jueves, junio 29, 2006

Playa Topless

Nunca había estado en una playa topless hasta que visité Isla Mujeres en México. Soy un hombre respetuoso, pero era imposible que la mirada no cayera sobre alguno de esos cuerpos asoleándose en la arena.

No pude evitar mirar a una de aquellas mujeres que por su piel de caramelo y la suavidad de sus formas proyectaba una hermosura inquietante.

Mejor no lo hubiera hecho. Tres pares de ojos me enfrentaron...

Los ojos adormilados de ella, un par de ojos color canela desde su torso y los ojos indignados de su marido.

- Carlos Eduardo -

Ineludible

Infladas, tiernas, agrias, diminutas, dulces, o chocantes, nuestras palabras son como nosotros, y nosotros como ellas. De la poesía me gusta la idea según la cual el ser humano es su palabra. Lo anterior no obsta para que, a veces sin querer, digamos cosas de las cuales no somos conscientes; o que los demás nos escuchen algo que no creemos haber dicho. Ocurre a diario: nada tan cotidiano como la sensación del malentendido, el falso supuesto, o la interpretación equivocada.

Acabo de encontrarme con una amiga en MSN quien, feliz por su nuevo novio, me saluda dichosa: ¡Micora, cómo estás!, ¿quieres saber por qué estoy feliz?.


Isabel y yo nos "casamos" en la universidad; nos encontramos una tarde compleja para ambos: yo recién salía de una relación larga y extenuante; ella empezaba una cuyo fin sería similar. Cuéntame, qué es lo que te tiene tan feliz, pregunté. En mayúsculas escribió: TENGO NUEVO NOVIO, POR FIN.

Me alegré por ella; después de una relación de cinco años no es fácil volver a enamorarse. Por eso pregunté: Y qué tal te va con él. Entonces respondió -de seguro sin saber- algo que se me antoja bastante gracioso: Excelente. Me trata muy bien; es zootecnista.



*Carlos Andrés*

Pensamientos

Escrito Cotidiano por Carolina Montoya

Era una noche hermosa. Venía en la buseta. Mire al cielo lleno de estrellas y empecé a imaginarme a la persona que quiero pero que no me corresponde. Imaginé y sentí que me quería mucho, era una sensación muy linda que me sonreía desde lo profundo de mi pensamiento...

Cuando reaccioné, pensé: por qué me río sola si es solo un pensamiento, y pensé: hasta qué dimensión nos transportan los pensamientos. Es algo lindo por que puedes hacer lo que en realidad quieres, pero te llenas de falsas ilusiones.

Por qué será que muchas veces uno se enamora de la persona que no lo quiere o le da más dificultad y a las personas que lo quieren a uno no les corresponde. ¿será masoquismo?

El sábado estaba en la universidad, debía entregarle un trabajo a alguien que aprecio mucho, pero a la que lastimosamente no le agrado. Iba a tomar el ascensor y estábamos los dos solos esperándolo. Me sentí algo incomoda por que notaba en su mirada que no quería compartir conmigo ni el ascensor. Además estaba evitando verlo para desprenderme de lo que sentía por él. No quería incomodarlo y decidí bajar por las escalas (nada más y nada menos que 8 pisos). Llegué cansada pero feliz por no incomodarlo con mi presencia.

A veces quiere uno tanto, que no quisiera ni tocar a las personas con los pensamientos.

miércoles, junio 28, 2006

Top Diminutivo

Digámoslo de una manera simple: me disuenan los diminutivos.

Así que, como hiciera con las excusas, voy con el Top Diminutivo, las expresiones disminuidas que menos me gusta oír.


-Péguese la "rodadita".

-¿Qué "tallita" lo buscaba?

-¡Estás como "repuestica"!

-En este "momentico" no se encuentra...

-Una muchacha que es como "crespecita" (¿?)

-Yo doy "clasesitas" (...)

-Me gusta esa "musiquita" (¡!)

-Yo le separo la "citica"

-El doctor no está, a lo mujer vuelve "enseguidita"; déjeme los "daticos" para que él le devuelva la "llamadita". (oops!)



*Carlos Andrés*

martes, junio 27, 2006

Te han Atrapado

Un Escrito Cotidiano por Jonatan Gómez.


Una noche caminaba lentamente hacia mi casa; la verdad estaba agotado y pensaba en lo que iba a hacer el día siguiente. Cerca de mi casa, vi demasiada tierra en un solo punto. Parecía una construcción. Decidí acercarme. Había un hueco muy profundo. Después de pensar un instante, vi conexiones y supe que construían una red de alcantarillados. En ese momento, empecé a imaginar cosas. Imaginé como seria una vida subterránea, cómo sería un mundo donde nunca llegara la luz solar. Lo empecé a relacionar con la vida cotidiana.

Muchas personas viven en un mundo sin la luz solar que yo asimilo con la felicidad. Viven escondidos en un mundo donde no tienen la razón de vivir que para muchos de nosotros existe. ¿Será que no quieren vivir en un mundo de materialismo donde la sociedad de consumo toma parte de nosotros y crea un pensamiento superficial de lo que nos rodea, una sed de adquirir las cosas y estar señalando las personas que no poseen este estilo de vida? o de pronto, no quieren vivir en este mundo donde la publicidad ha capturado gran parte de la población mundial. Nosotros como personas racionales no somos capaces de adquirir ese sentimiento de criterio decisivo frente a muchas cosas.

Esto estuve pensando. Un tipo de analogía que suena extraña pero que fue así. Y tú, ¿te has dejado atrapar por esta sociedad consumista?

Discapacidad Emocional

Dis, prep. Insep. que indica negación, contrariedad, separación.

Capacidad Fig. Inteligencia, talento. Aptitud o suficiencia. For. Aptitud legal para gozar de un derecho.


Si un ser humano no tiene la capacidad de mover sus piernas por una enfermedad, un defecto o un accidente se le llama discapacitado físico. Si alguno de los sentidos deja de funcionar correctamente se habla de una discapacidad visual, auditiva, gustativa, olfativa o táctil. Y cuando las funciones de un órgano o un miembro del cuerpo cesan se concluye que tiene una discapacidad funcional.

Es lógico entonces concluir que una persona que no tenga aptitud para dejarse afectar por sentimientos de amor, cariño, amabilidad, agradecimiento o admiración sufre de una severa “discapacidad emocional”.

Conozco seres que se mueven por el mundo con un “callo emocional” que les mutila la capacidad de amar y respetar a los demás. Atrincherados detrás de su coraza no les importa lastimar, ofender o desubicar a los demás.

Lo triste de la situación es que casi siempre estos “sinvergüenzas” son los seres que más queremos.

¿Donde venderán prótesis para el corazón?

- Carlos Eduardo -

domingo, junio 25, 2006

Día Frío

Un Escrito Cotidiano por Diana Montoya.

Frente a mi ventana dos niños juegan fútbol. Esta lloviendo, yo-viendo. La cancha, ayer fue de arena hoy es de pantano, abundan los charcos, puedo verlos cuando el portero nada para ahogar el gol.

Mirando esta escena me pregunto ¿como estos niños están voluntariamente fuera de casa?…YO estaría dentro, sepultada con muchas cobijas tomando chocolate caliente y no aquí, trabajando a punto de “hipotermiarme”.

Este frío momento, me obliga a recordar y reconocer lo complicada que me volví cuando crecí.

sábado, junio 24, 2006

Miniserie

Si por algo son importantes los comentarios de nuestros (pacientes) lectores, es porque ellos, a más de retroalimentarnos, nos generan nuevas ideas. Nos gusta saber sus palabras, amigos. En esta ocasión, un comentario al post "Dis-traer" generó en Carlos Eduardo otro comentario en el que terminaba afirmando algo así como que los poetas se suicidaban los domingos a eso de las 5:30 p.m.

Como una segunda voz que nace de uno mismo, Carlos E. se dijo que esta idea ameritaba un Escrito Cotidiano. Yo lo oí, y me he unido a la iniciativa. Aquí están, a continuación, los tres textos surgidos desde el tedioso sabor existencial de un domingo media hora antes de que el sol empiece a ocultarse y las gallinas huyan a la noche.

Son ellos un tríptico, como una miniserie: Ética de Gallinas, Tarde de Domingo, y Revolution.

Ética de Gallinas. Ensayo


No son, aunque lo parezcan, ingenuas las gallinas. Su andar discontinuo, aparente paciencia, encuentra motivo en una revelación antigua: creado el ciclo de los días, el séptimo de ellos, aunque para el descanso, es tedioso, y por eso mismo indigno.

Huirle al ocaso del domingo es la única razón que las obliga a acostarse un poco antes de las 5:30 p.m. En principio fue una rutina difícil de lograr; dicho de otra manera, antes las gallinas no se acostaban con las gallinas. De un tiempo hasta acá –no obstante- se han venido acostumbrando.

Su hábito de madrugar es, contrario a lo que todos pensamos, una consecuencia de lo anterior, subterfugio para lograr el sueño necesario y excusar la terrible hora.

No pueden estar equivocadas, las gallinas.


*Carlos Andrés*

Leer también El Gallo de los Huevos de Oro.

Tarde de Domingo

La tarde del domingo tiene un halo especial. El día se duerme sobre un silencio expectante. El sentimiento es de color naranja grisáceo como las mandarinas que se mueren de viejas en el frutero de mi casa.

La gente habla lo preciso para no desequilibrar el último hálito de vida del fin de semana. Se agota el descanso semanal y las responsabilidades todavía quedan a una noche de distancia.

Algunos carros regresan del campo con el motor triste. Todo se escucha en sordina. Como si tuviéramos la cabeza metida en un acuario. La noche va cayendo con pereza y la mirada se vuelve confusa.

La mente se torna lenta y existencial. Quisiéramos desaparecer con todas las preguntas absurdas que no hemos contestado jamás.

“Duerme, duerme negrito... que tu mama está en el campo, negrito...” parece decir la tarde del domingo o quizás: “Cuando la tarde languidece, florecen las sombras...”

Yo prefiero leer un poema que se clave duro en el corazón para sangrar este desaliento dominical, eructar las letras mal digeridas del infaltable crucigrama o remachar la esperanza inútil de los anuncios de empleo.

Ahora entiendo por que dicen que los poetas siempre se suicidan los domingos a las cinco de la tarde.

- Carlos Eduardo -

viernes, junio 23, 2006

Revolution

Tengo doce años, y recuerdo casi por casualidad que mañana debo madrugar a clases en ese noveno de bachillerato tan poco atractivo; salgo al patio de mi casa, donde se ve buena parte de la ciudad, y se me ocurre que, como yo, otros mile de adolescentes estarían en la misma.

¿Y si todos nos reveláramos? ¿Y si hiciéramos huelga estudiantil, todos, sin distingo? Colegios públicos, privados, estratos del 1 al 6; del norte y del sur; de aquí y de allá unidos en una sola voz: No vamos a clase porque se nos da la gana. Porque estamos hartos de los profesores, y porque no hicimos la tarea, y porque estamos viendo De Pies a Cabeza, y porque en diez años Violeta -Carolina Acevedo- va a estar hecha una mamacita y no nos lo podemos perder por realizar repetitivos ejercicios sin sentido.

Tuve, aunque con un matiz revolucionario, esa misma idea: Los domingos a las 5:30 p.m. no deberían existir.

(A propósito de un comentario de Carlos Eduardo).


*Carlos Andrés*

Mi (miope) Punto de Vista

Una amiga me dijo que ser miope tenía sus ventajas. Una de ellas que la realidad parecía una acuarela permanente, que las personas se veían más lindas, y que se tenía una excusa para no saludar a alguien de nuestro desagrado. Yo no comparto totalmente su punto de vista, pero sí creo que la miopía de alguna manera permite ver otras cosas.

Un poco por eso, y otro tanto por explicarme, creo que un buen comunicador es alguien que, antes de debatir con cualquier persona, aclara los puntos de vista propios. En mi caso, mi deber para con nuestros visitantes es aclarar mi miope punto de vista. A manera de ilustración pondré una imagen de mis amigos en dos versiones: una en la que se observa como vería alguien normalmente; otra donde se puede apreciar cómo (los) veo yo. Un abrazo.






Pd: Disculpas a La-Banda por haberlos tomado como ratón de laboratorio.



*Carlos Andrés*

Incumplimiento

La congestión se instala en la base del cráneo, allí donde la espina dorsal se encuentra con el occipital. El dolor de cabeza comienza. Una jauría de zorras con las colas en llamas baja por los costados del cuerpo como en la historia de Sansón.

Hicimos cosas que no hubiéramos hecho y dejamos de hacer otras que hubiéramos podido hacer. Lo importante era cumplir. Cumplir la cita, la reunión, ser recogidos por otro, en fin... La llamada que nos eximía no llegó.

Tarde nos dimos cuenta de que fuimos engañados de nuevo por ese vicio terco de los latinos llamado “INCUMPLIMIENTO”.

- Ya te iba a llamar...
- ¡Pero, quedaste de recogerme hace diez minutos!
- Cancelemos la reunión, se me presentó otra cosa.
- ¡Pero, yo madrugué y estuve listo a tiempo!
- Fresco, no te preocupes... lo dejamos para otro día.
- ¿No podías haberme avisado, anoche... hoy temprano?
- Ah, se me olvidó. Discúlpame. Luego hablamos. ¡Chao!

El dolor de cabeza comienza con la intensidad de una lucha de bulldozers en una cancha de fútbol. Mil voces nos gritan “Imbécil” cerca de las sienes palpitantes.

Hemos sido violentados, vapuleados, irrespetados, asaltados en nuestra buena fe, humillados, ofendidos, azotados... juguetes del capricho de otro que le importa un carajo nuestro tiempo.

Amigos, discúlpenme, por insultar nuestras raíces, pero el latino es el único ser viviente capaz de concertar una cita y jurar sobre una cruz que la va a cumplir, aún sabiendo de antemano que va a faltar. Que puesto tan desvergonzado nos tocó en la evolución.
- Carlos Eduardo -

jueves, junio 22, 2006

La Mariposa y el Gorrión

Hace años en la universidad presencié una pelea terrible. Estaba preparando un examen de Procedimientos Parlamentarios cuando oí ruido en un matorral cercano. Lo que vi, parecía un imposible de la naturaleza. Una mariposa negra gigante se batía a muerte contra un gorrión hambriento. Nunca imaginé que la enormidad de un insecto y la pequeñez de un ave pudieran enfrentarse.

El pico y las garras del pájaro eran contrarrestados por fuertes aletazos del lepidóptero. El ave estaba aturdida. Los avances y retrocesos duraron diez minutos hasta que el cuerpo grande y robusto de la mariposa dejó de luchar y murió a picotazos.

Llegué al salón decepcionado. Mi corazón estaba con la mariposa. No es que creyera que el insecto hubiera podido vencer a su atacante... Pero, definitivamente, tiene más valor luchar por la vida que luchar por el almuerzo.


- Carlos Eduardo -

martes, junio 20, 2006

El Gallo de los Huevos de Oro

Por Carlos Vásquez

"Cuidado con lo que sueñas porque se te puede volver realidad", me decía un sabio personaje de mi niñez cuando yo le contaba los maravillosos planes que tenía para mi vida adulta.  Tal parece que los seres humanos tenemos esa necesidad psicológica de creer que cumplir nuestros anhelos a toda costa es lo que más nos conviene.  Y la verdad es que muchas veces tener todo lo que añoramos podría hacernos más daño del que imaginamos.  Así lo prueba, guardando las proporciones, la siguiente experiencia.

Estuve visitando una finca este fin de semana. Nada inusual. Eran dos cuadras de tierra, una casa principal de buen tamaño con costados irregulares y al fondo, un corral de gallinas.  Mejor dicho, dos corrales de gallinas, cada uno de ellos con cuatrocientas aves.

-Es un sistema de semipastoreo -me contó el mayordomo.

Luego, me dio una cantidad de datos adicionales, pero como yo, de producción de aves poco o nada sé, me entretuve en mirar la actividad frenética de casi un millar de aves a las cuatro de la tarde. Una especie de zumbido salía de las gargantas de las incansables plumíferas.

De pronto, me fijé en un hermoso gallo negro con visos dorados y una imponente cresta roja.  A diferencia de sus amigas gallinas, este ejemplar no estaba encerrado sino suelto por ahí.  Largas plumas negras cubrían su cuerpo desde el cuello hasta la espalda y remataban en una cola de sólidas plumas arqueadas.  El poderoso animal, pese a que tenía toda la finca para andar a sus anchas, permanecía neciamente junto a la puerta de uno de los cercados.  Caminaba ostentosamente de un lado para el otro y se moría de ganas de entrar a semejante harén gallino a como diera lugar.  Hasta donde alcanzaba mi vista no había otro macho rival que amenazara su dominio, por eso estoy seguro de que si hubiera podido entrar, el gallo negro sería el rey absoluto del gallinero. 

Al otro lado de la puerta del corral, una docena de ponedoras amontonadas miraban el gallo con un claro interés marital.  Lo seguían si se movía a izquierda o a derecha como si fueran una sola ave.  Cada dos o tres minutos se agachaba el galán y se agachaban las pretendidas. Algo incomprensible para mí se tenían que estar diciendo pues permanecían largo tiempo con los picos muy juntos y los cuellos a ras de suelo mientras la malla los separaba de su frenesí avícola.

Mi mente interpretaba la desesperada situación del gallo de varías maneras.  La primera era que este espécimen era un prisionero fuera de su jaula.  Irónicamente, el pobre animal, no necesitaba ninguna reja que lo contuviera para ser libre.  Por el contrario, lo que necesitaba era un resquicio en la malla para poder entrar y enseñorearse en su paraíso particular.  Ese  gallo era un prisionero del mundo exterior que jamás intentaría escapar aunque muriese de desconsuelo junto a la puerta del gallinero.

La segunda conclusión, más en concordancia con la primera idea de este texto, era que este gallo definitivamente no podía estar junto a las gallinas porque podría morir extenuado. Por su propio bien, lo que le convenía era estar afuera de la reja y no dentro del corral.  En su cerebro gallinesco, nuestro personaje no podía entender que cuatro centenares de "señoras" requiriendo sus servicios al capricho de sus urgencias son demasiada actividad para un pobre gallito de corral, por más imponente que parezca.

Y es que éste no era trabajo para un gallo cualquiera, no señor... tanta gallina junta y tanta ansia acumulada eran trabajo para un súper gallo... atender a tantas aves en simultánea era una misión para un campeón de la monta... mejor dicho, lo que este galán de los corrales no podía comprender era que complacer a tantas congéneres fuera un trabajo solo realizable por el legendario gallo de los “huevos de oro”. 


lunes, junio 19, 2006

Cinco Segundos

Fueron cinco segundos y una jugada fantástica... pase de profundidad, puntazo del delantero, rechazo en el arco y guardametas que corre con balón hacia la portería contraria.

Movimientos impecables de tres niños de colegio, vistos desde un carro en movimiento. Ninguno de ellos sobrepasaba los 40 kilos de peso, el metro veinte de estatura ni los 8 años.

El proyecto de Mia Hamm era la portera. El niño del pase glorioso, un Beckham en crecimiento. Y el jovencito del derechazo un Ronaldihno en miniatura.

Mientras tanto, Holanda y Costa de Marfil jugaban en Alemania. Ni las fichas negras ni las blancas mostraban la pasión y el ímpetu de este trío en el reino mágico del recreo.
- Carlos Eduardo -

Bendita Tecnología

Escrito Cotidiano por Germán Gil


Sucedió en los cumpleaños de mi hijo. Desde que nació en el 2001, la avalancha comercial de aparatejos encargados de “mejorar” nuestras vidas ha tocado de manera muy especial la vida de mi hijo, y no solo la del mío sino la de cualquier cristiano que tenga hijos y haya nacido después del 60.

Cada cumpleaños del niño con mis amigos o familiares trae consigo la estrenada de un nuevo adminículo que deja boquiabierto más de uno y verde de la envidia a otros tantos. Una situación a la cual he permanecido ajeno ya que mi amistad con la tecnología ha sido poca. Por esa razón, boté tres beepers... tengo un celular por obligación.

Cada reunión traía un nuevo aparato que estrenar. Primero la cámara digital, después la de video que cabe en una mano, el DVD que sentó en el banco de suplentes (y por un buen rato) al VHS y al Betamax, el CD que aplastó al L.P. y el i-Pod, la Palm y sus derivaciones, sin dejar afuera el Tamagochi y la niñera el Tamagochi…

Transcurría la tarde entre payasos, helado sobre el tapete, niños corriendo por toda la casa, mi esposa gritando: “¡A cantarle el cumpleaños al niño!” y yo, contemplando la ley de la vida, sintiéndome un año mas viejo. Además dándome cuenta de que ya no disfruto de la misma manera este tipo de celebraciones. Añoro mis cumpleaños donde yo era el centro de atención.

Llegó el mágico momento de la cantada y repartida de la torta. Tiene que ser de Barney, Bob Esponja o el Hombre Araña, todos acompañados con sus respectivos platos, servilletas y sorpresas.

- Todos los niños junto a al torta - dijo mi esposa - ¡A ver la cámara para la foto con los niños!

Mierda, ninguno de mis amigos había traído su cámara digital. Uno de ellos que anda con la cámara de video estaba de viaje, no trajo el niño a la fiesta.

Recordé que dentro de mis chécheres viejos, tenía una cámara de las sencillas. Corrí al segundo piso y esculcando en el cajón, salió el beeper viejo (no lo había botado) y una “panela” celular que nunca pude vender. Muy al fondo, sosteniendo una pila de recibos viejos, apareció la “fotoaguita” así le digo de cariño. Ya no la llevo a ninguna fiesta por que la pobre “chilla” al lado de sus colegas retratadoras.

Le quite las pilas al control remoto. Aunque parezca raro, tengo TV con control y bajé dispuesto a tomar ese mágico “Momento Kodak”.

Organicé a los niños y después del consabido “Digan whisky” , les propiné su “poncherazo”.

Inmediatamente después del suceso fotográfico, sale mi hijo con sus enanos colegas detrás mío y queriendo alcanzar la cámara con sus manos me dice:

- Papi, papi, muéstrame como quedó la foto...

Me arrepentí de no invitar al vecinito de al lado - su papá tiene tremenda cámara digital - pero recordé que la mamá es como una patada en el estomago.

En la noche, en la intimidad de nuestro cuarto comenté el suceso con mi esposa y tomamos algunas decisiones:

1. El lunes a primera hora a Foto Japón a cotizar la camarita digital.
2. El lunes a primera hora a Foto Japón a revelar las fotos del cumpleaños de mi hijo.
3. El lunes a primera hora, charla con mi hijo sobre la sociedad de consumo y sus alcances.
4. El lunes a primera hora a desempolvar el beeper y a poner en venta el celular.

¿Adivinen que sucedió?

domingo, junio 18, 2006

Simple

Hoy la vida me regaló algo hermoso. Venía en la buseta de siempre, a la hora de siempre, por el lado de siempre, y al otro lado de la calle, demasiado lejos (para mis -0.75 de miopía), vi a una mujer hermosa. Hermosa no porque se ajustara a mi canon (que cambia diariamente) sino porque, en medio de su me-visto-como-una-niña-linda, se veía linda.

Di lo mejor de mí para verla, pero estaba lejos. El semáforo ya había cambiado a verde, y ella caminaba en dirección contraria. Pero, al estilo "película de final feliz", un carro se atravesó en la vía, y la buseta no pudo pasar la calle; luego, la mujer hermosa que se viste como una niña de la casa -blusa rosada incluida- redefinió su rumbo, y vino justo hacia mí. De hecho, por unos instantes encontró mi mirada, que la venía buscando desde algunos segundos atrás.

Alcancé a sentir su aroma, lo juro. Era un olor rosado; pero no rosado de rosa, sino rosado de niña linda con blusa rosada.

Si la veo otro día, en otra parte, a lo mejor no produce lo mismo.

Hay una belleza en el mundo que apenas estoy empezando a percibir: es la belleza del mundo en tanto mundo. Ella es así porque sí, y listo, es hermosa. Es una belleza-mundo que la da la acción, el estar ahí siendo.

sábado, junio 17, 2006

Mirada

Un Escrito Cotidiano por Carolina Montoya, fiel visitante y colaboradora del blog.

La tarde era linda como su mirada. Al llegar, me impacto su mirada y su manera de explicar las cosas. Era una persona realista que aportaba a mi vida.

Lo miré cada vez más fijamente. Comenzaron a aparecer nuevos sentimientos. No lo dije por miedo a su reacción. Nuestros pensamientos son íntimos. A veces nos concentramos tanto en ellos que no quisiéramos dejar de pensar en lo que anhelamos. El pensamiento nos lleva a otra dimensión... pienso “¿le digo o no le digo que me gusta?.

Decidí decirle que me gustaba. Era una persona que no respondía mis incógnitas, me dejaba muchas más cada que le preguntaba si yo le gustaba.

Hasta que llegó el día y le dije que me diera un si o un no... Respondió que yo le agradaba. Me dio tristeza y alegría su sinceridad conmigo. Las cosas hay que decirlas, no reprimir los sentimientos ni esperar la muerte o la lejanía, para darnos golpes de pecho y reprocharnos ¿por qué no le dije?

“¿Puede haber algo mas intimo que los pensamientos de un ser humano que desnuda su alma frente a otros?”

Una mirada puede expresar cosas sin necesidad de decirlas.

jueves, junio 15, 2006

Dis-traer

Tan desenfadado como su chaqueta naranja, este señor es realmente elevado (En los dos sentidos de la palabra: distraído y alto). Además, trepó las escalinatas del metro a zancadas de a tres o cuatro peldaños; lleva afán. En medio de su peripecia, el Señor Maroma intenta por un fugaz momento leer un aviso incrustado en el rellano de la escalera, y, en el acto, tropieza ligeramente. Aunque no cayó, su premura -y de seguro también su orgullo- le impidieron devolverse a mirar bien el letrero. El tren pita su llegada a la estación, así que no había tiempo para perder en anuncios inútiles.

Algunos peldaños detrás suyo, iba yo, resignado ya a esperar el próximo tren. Quise aprovechar el excedente de tiempo leyendo aquel texto que casi provoca la caída del gigante.

En un verde-metro, fondeado con su particular gris corporativo, la inscripción decía:

“No se distraiga al subir estas escaleras”

miércoles, junio 14, 2006

El Chavo del Ocho

Esta semana, una amiga me envió un delicioso ensayo sobre la soledad. En el texto, ella mencionaba la soledad de un personaje muy querido por todo el continente, El Chavo del Ocho.

Este ejemplo me llamó la atención por tratarse de un icono de la cotidianidad. Un latinoamericano que no haya visto nunca al Chavo, sería casi como un alien en una estación de gasolina o un ermitaño en una plaza de mercado. Estoy seguro que al mencionar a este niño fantástico que vivía en un barril, los primeros acordes del “tara tata tara tata tararara...” empiezan a sonar en nuestras cabezas.

Entonces, me quedé pensando en la mirada tan superficial que siempre le di al “Chavito” y empecé a reflexionar sobre el terrible drama que vivieron durante tres décadas los personajes de esta vecindad mexicana en pleno corazón del D.F.

En primer lugar, está don Ramón quien rozando la frontera de la vejez, languidece solo en medio de la miseria, a cargo de una hija que pasa su vida en el patio del frente ocupada en manipular y lavar el cerebro a otros niños.

Doña Florinda, una mujer madura y frustrada que vive del miedo que instila en su hijo entre comentarios clasistas y palabras mordaces. Su desarreglo y abandono físico son de lo más desapacible de la serie. Doña Florinda es un buen ejemplo de una pobre vergonzante jamás redimida.

La pobre doña Clotilde obligada a lidiar con el sobrenombre de “La Bruja del 71”. Una señora de edad, que vio marchitar sus carnes en espera de quien nunca habría de llegar y que ahora, arrepentida, se ofrece como mercancía de segunda mano al mejor postor.

Jaimito, el cartero, quien continúa ejerciendo un oficio excesivamente demandante a una edad en la que la mayoría de sus congéneres ha alcanzado las mieles de la jubilación y que camina por la vida arrastrando el dolor de un amor perdido entre las calles polvorientas de Tangamandapio.

El señor Barriga, en su eterna búsqueda de la aceptación social que, obviamente, no le ofrece su entorno privilegiado y que lo obliga a buscarla entre los inquilinos de la vecindad. Se le abona que no actúa como un señor feudal sino como un hombre simpático que recauda sus arriendos.

El profesor Jirafales que se debate en medio de una incapacidad de amar escalofriante y que dejó pasar los años ahogado en un amor intangible y sin frutos. Tuvo una mujer que a pesar de los inconvenientes arriba descritos fue decente, amable y tierna con él. Pero el profe en ningún capítulo le declara su necesidad de amor y como castigo sufre de una soledad casi tan larga como su figura.

Finalmente, la serie sale del aire. Roberto Gómez Bolaños y Florinda meza regresan de la “pesadilla de los solos”. Celebran su amor al formalizar su unión y entre los invitados, deambulan los personajes más sufridos de todos: El Chavo, la Chilindrina, Quico, Godinez, la Popis, Patty y Ñoño. Esos seres infelices, condenados como en un cuento de hadas a vivir una niñez a perpetuidad.

Le doy las gracias a quien inspiró este tema y si lo tergiversé un poco, espero que ella entienda que fue “sin querer queriendo”.


- Carlos Eduardo -



Grito

Estaba en Oriental. Tenía algo de platica, entonces no fui a Sur. Pero, como llegué tarde, me tocó ver el clásico junto a una barra entera de hinchas del Medellín. No es lo mejor, pero eso es preferible a nada. Todavía no salía de la pena de tener que estar rodeado de rojos, cuando ¡pun!, gol de Medellín. 1 - 0 ¡No puede ser! Y no sólo me tocó aguantarme la rabia, sino además celebrarlo con ellos.

Se acabó el primer tiempo. Tuve que soportar los comentarios de esos manes describiendo cada detalle del gol y de todas las jugadas en las que el rojo había estado a punto de aumentar la diferencia.

Estaba lloviendo mucho. Se estaba terminando el segundo tiempo, y ellos ya tenían plan para celebrar. Hasta me habían invitado. Yo les dije que sí, qué más iba a hacer. Y cuando buscaba la salida, sentí un grito: ¡GOLAZO!, empatamos 1 - 1. Me dieron ganas de gritarlo a los mil vientos, pero no podía. Antes me tocó fingir tristeza.

A los pocos minutos el partido terminó, y yo salí corriendo a buscar dónde cantar ese gol que tenía atrancado en la mitad de la garganta. Me metí a una calle detrás del Obelisco, y ahí fue. Pero cuando iba en la mitad, se me aparece un man de camiseta roja, medio serio. Mi gol no alcanzó a ser cantado, y yo pensé que me iban a cascar. Me salió una lágrima, es difícil de describir… y el man como que entendió y me abrazó, y me dijo, “Sabe qué, usted y yo tal vez seamos de equipos contrarios, pero amamos a nuestros equipos, y eso es lo que vale ¡Que viva el fútbol hijueputa!”, y nos abrazamos como niños chiquitos llorando. Eso fue hace como cuatro años.

Al terminar su relato, mi tío, que ha atrapado a toda mi familia con su historia, recuerda que el fútbol es una pasión. Como si hubiera sentenciado una máxima, acaba su último trago de ron, y sigue bailando.

(Recuerdo de un día del padre).



*Carlos Andrés*

lunes, junio 12, 2006

[Trueno]


Un trueno suena y se va.
Pero nunca es para siempre,
podría volver; no se sabe.

(A quienes alguna vez sintieron
que les disgustaba su presencia,
y luego les gustó,
se les recomienda ser prudentes).

No se le debe confundir con el rayo.
Este último es un haz de luz,
también pasajero.

La diferencia entre ambos consiste en que
el segundo anuncia su llegada;
el primero, en cambio, sólo su salida.

Extraño.
No se le ve llegar,
sólo se le escucha irse.

Conviene no sustraerse de esta lógica,
aunque aleatoria,
bastante lógica.



*Carlos Andrés*

domingo, junio 11, 2006

La Ruta del Maniático

El taxi colectivo espera al resto de pasajeros. El señor de los sábados con sus legumbres y su tufo de aguardiente se ha acomodado en el puesto de adelante. Subo al carro de prisa. Afuera llueve.

Quince minutos después una señora ocupa conmigo la silla de atrás. El conductor ajusta su cinturón y sale a la carretera. Todo está bien, media hora más de viaje y habremos llegado.

El parabrisas se empaña por el calor de los ocupantes. Afuera llueve.

En la primera curva, el conductor saca una bolsa negra de plástico y limpia con ella la bruma líquida del parabrisas. Funciona. Conocía de la picadura de cigarro y de la saliva en las caretas de buceo para evitar el empañamiento, pero este truco de la bolsa...

Sospecho que el tipo acaba de ser aconsejado por algún veterano del gremio sobre esta nueva práctica, pues, a partir de ese punto, el viaje se convierte para él en una batalla personal contra la bruma y para mí en una tortura. Afuera llueve.

Cada dos curvas, el tipejo este, pasa la bolsa por la superficie de vidrio. No le importa soltar el volante o que otros carros vengan en dirección contraria y tenga que corregir el rumbo del carro a centímetros de ser arrollado por otros vehículos.

Observo los barrancos a la orilla de la carretera con creciente incertidumbre. Clavo los dedos en el respaldo de la silla y me preparo para el impacto. Trato de hablar, pero el pánico se apodera de mí. Afuera llueve.

La pulcritud se transforma en obsesión y la neurosis en psicosis cuando intenta borrar un rayón en el parabrisas a punta de bolsa negra.

Dios es grande y nos permite llegar ilesos. Yo no me bajo del carro; huyo del maniático. El tipo me reclama el pasaje, pues del susto olvidé pagarle. Me devuelvo, le pago y, si no fuera por la lluvia, besaría el suelo en agradecimiento.

Los siguientes veinte minutos los paso en un jeep Nissan viejo. Mientras se llena el carro y llega el “chivero”, repaso la colección de imágenes de la virgen que decoran el tablero. Un escapulario gigante cuelga del retrovisor junto a un collar de conchas rosadas. Repaso las estampas de Jesucristo que van desde su nacimiento y reposo en el regazo de su madre hasta su crucifixión, pasando por el niño con brazos abiertos que representa su divina niñez. Afuera llueve.

Finalmente, llega el conductor, un señor agradable y cálido que me saluda con una frase climática: “Que invierno tan tremendo, ¿no le parece?”. Emprendemos el segundo tramo del viaje. Esta vez, voy adelante junto al chofer. La misma situación... a los 500 metros de haber arrancado, ¡tas! el vidrio empañado. Observo al señor por el rabillo del ojo. No parece percatarse del asunto, sigue sonriendo y hablando de la lluvia. Otro par de minutos y nada... Esto se pone feo, pues el tipo no solo no puede ver la carretera sino que conversa y mira a sus pasajeros por el retrovisor. El siguiente vía crucis comienza... Afuera llueve.

El tipo va prácticamente a ciegas y mi corazón empieza a avisarme que ya está bien de sustos por hoy. Mi paciencia llega a su límite. Al fin y al cabo, son vidas humanas las que lleva, incluida la mía. Aclaro la garganta y casi gritando le digo:

“Oiga, es que usted no conoce las bolsas negras de plástico, ¿o qué?”

- Carlos Eduardo -

Llueve...

Llueve. Llueve frío, llueve tedio, llueve una materia viscosa transparente que parece agua. Llueve sobre las cabezas y llueve sobre el campo. Llueve ya hace tres largos días...

Estoy tratando de amar también a la lluvia.

sábado, junio 10, 2006

Paraguas con Gotera

Al salir de mi casa, el cielo traía amagos de lluvia y al terminar la clase, ya estaba diluviando. Ni modo, como no tengo carro y vivo a solo seis cuadras de la universidad, tuve que abrir el paraguas y caminar loma arriba.

Cuando la sombrilla estuvo abierta a la altura de mis ojos, pude notar dos cosas. Primero, que un radio de acero estaba roto, por lo cual un costado de la sombrilla se convirtió en bajante de aguas lluvias. Segundo, que el filamento metálico al romperse se clavó en la lona impermeable y el antiguo cielo sin estrellas que durante tantas tormentas sostuve sobre mi cabeza ahora ostentaba un lucero solitario.

¿Habrá algo más feo que una sombrilla estropeada? No lo creo. En fin, empecé a subir la pendiente hacia mi casa no de muy buen agrado. La imagen era patética, el cuadrante de la sombrilla colapsado casi tocaba mi frente... ningún transeúnte hubiera reconocido mi rostro bajo la sombrilla. Mis zapatos se empapaban. El ángulo recto entre el mango y la lona extendida había desaparecido y para colmo llovía dentro del paraguas. Cada 20 segundos, una gota agonizante caía sobre mi cabeza.

Recordé el suplicio chino del que tanto hablaban en la segunda guerra mundial.

Sin embargo, a la mitad de la pendiente pasó por mi lado un hombre en bicicleta y como “en el país de los ciegos el tuerto es el rey”, sonreí con satisfacción. Al menos, yo tenía un "paraguas con gotera".


- Carlos Eduardo -

viernes, junio 09, 2006

La noche, un texto caribe

A Joe Arroyo, un cantante infinito.

A Carlos Eduardo, como una imagen de este Colombia, paisa
y caribe al mismo tiempo.



No sabía que el mar era salado hasta julio de 1989 cuando, en el tradicional paseo familiar a Tolú, salté sobre él salvajemente. En ese momento comprendí por qué al agua del río la llamaban dulce.

Nueve años de vida fueron necesarios para conocer el mar. Un recuerdo así suele anclarse en imágenes y sonidos. Las primeras, se encuentran en el museo-álbum de mi casa, donde aparezco con unos ojos irritados, una piel rojiza por los excesos de sol, y una familia feliz.

Los sonidos son más difíciles de retener, y siempre están relacionados con imágenes, al fin y al cabo así funciona la memoria. Sin duda, la más impactante es la de una pareja de adolescentes negritos que –semidesnudos- no paraban de darse besos en la “Playa del Francés”. A esa edad, cuando uno no ha visto la primera película o revista pecaminosa, ver una escena así es peligrosamente excitante.

Pero ella se sintió intimidada ante nuestra llegada e interrumpió el apretado abrazo oscuro que recibía en ese momento. Él, un poco disgustado, le pidió que no se fuera; el romanticismo de esa tarde-noche erótica había sido interrupto por un grupo de turistas paisas, bulliciosos e imprudentes.

La noche siguiente era el baile de bienvenida en el club vacacional. Allí, el muchacho -que resultó ser el Dj- sonó una canción –muy de moda en esa temporada, y la cantó con una entrega tal, que se convirtió en el recuerdo sonoro de mi primera visita al mar:

En invierno tu calor yo fui; tu sombra en verano ardiente sol. Yo mitigué tu sed de amor esa noche. Mi ninfa, di por qué te marchas, no te boté jamás. Viviré al recordar ¡Oh! Qué bonita fue esa noche. Me trae recuerdos la noche, besando tu boquita de grana, bella noche. Qué inolvidable esa noche, qué romántica noche, cuando besé tu boca de grana, bella noche. Otra, otra noche otra, ay dame otra noche más. Otra, otra noche otra…

La vida se parece a las canciones, y las canciones a la vida. Yo recuerdo más esa canción que su propio protagonista.



*Carlos Andrés*

miércoles, junio 07, 2006

Escuchado al Pasar

El texto del elevador y los comentarios sobre las conversaciones "oidas al pasar" me hicieron recordar esta perla que escuché el otro día:

El noticiero del mediodía anuncia una noticia de farándula: “Guy Ecker, el actor brasilero, no quiere tener más hijos”. De pronto, uno de los tipos de al lado le pregunta a su compañero de mesa: “¿Qué es lo que le van a hacer a ese actor?” El otro le contesta: “una vasectomía”. A lo que el primero replica con una firmeza escalofriante: “¿y es qué está muy gordo, el tipo ese, o qué?

Me reí silenciosamente por un buen rato. Luego recordé a un taxista en Bogotá, pariente lejano, que al ser interrogado sobre la parte del cuerpo dónde le descubrieron el cáncer a su madre, contestó: “yo no sé, pero yo creo que fue en la próstata, o algo así.”

El taxista murió hace un par de años, pero la historia permanece en la memoria de mi hermana y en la mía como un remedio inmediato cuando nos ponemos demasiado serios.

Qué sería de la vida sin estos personajes de todos los días que nos enseñan que la vida, sin lentes cuadriculados, es divertida. Cada situación puede ser tu próxima risa, o tu siguiente tema de conversación o, como en este caso, el Escrito Cotidiano de hoy.


- Carlos Eduardo -

¿Estamos preparados para “leer entre líneas” la hermosa diversidad humana que Dios ha puesto en nuestro camino?

martes, junio 06, 2006

Vertical


El portero, ser humilde e indispensable, me saluda tan amable como siempre; también su amigo, el que dedica su vida a iluminar los zapatos de los demás, pronuncia su original “Ilustrísimo, buenos días”, el saludo más coherente de toda la vida. Junto a mí, ingresa una mujer tan pre-ocupada como su compañero.


Es hora de almuerzo y los olores se reconcentran en los rincones. La paciencia se organiza en filas que pronostican olfativamente su futuro próximo. Ya la intercomunicación visual de la pareja de al lado se me antoja de interés, por lo cual bajo el volumen de mi música. Verlos es ver en acción un sutil juego codificado de presencias y ausencias. (Ante su rostro de secreto, discretamente me pregunto si hay algún atractivo especial en las conversaciones ajenas).


La vida se vuelve una complicada red de datos, cheques, facturas, órdenes de producción y registros. (Extiendo mi meditación sobre la pareja: las conversaciones, en general, son interesantes).


Para confirmar mis pocos pensamientos, empiezo a sentir –tanto como al frío acondicionado- una impostergable lágrima en el rostro de la niña. Él se pregunta -y le pregunta- qué se puede hacer. (A mi reflexión anterior agrego: pero lo ajeno, también en general, hace más interesante cualquier cosa, incluso a las conversaciones).



Nada, creo oírle a la mujer. En este momento la posee un gesto inasible, que demanda intimidad y censura a mi mirada todavía fija en ella; murmura algo así como un luego te termino de contar.

10º
Se ve poca gente. Siquiera (aquí son poco amigables). El silencio –su silencio- se mantiene en tensión. Urge un abrazo.

16º
El abrazo no sucede. Mi interés, disfrazado de mirada indiferente, los pierde en el cercano horizonte. El silencio –mi silencio- es ahora mímesis. Las puertas vuelven a cerrarse; la vida es, de nuevo, adversa.

17º
Diecisiete pisos de historias después, llego a mi destino final; entrego los papeles a la secretaria, y vuelvo al corredor principal, presiono el botón de flechita hacia abajo. Luego, una campanita suena, y unas puertas se abren; 17º, 16º, 15º, 14º, 13º, 12º, 11º, 10º, 9º, 8º, he llegado a mi oficina (Nuestra vida ocurre constantemente en el tiempo de los ascensores).


*Carlos Andrés*

lunes, junio 05, 2006

Daily Readings

“y lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana…”
- Mercedes Sosa -

En un mes cambia mi vida. Después de dormir tres horas y media en un avión despertaré al “Sueño Americano”. Me voy…

No puedo más. Me podrán llamar cobarde o irresponsable, pero no puedo más. Prefiero pensar que seré un inmigrante más en Estados Unidos y un habitante menos en Colombia.

Y como en toda relación trágica, tengo que decir que quiero mucho a mi tierra y lo que representa, pero no podemos seguir juntos. Como dice el bolero: “no es falta de cariño, te quiero con el alma…”

Camino por mi país con la alegría de Dios en mi corazón, pero sin dinero en el bolsillo. Eso duele por que siento que se ha hecho lo prudente para llevar una vida sin angustias económicas. Me dijeron que terminara bachillerato, que me hiciera un profesional. Después que lo que faltaba era un postgrado. Finalmente, me recomendaron que aprendiera otro idioma y que comenzara un negocio propio… que “la rosca”, la política, el Tarot…

Una vez me bañé en un menjurje asqueroso de color azul-morado que olía a desinfectante para pisos, dizque para que todo cambiara. Y cambió… una semana después estaba sin trabajo.

Me duele dejar a mi familia. Aquí quedan 13 años de enseñanza por que allá, me conformaré con cualquier empleo honesto. Eso sí, aunque hable inglés, mi corazón seguirá amando en español y, sin importar los dólares que gane, mis deudas siempre serán en pesos, y aunque Bush promulgue nuevas normas, mi esperanza estará con Uribe.

Espero que no me suceda lo que le pasó a Marco Arturo, un deportado colombiano, que pidió a sus amigos que en lo sucesivo lo llamaran “McArthur”. No me gustaría que en vez de publicar Escritos Cotidianos, tuviera que escribir algo así como los “Daily Readings” en este blog.

Me pregunto si entre esa gente alta y sin color, En ese país de eternos mascadores de chicles, me atenderán meseros inoportunos, o conoceré personajes de fábula como el “mudo voceador”, o si el nombre “Mayapan” sonará tan raro como aquí, o si los sueños tendrán un tema distinto a la ambición, o si tendré tardes libres de remordimientos, o si un trío de mujeres alguna vez me enviarán mensajes en las alas de sus párpados, o si el Poodle de mi hermana saltará detrás de un árbol alguna tarde en algún parque, o si habrá tiempo para conmoverme con una mañana de sol, o…

Definitivamente, me voy pero me quedo... Sigo en Colombia pero ya salí.

- Carlos Eduardo -

sábado, junio 03, 2006

¿Alguna vez le ha pasado?

Venía yo caminando, y se me olvidó.


*Carlos Andrés*