martes, septiembre 25, 2007

Dona-ción de Fresa

Mire cómo cambia de fácil un día.

Suponga que es martes; suponga además que ése suele ser un día difícil. Y que por eso cada martes de la semana se levanta medio prevenido, un poco ansioso. Entonces un día de esos, de prevención y ansiedad, usted se encuentra con alguien importante, alguien significativo, a quien acompaña a comprar una dona de fresa en la estación del metro, y un sobre de Manila en la papelería del edificio donde usted trabaja. Hasta ahí las cosas siguen parecidas al comienzo: ansiedad; ganas de que no se cumpla la hora de su cita próxima.

Pero la hora llega y la persona que lo acompañaba se va; y al despedirse le desea un feliz día y deja la dona de fresa que usted le había acompañado a comprar. Usted va con ella hasta el ascensor, y sale cumplidamente al lugar del compromiso matutino. De repente, todo empieza a fluir; las palabras van llegando sin afanes. Y luego se acuerda de que a la tarde estará dedicado a su música; y que a la noche irá al cine. Entonces ya siente la dona en su boca; sueña con ella. Y justo en medio de esas imágenes mentales ve cómo la sensación maluca del compromiso se deshace mágicamente ante usted: ya no hay compromiso, la cita pasó sin darse cuenta. Al llegar a su oficina, inmediatamente se come la dona.

Al final, usted siente inútil hablar de la vida ideal: está claro en ese momento que la felicidad es una dona de fresa con café.

miércoles, septiembre 19, 2007

El regalo de regalar-se

Ensayo a partir de una vieja carta de despecho y una pregunta de estos días

Es una verdadera lástima que yo no use reloj. A veces creo que me pierdo de muchas posibilidades, sobre todo de tipo estético: los relojes a veces asientan un determinado estilo, en otras ocasiones lo definen, y en muchas tantas lo generan: nunca se me olvida la idea de McLuhan según la cual los empresarios y ejecutivos son servomecanismos de su reloj: viven para él.
De todas maneras, es preciso recordar-me que, al menos en parte, mi pelea con el reloj no es tanto estilística sino funcional: conservo algo de la fantasía de no ser esclavo del tiempo. Y un poco por eso he renunciado al proyecto de "ser ejecutivo". Últimamente mis relojes se han vuelto los rayos del sol, la dinámica de la ciudad, los humores de la gente en la calle... la música del momento. Obviamente tengo mi hora exacta: en el celular; pero lo mantengo en el bolsillo, justo para pensarlo más de una vez si es necesario o no mirar la hora.
Más que en el tiempo me estoy basando en la temporalidad; y la ausencia de reloj me está ayudando a reconocer que con cada persona, en cada lugar, surge una idea del tiempo con diferentes texturas. Temporalidad que, en ocasiones, va en contra del tiempo mismo. Y cuando menos he pensado, una agradable conversación me ha llevado tan lejos de mí, que es un celador el encargado de devolverme a este mundo, pues en ejercicio de sus funciones me recuerda que los lugares públicos tienen horario de funcionamiento, y que a partir de una hora determinada es imposible permanecer allí. Ellos, los celadores, me han sacado de casi todos los centros comerciales (Unicentro, San Diego, Oviedo, Camino Real, Molinos), y universidades (UdeM, UPB, EAFIT, UdeA), mientras me encuentro absorto en una de esas interminables conversaciones.
En consecuencia, he ratificado eso de que el tiempo no se "saca", sino que se "hace".
De ahí que se me haga tan lamentable que me hayas regalado un reloj, porque así me recuerdas lo poco que me conoces y lo mucho que sabes de ti: te gustan los hombres de palabras precisas, decisiones incuestionables, ideas ciertas; es decir, te gustan los hombres de reloj. Y yo no soy uno de esos.

Ni con-Tigo ni sin ti

En algún ejercicio en clase de Publicidad, el profesor nos indujo a pensar que las marcas eran personas, y que por eso podríamos deducir, desde sus formas de interacción con nosotros, ciertos atributos de "personalidad". La idea, para entonces novedosa, es hoy una cotidianidad, una evidencia: nos vinculamos no tanto con productos sino con marcas. Y uno podría casi reconocer a una persona por sus marcas favoritas. En mi caso, amo a Fender, Apple, Nokia, M-Audio, iPod y Alfaguara, todas ellas muy diversas, pero que a diario tienen que ver conmigo.


Llevado este ejercicio, aunque con ideas nuevas, a una clase de Psicología, le pregunté a mis estudiantes cómo asociaban las marcas de los operadores celulares de Colombia con atributos de personalidad humanos. El ejercicio dio los siguientes resultados.

Comcel es un hombre, de unos 34 años, muy seguro de sí mismo, serio pero arriesgado, que es "el chacho del paseo" y actúa como tal. Muchos quieren ser como él, y como él lo sabe, se aprovecha de eso. Es el menos galante, aunque el más galán de todos tres. Es, además, seductor por su inteligencia, su capacidad de decisión, y su esfuerzo por ser él mismo.

Por el contrario, Tigo es un jovencito de 18 años, bastante intenso, que llama todos los días a preguntar si lo quieren. Da las mejores ofertas del mercado porque es tremendamente inseguro, y no le importa regalar flores y chocolates todo el tiempo. Teme que lo abandonen, a pesar de que su oferta no es tan mala como a veces parece que él mismo creyera.

MovieStar es una mujer, de unos 24, tremendamente inmadura, a quien todo el mundo se la "rumbea" y ella ni siquiera se entera. O tal vez sí pero se hace la que no. Es la segunda mejor oferta, pero en ocasiones ni ella misma lo cree. Es la que más ha cambiado de nombre, por eso no sabe muy bien quién es. Y lo mejor: vive de fiesta en fiesta. En el fondo todos saben que cualquier día se va.

Finalizado el ejercicio, una estudiante preguntó qué tanto estábamos hablando de las marcas y qué tanto de nosotros. La pregunta generó cierto silencio en clase. En ese contexto, era muy válido pensar que no nos referíamos tanto a rasgos objetivos de la marca, sino a percepciones prejuiciosas nuestras.

Por si las dudas, mi operador es Tigo.

domingo, septiembre 09, 2007

Solo. Sólo.

Ensayo sólo para mostrarme que, "Realmente no estoy tan solo".

Escuché que el juego de computadores más jugado en la historia es Solitario. Ahora no me gusta mucho el juego, aunque, la verdad, tuve mis temporadas de jugarlo infinitamente hasta quedarme sin tiempo para el trabajo o el estudio. Pero más allá de eso, el nombre del jueguito me sirve para pensar cuán solitarios somos hoy en día. Sí: cada vez tenemos menos tiempo disponible, y la consecuencia es la disminución de tiempo para compartir con otro, para encontrarnos, para dialogar; cada vez dependemos más de las agendas y menos de nuestras intuiciones.

Sin embargo, la idea de que somos solitarios contrasta con lo que uno ve en las calles. Allí, parejas, familias, grupos de amigos, se dejan ver juntos, felices, sonrientes. No entiendo entonces por qué Solitario es el juego más popular, si, aparentemente, no somos seres en solitario; somos constantes duplas, parejas, asociaciones, grupos. O al menos eso parece. Entonces hay que preguntarse de qué hablamos cuando hablamos de soledad.

Con esas ideas en la cabeza venía caminando algún viernes cuando entré a cine. Solo. Hasta ese día, no había notado que un tipo solitario se le ve como sospechoso cuando recorre en un centro comercial, ingresa a un local de comidas, y luego entra a cine solo. En la sala, pude ratificar que el cine del viernes por la noche es un cine (como el de la mayoría de días y horarios) de parejas. Cuando compré la boleta la cajera me preguntó dos veces, como para confirmar, ¿cuántas boletas?, ¿una? Antes, en Dogger, el mesero, al tomar mi pedido, me preguntó si ya podía retirara la carta, como pensando si luego no vendría alguien más. Estos dos rituales, el de frecuentar salas de cine solo, y el de percibir la reacción de extrañeza en la gente, son situaciones bastante divertidas para mí.

Alguien me preguntó por qué iba solo a cine (y a comer, y a leer, y a casi todo). Yo, luego de aclararle que también disfruto de ir acompañado, le dije que nunca estaba solo porque siempre iba con un acorde musical en mente, algún episodio de una novela, la sensación de un libro leído recientemente, un mensaje de texto que redactar, o algún recuerdo de una película reciente. Sí: realmente no estoy solo porque con las películas vistas y las novelas leídas tengo muchas historias sobre las cuales pensar. Porque leer e ir al cine es como vivir en uno la vida de muchos otros; y esos muchos otros no nos dejan solos. Nos persiguen el asesino de Satanás, la Bruja de Blair, el perfumista-asesino de El Perfume, el misterioso Lobo estepario, el oscuro Drácula, acompañados del "Hasta la vista, baby", de Terminator. Como ejercicio de lo posible, las películas y las novelas, es decir las historias, no hacen otra cosa que responder a la pregunta “qué hubiera pasado si…”, y por eso no nos dejan solos nunca, porque en donde quiera que estemos siempre nos darán repertorios de posibilidades para nosotros mismos preguntarnos cada vez “qué hubiera pasado si…”.

Y por eso me pregunto si la costumbre de mantenerse constantemente con otros es, de cierta manera, una estrategia para no encontrarse en silencio con los propios pensamientos, y si, en consecuencia de ello, nos produce sospechas ver a un señor caminando solo por la calle algún día por la noche. Una estudiante me decía que sufría en mi clase porque, al no entender el tema, se veía casi obligada a pensar en ella misma y que eso no le gustaba; cada martes a las seis de la mañana a esta niña le empezaba una angustia: encontrarse consigo misma. Qué cosa tan peligrosa: Sí somos seres solitarios, pero no porque permanezcamos sin compañía, sino porque somos ignorantes temerosos de nosotros mismos, renuentes a nuestra propia búsqueda.

Tal vez nadie sepa con certeza quién es, pero no es lo mismo intentarlo, o al menos reconocerlo, que evadirlo encontrándose con muchos otros para cumplir sistemáticamente la tarea de evadirse. Realmente hay muchos solos.