de su madre, su hermana, sobrinas e hijas, es decir hecha por toda la familia.

Junto a un gran tanque había un arbolito, con tallo delgado y abundante follaje, su fruto era pequeño, tenia forma de huevo, amarillo y muy dulce, tan dulce que decidimos (mis primos y yo) llamarlo y para siempre el palo de confites, la abuela nos tenia terminantemente prohibido cogerle fruto alguno, así que tocaba esperar que estos estuvieran lo suficientemente maduros para que cayeran solos, cuando la abuela no esta cerca sacudíamos el arbolito caían -los maduros-.

Este recuerdo de mi infancia regreso hace poco cuando caminaba por la 65 (de Capos de Paz a la Terminal del Sur) y vi muchos palos de confites, ¡Y LA ABUELA QUE SOLO TENIA UNO!, no puede evitar devolverme muchos años atrás, regresar a aquella casa y recordar lo feliz que fui cuando comía confites del palo de confites de la abuela.

Este recuerdo me hace pensar que mi infancia no fue tan triste como la quería recordar, ese día des-cubrí que desperdicie mucho tiempo peleando con mi “dizque” infancia infeliz, la cual no lo fue, era yo quien no permitía verme y recordarme feliz, quien cubría imágenes felices con razones grises.

De un tiempo para acá la vida se esta encargando de mostrarme cosas que he estado tratando de ignorar, no puedo huir, diana siempre me alcaza, así que me espera un largo trabajo…


diana m. montoya herrera.

viernes, abril 13, 2007

Cotidiano: ese extraño objeto

Fábula teatral en cuatro actos – soliloquios
Uno

Mientras uno de mis compañeros de la oficina intenta aprender a jugar pókar por internet, yo califico algunos exámenes. Luego de esto, trataré de leer un poco más “El cine era mejor que la vida” (uno de los –muchos- libros que estoy leyendo discontinuamente por estos días).

Abajo, en el Parque, los vendedores cantan productos, los predicadores advierten sobre los falsos profetas, al mismo tiempo que la gente ingresa a los almacenes de cadena a comprar las mercancías de la felicidad.

Atiendo una llamada, e ingreso a la red; repaso lecturas en Escritos Cotidianos. Me siento a escribir, que es como decir, me siento a pensar. Así que vuelvo –un año después- a concluir que la cotidianidad no se cifra en los hechos de la cotidianidad, sino en ese extraño hilo que une la tremenda cantidad de acciones diarias. Ese hilo, fino y punzante, es justo el que tratamos de agarrar cuando escribimos aquí: la (invisible) cotidianidad maniobrada en palabras, en relato.


Dos

Cuando escucho historias, disfruto ver cómo los narradores (cualquier persona que cuente historias) se ubican en el lugar del héroe. No importa si se trata de una hazaña o de un fracaso, las historias suelen estar narradas con la lógica de lo épico. La de lo mucho, y de lo poco. La lógica de la muerte merecida, o de la vida arrancada.

Por eso, al final del día, cuando alguien en casa nos pregunta qué hiciste hoy a uno se le ocurre, por un momento, decir nada; o todo (que para el caso dan lo mismo). Es inocultable la dificultad producida por esta pregunta.


Tres

Algunas horas después, estoy con una amiga en la librería, y le cuento lo bien que me sentí al ver “El olor de la papaya verde”. Con algo de interés me pregunta de qué trata la película. Y de repente me encuentro con esa misma dificultad. Es una pregunta difícil porque, en últimas, el filme narra una historia de dos hechos… pero son dos giros suficientes para mostrarnos (lentamente) imágenes hermosas durante una hora y cuarenta minutos.

Traté de responder, y ante la mirada de ¿y-eso-era-todo? de mi amiga, prefiero hablarle de “El diablo viste a la moda”, una típica película para comer crispetas, en la cual son suficientes tres minutos para saber quién es la buena, la mala y cuál es el conflicto que la heroína deberá superar; una película en la cual, al mejor hollywood style, pasan muchas cosas en muy corto tiempo.

Después de un café, regreso a mi computador a seguir escribiendo este post. Ahora me pregunto si la cotidianidad, ese hilo delgadito con que se tejen los textos de aquí, es una película del tipo Hollywood o se parece más al olor de las papayas sin madurar.


Cuatro

No sé. En cualquier caso, FELIZ CUMPLEAÑOS, amigos lectores.

domingo, abril 08, 2007

Primeros intentos...

Silla 28 B. Fila central, pasillo a la izquierda. Silla del centro. Nostalgia... algo de dolor. Ansiedad y ganas de saberlo todo como un genio en un envase transparente. Tres horas. Las calles se hacen mas amplias, los carros mas lujosos y el idioma mas suave, como si se adelgazara en una serie de ululaciones. Agnos, meses, dias esperando por este momento. Aeropuerto lleno, tres horas de retraso antes de ser recogido. Angustia... sensacion de que este es el menor de los problemas de ahora en adelante. Finalmente, computador sin tilde y oraciones sin verbos, 'enes' sin sombrero...

Asi es la vida (that's the way life is)

sábado, marzo 31, 2007

600 mL.

Julián y yo terminamos de fumarnos un cigarrillo. Quiero decir, anque era él quien lo sostenía en sus manos, buena parte del humo producido fue a parar a mis pulmones: soy un fumador pasivo; buena parte de mis amigos y compañeros de la oficina lo son habitualmente.
Pero eso de "Julián y yo terminamos de fumarnos un cigarrillo" lo decía para efectos de contar que, luego de esa conversación, concluimos que muchas veces el problema con los demás no consiste en lo dicho sino en la forma como se ha dicho. Entonces miro a la izquierda de mi escritorio, y veo algo justo al lado de mi pantalla que me hace pensar en qué tan posible es decir atractivamente algo que, en el fondo, no lo es.

Ejercicio: ¿Usted se tomaría un líquido negro, picante, que contiene algo así como diez cucharadas de azucar, y altas dosis de ácidos suficientes para deshacer un bistec de carne o un tornillo en menos de tres días? La respuesta seguramente será "no".

Sin embargo, en esta mañana gris de sábado, siendo apenas las nueve de la mañana, ya he tomado 600 ml. de Coca Cola.

Las palabras son puentes.

miércoles, marzo 28, 2007

Tarde. Como siempre.

O cómo pretextar los silencios sin romperlos

Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla. Ya era tarde. No sé por qué soy tan lento. Tal vez puede ser porque ella (todavía) me gusta; o al menos porque representa un cierto misterio para mí; como si fuera algo cuya imagen no puedo entender fácil.

(Así que me bajo de “la Santra”, y corro hacia la canalización para alcanzarla. Ella voltea hacia la izquierda buscando una portería café de ésas en las que no hay portero y a la gente le toca sacar las llaves o llamar al citófono. Ella busca en su morral algo que no encuentra, y yo aprovecho para saludarla. “¿Cómo estás?”; ella contesta: “¿Vos?”)

Justo en ese momento siento el estridente ruido de una moto que acaba de pasar junto a la buseta. El episodio en el que corría tras Natalia había sido mi imaginación derivada de estar leyendo a Andrés Caicedo por estos días.

Volvamos a la realidad… a la realidad del recuerdo: “¿Te puedo morder?”… Creo que fue una de las primeras cosas que me dijo. Estábamos en alguna cafetería universitaria, y ella había cambiado su sonrisa de niña cruel por una de niña amable; es más: de niña cursi. Igualmente, había dejado de burlarse de los demás (y creo que de mí) y comenzó a compartirme sus escritos. Yo empecé a leerla y a entender que ella me mordía con sus textos; sus palabras sonaban a niña cursi; es más: a niña ingenua. Pero voraz.

Luego fue la fiesta en Guayabal. Sólo ella y “La Gorda” se emborracharon; (¡y pensar que horas antes eran enemigas!) Yo había ido a la reunión sólo por ella, pero ya casi terminaba la fiesta, y ella sin llegar. Al rato sentimos que un taxi pitó, y que se bajó una mujer excesivamente obesa acompañada de otra “monita” delgada -ambas bastante borrachas- pidiendo plata para pagar la carrera. Yo no pude dejar de sentir algo extraño por esa monita triste que escondía su dolor en los cigarrillos y el licor. Debo confesar-me que fue ahí donde reconocí que Natalia me gustaba… a pesar de (o quizá justamente por) lo que me producía ese contraste.

Entonces la busqué para que fuéramos a dar un paseo. Yo sospechaba que ella quería caminar, y ante el grupo justifiqué que era para que “se le bajara la borrachera”. Dos cuadras después, ella me confesó que yo le gustaba, pero que sabía cuán diferentes éramos. Yo mantuve el silencio y sólo la abracé; le dije que se quisiera y se cuidara. Ella simplemente alcanzó a decirme que con su abismo no me metiera.

Meses después no sabía nada de ella. Sólo sentía en mi cuerpo esa nostalgia que se estiraba. Sentimiento contradictorio: sentir que se quiere a alguien que no se quiere a sí mismo. Más adelante, supe que estaba estudiando en la UPB, que se mantenía “bebiendo” en la tiendita de Carlos E. Restrepo. Muchas veces fui. A buscarla.

Alguna vez, de camino a clases de mi posgrado, la vi en la Bolivariana. Y muchas otras veces la encontré en Carlos E., y en el parque de Boston. En todas las ocasiones traté de reencontrarla en esa mirada perdida. No importaba la hora: siempre tenía los ojos desorbitados.

Hoy terminé mi día un poco antes de lo pensado. Voy en la buseta para mi casa; acabamos de dejar atrás el Obelisco, y en el puentecito Natalia –que se había montado en Carlos E.- se para con dificultad; con la misma que le pide al conductor que la deje al final del puente. Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla.

sábado, marzo 24, 2007

DESHACER HACIENDO

En medio de helados y gente alguien me dijo: a la edad que usted tiene, como es, y de la manera como se toma la vida, usted puede hacer y deshacer en el mundo.

Hoy pensando en sus palabras llego a la conclusión que yo no podré hacer y deshacer en el mundo (es imposible) pero yo si puedo hacer dichos procesos en “mi mundo” yo hago mis amigos (amistad), yo hago mi hogar (no puede ser exactamente el de mi casa), hago mi comida, yo hago alegría (me las ingenio para tratar de sentirla), yo hago tristeza (soy muy sensible a todo, entonces se me facilita). Pero también puedo deshacer haciendo; por ejemplo: yo hago amor, pero si hago olvido (que es difícil) puedo deshacer el amor, yo hago amistad, pero si hago ingratitud de alguna manera estoy deshaciendo el vínculo.

No sobra decir que para mi es mas fácil hacer cosas buenas a tener que hacer cosas mas negativas para poder deshacer algo.

No sé como sea vista por ustedes la idea, de lo que si estoy segura es que no soy muy explicita y concisa; si cogen la idea son unos tesos porque entender mis enredos no es fácil.

miércoles, marzo 14, 2007

Cien-agas de soledad

Esta semana renuncié a la Universidad Católica. Fueron tres años y medio. La universidad me dio parte de ella, en cambio yo lo pusé todo de mí mismo. Aún así, fue una relación de justa correspondencia.

Me dolió desprenderme de mis cátedras. Elaboro mi duelo mientras llevo a cabo los últimos actos académicos: adelantar los parciales una semana, elaborar informes para la persona que me suceda... Ojo, para quien me suceda no para quien me reemplace, por que nadie es reemplazable y nadie debe ser irrespetado al tratarlo como a un reemplazo.


Me gustó sentir el calor de los muchachos y su cariño cuando supieron la noticia. Esperaba más de los compañeros de la universidad, pero igual, lo importante eran mis estudiantes. Para ellos trabajé todo este tiempo. Que ironía, soy feliz por que los veo tristes por mi partida.


Una voz interior me confirma que hice las cosas bien. Recuerdo la canción de Mercedes Sosa que dice: "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón." Eso lo aprendí en la univerisidad. Antes solía decir en las entrevistas de trabajo: "abráme una puerta que yo me encargo de abrirme camino en la organización" Hoy digo simplemente: "Déjeme ofrecer mi corazón". ¿Qué otra cosa se le puede ofrecer a una institución?


Llevo doce años de docencia. Ahora entiendo por que dicen que en la universidades y en las academias se aprende. Aprendí no pocas cosas. Muchas de las cuales ni siquiera aparecen en los textos que tanto leía y releía. Cosas de la vida y de las vidas de tantos jóvenes amigos. Coincido también con Sabines cuando dice: "A esta edad, la juventud solo se adquiere por contagio." Quizás por eso nunca olvidé el poder de una sonrisa y jamás me enfermé o me sentí debil. Toda la fuerza la traían mis estudiantes y me regalaban un poco cada clase.


Cuando me vaya, llevaré en mi maleta tantos tesoros que espero poder pasar por la aduana sin inconvenientes: satisfacciones, consejos, risas, problemas compartidos y resueltos, consuelos, charlas de cafetería, bromas, detalles...


Algunos quisieron ver un padre en mi y yo, quise ver un hijo o una hija. Otros quisieron ver un maestro y yo, quise transformarlos en discípulos, otros decidieron llorar en mis hombros y yo quise ser un pañuelo, incluso muchos optaron por ser mis amigos y yo fui su amigo.


Mañana cuando me vaya, sentiré la opresión del actor cuando sale de escena y se encuentra con su soledad. Por eso, quizás entenderé mejor a Gabo cuando piense que un siglo no es mucho, al final son solo cien años de soledad.


- Carlos Eduardo Vásquez -