sábado, marzo 31, 2007

600 mL.

Julián y yo terminamos de fumarnos un cigarrillo. Quiero decir, anque era él quien lo sostenía en sus manos, buena parte del humo producido fue a parar a mis pulmones: soy un fumador pasivo; buena parte de mis amigos y compañeros de la oficina lo son habitualmente.
Pero eso de "Julián y yo terminamos de fumarnos un cigarrillo" lo decía para efectos de contar que, luego de esa conversación, concluimos que muchas veces el problema con los demás no consiste en lo dicho sino en la forma como se ha dicho. Entonces miro a la izquierda de mi escritorio, y veo algo justo al lado de mi pantalla que me hace pensar en qué tan posible es decir atractivamente algo que, en el fondo, no lo es.

Ejercicio: ¿Usted se tomaría un líquido negro, picante, que contiene algo así como diez cucharadas de azucar, y altas dosis de ácidos suficientes para deshacer un bistec de carne o un tornillo en menos de tres días? La respuesta seguramente será "no".

Sin embargo, en esta mañana gris de sábado, siendo apenas las nueve de la mañana, ya he tomado 600 ml. de Coca Cola.

Las palabras son puentes.

miércoles, marzo 28, 2007

Tarde. Como siempre.

O cómo pretextar los silencios sin romperlos

Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla. Ya era tarde. No sé por qué soy tan lento. Tal vez puede ser porque ella (todavía) me gusta; o al menos porque representa un cierto misterio para mí; como si fuera algo cuya imagen no puedo entender fácil.

(Así que me bajo de “la Santra”, y corro hacia la canalización para alcanzarla. Ella voltea hacia la izquierda buscando una portería café de ésas en las que no hay portero y a la gente le toca sacar las llaves o llamar al citófono. Ella busca en su morral algo que no encuentra, y yo aprovecho para saludarla. “¿Cómo estás?”; ella contesta: “¿Vos?”)

Justo en ese momento siento el estridente ruido de una moto que acaba de pasar junto a la buseta. El episodio en el que corría tras Natalia había sido mi imaginación derivada de estar leyendo a Andrés Caicedo por estos días.

Volvamos a la realidad… a la realidad del recuerdo: “¿Te puedo morder?”… Creo que fue una de las primeras cosas que me dijo. Estábamos en alguna cafetería universitaria, y ella había cambiado su sonrisa de niña cruel por una de niña amable; es más: de niña cursi. Igualmente, había dejado de burlarse de los demás (y creo que de mí) y comenzó a compartirme sus escritos. Yo empecé a leerla y a entender que ella me mordía con sus textos; sus palabras sonaban a niña cursi; es más: a niña ingenua. Pero voraz.

Luego fue la fiesta en Guayabal. Sólo ella y “La Gorda” se emborracharon; (¡y pensar que horas antes eran enemigas!) Yo había ido a la reunión sólo por ella, pero ya casi terminaba la fiesta, y ella sin llegar. Al rato sentimos que un taxi pitó, y que se bajó una mujer excesivamente obesa acompañada de otra “monita” delgada -ambas bastante borrachas- pidiendo plata para pagar la carrera. Yo no pude dejar de sentir algo extraño por esa monita triste que escondía su dolor en los cigarrillos y el licor. Debo confesar-me que fue ahí donde reconocí que Natalia me gustaba… a pesar de (o quizá justamente por) lo que me producía ese contraste.

Entonces la busqué para que fuéramos a dar un paseo. Yo sospechaba que ella quería caminar, y ante el grupo justifiqué que era para que “se le bajara la borrachera”. Dos cuadras después, ella me confesó que yo le gustaba, pero que sabía cuán diferentes éramos. Yo mantuve el silencio y sólo la abracé; le dije que se quisiera y se cuidara. Ella simplemente alcanzó a decirme que con su abismo no me metiera.

Meses después no sabía nada de ella. Sólo sentía en mi cuerpo esa nostalgia que se estiraba. Sentimiento contradictorio: sentir que se quiere a alguien que no se quiere a sí mismo. Más adelante, supe que estaba estudiando en la UPB, que se mantenía “bebiendo” en la tiendita de Carlos E. Restrepo. Muchas veces fui. A buscarla.

Alguna vez, de camino a clases de mi posgrado, la vi en la Bolivariana. Y muchas otras veces la encontré en Carlos E., y en el parque de Boston. En todas las ocasiones traté de reencontrarla en esa mirada perdida. No importaba la hora: siempre tenía los ojos desorbitados.

Hoy terminé mi día un poco antes de lo pensado. Voy en la buseta para mi casa; acabamos de dejar atrás el Obelisco, y en el puentecito Natalia –que se había montado en Carlos E.- se para con dificultad; con la misma que le pide al conductor que la deje al final del puente. Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla.

sábado, marzo 24, 2007

DESHACER HACIENDO

En medio de helados y gente alguien me dijo: a la edad que usted tiene, como es, y de la manera como se toma la vida, usted puede hacer y deshacer en el mundo.

Hoy pensando en sus palabras llego a la conclusión que yo no podré hacer y deshacer en el mundo (es imposible) pero yo si puedo hacer dichos procesos en “mi mundo” yo hago mis amigos (amistad), yo hago mi hogar (no puede ser exactamente el de mi casa), hago mi comida, yo hago alegría (me las ingenio para tratar de sentirla), yo hago tristeza (soy muy sensible a todo, entonces se me facilita). Pero también puedo deshacer haciendo; por ejemplo: yo hago amor, pero si hago olvido (que es difícil) puedo deshacer el amor, yo hago amistad, pero si hago ingratitud de alguna manera estoy deshaciendo el vínculo.

No sobra decir que para mi es mas fácil hacer cosas buenas a tener que hacer cosas mas negativas para poder deshacer algo.

No sé como sea vista por ustedes la idea, de lo que si estoy segura es que no soy muy explicita y concisa; si cogen la idea son unos tesos porque entender mis enredos no es fácil.

miércoles, marzo 14, 2007

Cien-agas de soledad

Esta semana renuncié a la Universidad Católica. Fueron tres años y medio. La universidad me dio parte de ella, en cambio yo lo pusé todo de mí mismo. Aún así, fue una relación de justa correspondencia.

Me dolió desprenderme de mis cátedras. Elaboro mi duelo mientras llevo a cabo los últimos actos académicos: adelantar los parciales una semana, elaborar informes para la persona que me suceda... Ojo, para quien me suceda no para quien me reemplace, por que nadie es reemplazable y nadie debe ser irrespetado al tratarlo como a un reemplazo.


Me gustó sentir el calor de los muchachos y su cariño cuando supieron la noticia. Esperaba más de los compañeros de la universidad, pero igual, lo importante eran mis estudiantes. Para ellos trabajé todo este tiempo. Que ironía, soy feliz por que los veo tristes por mi partida.


Una voz interior me confirma que hice las cosas bien. Recuerdo la canción de Mercedes Sosa que dice: "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón." Eso lo aprendí en la univerisidad. Antes solía decir en las entrevistas de trabajo: "abráme una puerta que yo me encargo de abrirme camino en la organización" Hoy digo simplemente: "Déjeme ofrecer mi corazón". ¿Qué otra cosa se le puede ofrecer a una institución?


Llevo doce años de docencia. Ahora entiendo por que dicen que en la universidades y en las academias se aprende. Aprendí no pocas cosas. Muchas de las cuales ni siquiera aparecen en los textos que tanto leía y releía. Cosas de la vida y de las vidas de tantos jóvenes amigos. Coincido también con Sabines cuando dice: "A esta edad, la juventud solo se adquiere por contagio." Quizás por eso nunca olvidé el poder de una sonrisa y jamás me enfermé o me sentí debil. Toda la fuerza la traían mis estudiantes y me regalaban un poco cada clase.


Cuando me vaya, llevaré en mi maleta tantos tesoros que espero poder pasar por la aduana sin inconvenientes: satisfacciones, consejos, risas, problemas compartidos y resueltos, consuelos, charlas de cafetería, bromas, detalles...


Algunos quisieron ver un padre en mi y yo, quise ver un hijo o una hija. Otros quisieron ver un maestro y yo, quise transformarlos en discípulos, otros decidieron llorar en mis hombros y yo quise ser un pañuelo, incluso muchos optaron por ser mis amigos y yo fui su amigo.


Mañana cuando me vaya, sentiré la opresión del actor cuando sale de escena y se encuentra con su soledad. Por eso, quizás entenderé mejor a Gabo cuando piense que un siglo no es mucho, al final son solo cien años de soledad.


- Carlos Eduardo Vásquez -

jueves, marzo 08, 2007

¿NOS VAMOS?

Reflexión de Carlos Eduardo.

Nos vamos… Siempre estamos dejando algo atrás. A veces, es un recuerdo dulce como la mañana de mi primer beso, otras veces es algo doloroso como las tinieblas frías de un garaje en San Cristóbal.

Nos vamos… de nosotros mismos, de las calles que aprendimos a recorrer de arriba abajo, de las discusiones comunes, de lo que alguna vez nos pareció divertido, del abrigo de lo conocido.

Nos vamos… y somos peregrinos de paso entre las ruinas de este viejo teatro. Maniquíes rotos, presos de una ilusión de libertad que vive al otro lado de la vitrina donde agita su desgracia esa raza de pieles imberbes.

Nos vamos… sin color, sin apego, sin la lágrima que ya no quiere salir. La madurez hasta cierto punto, inhabilita la capacidad de llorar. Si allá es acá y acá no queda nada, es mejor estar allá y volver a empezar de nuevo. Vivir la ilusión de un nuevo ciclo.

Otra vez, me quiero ir.

MUJER

Tomado del Blog de Andrés Felipe Amado.


Mujer de mil caras, que trabaja, da la batalla, mujer fuerte mujer madre, que supera cualquier sufrimiento, que ama con pasión, con ternura y con verdad, que enseña a su marido el difícil arte de conducir la relación familiar.Mujer trabajadora que nunca se rinde, responsable y emprendedora, no importan las horas de la jornada, no importa la dura faena, ella siempre tendrá en su rostro una bella mirada.Mujer amiga, siempre al pendiente de sus amigas, que se entrega con sinceridad al difícil arte de la amistad cultivar.Mujer de cualquier raza y color, a ti mi canto y homenaje, mujer madre, esposa, hija, amante, amiga, anciana, niña, joven, mujer de mil colores, mujer como las flores, mujer de mil aromas, a ti mi canto en este día, y todos los días del año.

miércoles, marzo 07, 2007

Fragmento de "MUTACIONES"

"La última vez,
levemente desnuda,
me mirabas con ojos oscuros
desde los rincones.
Quién diría...
Nos despedimos con la piel humeante.


Ya no quedaba nada, solo el principio del olvido."

- Carlos Eduardo Vásquez -


martes, marzo 06, 2007

Imágenes



Ensayo y dos digresiones alrededor de lo que surge de mí en la mirada del otro


Carlos Eduardo me enseñó un ejercicio: recordar a personas que han estado cerca de uno (en el estudio, la vida familiar, o el trabajo) y congelarlos en un gesto que sea típico de ellos. El ejercicio lo hacíamos en alguna cafetería universitaria a fin de recordar a un compañero de la carrera de quien no parábamos de comentar su particularidad. En adelante he seguido el ejercicio pero al revés: es decir, no pongo mentalmente a la persona a efectuar la pose, sino que cuando voy por la calle tomo una fotografía mental y luego a partir de ella elaboro preguntas o construyo relatos.

Pues bien, ahora me ubico en el primer día de clases del semestre pasado. Yo voy para mi primer clase de Semiótica en el Poli; en el camino me encuentro a varios estudiantes del semestre pasado que me saludan con una risita del tipo “Ah… ya no te tengo que ver más en la carrera; ya pasé tu materia”.

(Digresión inicial: en las universidades, los estudiantes asocian la materia de uno con uno mismo. Por ejemplo, se imaginan que el profesor de Planeación debe ser absolutamente predecible en su vida personal; o que el de Finanzas debe ser muy ordenado con sus gastos personales; que el de sistemas debe tener el computador más potente y actualizado del mercado; que el de Lengua Materna no dice malas palabras ni cuando se encuentra con sus amigos; que a la de Protocolo nunca se le ve despeinada ni siquiera en su casa un domingo por la mañana, etcétera).

A esa misma hora, ese mismo día, iniciaban los dos cursos de Semiótica, simultáneamente: el de la otra profesora que brinda la materia, y el mío. Cuando me disponía a cruzar el corredor para alcanzar la puerta de mi aula, vi que un estudiante (que ya había perdido la materia dos veces) miraba al cielo y se santiguaba. Cuando volvió su mirada a este mundo, lo primero con lo que se encontró fue conmigo y pude percibir en su cara el rostro de la tragedia y la desesperanza; pero al ver que yo entré a otro salón, no sólo surgió de él la más sincera y triunfadora de las sonrisas, sino que me dijo que me quería mucho pero que prefería ver la materia en el otro salón.

Ahora el ejercicio de los gestos que congelan a la gente quisiera revertirlo nuevamente: quisiera ver mi cara en el momento en que me encontré de frente al estudiante mientras se echaba la bendición rogando al cielo que esta vez no le tocara nuevamente conmigo.

(Digresión final: los seres humanos también somos la mirada que el otro nos devuelve. Pero debo reconocer que en esa mirada de tirano que mi estudiante me brindaba no me reconocí).