viernes, noviembre 16, 2012

Tu reflejo sobre la piel del agua - Premio Ascuncultura 2012

Por Carlos Eduardo Vásquez
Primer lugar, VI Concurso de Cuento Universitario Ascuncultura Regional

Los ojos vidriosos de la enfermera miraron a Nana con desprecio.  Por un momento, la imaginó flotando en el fondo del pozo junto a los miasmas y las larvas de zancudo y un rictus de sonrisa se le dibujó en el rostro.  La mujer odiaba el flequillo rubio que no cubría la depresión en la frente de la muchacha, y esas gafas ridículas que el sulfato del tiempo intentaba disolver.  También detestaba que la paciente se estrellara contra las paredes por gusto.  Y le fastidiaban los súbitos ataques de excitación sexual que sacudían el cuerpo de Nana varias veces al día.  Además, había otra razón para su odio…
           
En ocasiones, Nana pasaba las horas mirando la vaca que pastaba al otro lado de la cerca. El crujido de la hierba arrancada y la masticación escandalosa del rumiante la seducían. Le encantaba ver como las venas en el cuello del animal, estimuladas por el goce vegetal, palpitaban con furia. Hubiera querido abrazar ese poderoso cuello coronado por una montaña de nieve negra, pero su poca destreza física y la mirada vigilante de la enfermera se lo impedían.

Nana amaba la enormidad y por eso amaba a Benjamín.  Ella no sabía contar los días, pero sentía que habían pasado demasiados.  Todas las tardes buscaba a Benja junto al pozo, pero él no subía, bien porque no estaba ahí o bien porque ignoraba deliberadamente a la minúscula mujercita que lo llamaba desde la superficie. 

─Bonito mundo allá… ¡Yo vuelvo pa’casá con usté! ─le había dicho Benja a Nana la última vez, mientras señalaba el cielo que se reflejaba en la piel del agua varios metros más abajo.

Benja era grande desde el corazón hasta los dedos.  Pero, aún para su enorme tamaño, la cabeza del muchacho era demasiado notoria.  En ella brillaban unos ojos pardos que escudriñaban el mundo de manera independiente.  El muchacho era el heredero de una inmensa fortuna que jamás había disfrutado por haber nacido enfermo.  Sin embargo, las jugosas donaciones del padre de Benja al hospital le aseguraban al joven su bienestar y compraban la discreción del personal.  El lugar era práctico y funcional.  Las paredes eran blanquísimas y olían a desinfectante de pino. 

Afuera del edificio el paisaje era sobrecogedor.  Parecía que la mano de Dios se hubiera entretenido en las colinas circundantes.  Los visitantes primerizos, incapaces de contenerse ante la belleza, salían al prado para verlo todo.  Sin embargo, entraban un minuto después, desencantados.  Afuera, olía a criatura sin bañar y a carne muerta porque el terreno frente al hospital había sido un vertedero de basura hasta hacía pocos años. 

Nana había sido internada en el sanatorio siete meses atrás.  Su familia la había abandonado ahí porque no soportaba que la muchacha saliera a la calle desnuda,  en medio de la noche, gritando: “¡quero hacé l’amor!”  Tampoco entendían por qué cada vez que llegaba una visita masculina a la casa, Nana desde las escaleras lo miraba con ojos acechantes, la respiración entrecortada y comenzaba a frotar sus muslos uno contra el otro con ruidoso deleite.  Los calmantes recetados atenuaban el furor uterino de Nana, pero la mayoría de las veces ganaba el instinto.

Cuando la enfermera no estaba cerca, Nana se sentaba a esperar sobre el borde del pozo y atisbaba su profundidad.  Desde allí, escuchaba los murmullos del agua mientras retaba su miopía tratando de descubrir una señal de Benja.   A veces, los estremecimientos le daban mientras estaba sentada sobre el brocal.  Entonces, añoraba más que nunca las torpes caricias de Benja y sus besos cargados de afán. 

Nana estaba decepcionada. Tampoco ese día, Benja había querido subir.  De regreso, tropezó con dos árboles de mango y sintió un amago de excitación.  Su cuerpo se estremeció.  Definitivamente, le hubiera gustado que Benja estuviera allí, y haberse escapado con él un par de minutos al cuarto de mantenimiento. 

En la puerta la esperaba la enfermera.

─¡Tome, para que aprenda a no salirse sin permiso! ─le gritó la mujer, al tiempo que le descargaba dos sonoras bofetadas en sus mejillas de porcelana.

Esas atribuciones se las tomaban casi todos los enfermeros con los pacientes de caridad.  Nana entró cabizbaja y humillada y se sentó a ver “Tuya o de nadie”.   A ella le gustaba cuando Andrés del Monte le decía cosas bonitas a Rosa de los Vientos y ésta se deshacía en sus brazos como una polvorosa.  Benja prefería las películas “de balas”.  Por eso habían peleado el día que se conocieron.  El gigante había entrado al salón, sucio de barro y sin decir nada, había cambiado el canal con sus dedos torpes.  Había cinco o seis pacientes más, pero Nana fue la única que protestó.  Primero se habían lanzado temibles balbuceos que sólo ellos entendían. Luego, amagaron golpes y finalmente, empezaron a gritarse.  La enfermera que llegó a imponer el orden les apagó el televisor como castigo.  Los demás internos se fueron, pero ellos se quedaron uno frente al otro mirándose por horas con un sordo encono.     

Sin embargo, al día siguiente se buscaron en la sala de la televisión y se sonrieron con picardía.  Anduvieron todo el día juntos.  Ese día, Benja descubrió dos cosas.  La primera que los estremecimientos de Nana no daban espera y debían ser satisfechos a la mayor brevedad.  La segunda que había algo al sur de su desproporcionado cuerpo que le servía para apaciguar las inquietudes de Nana.

Por eso no les permitían andar juntos.  Ya los habían descubierto varias veces en los laboratorios vacíos, en el cuarto de la limpieza y hasta en los baños.  El padre de Nana había tomado la precaución de operarla para evitar un embarazo, pero la hiperactividad sexual de Nana y Benja generaba incomodidad entre el personal de planta y era un pésimo ejemplo para los otros internos.

…La enfermera tocó la puerta, primero con suavidad y luego con firmeza.  Al no obtener respuesta, entró al cuarto.  Nana dormía de costado.  La cobija había resbalado hasta el suelo.  Nana estaba desnuda porque no soportaba la ropa por las noches.  La muchacha era de una pequeñez dolorosa, sus huesos sobresalían por donde se le mirara, pero tenía la belleza de las personas tiernas.  La enfermera le tocó un brazo y Nana se quejó en sueños.  Luego le corrió el pelo de la cara y Nana se movió hasta quedar boca arriba.  La mujer se sintió aceptada y se despojó de su bata exponiendo el ocaso de su cuerpo al frío de la noche.  Aventuró una caricia desde el hombro de Nana hasta su cadera.  En ese momento el sueño de Nana se hizo añicos y abrió los ojos.  Vio a su guardiana desnuda y ansiosa sobre ella y pensó que la iba a golpear.  Lanzó un grito de terror y la empujó hacia un lado antes de salir al pasillo corriendo y gritando.  En su huida, terminó por estrellarse contra el director del hospital quien estaba haciendo una ronda por las habitaciones.  Cuando entraron al cuarto de Nana, encontraron a la enfermera tirada en el suelo.  Un hilo de sangre bajaba de su frente y se perdía entre sus magros pechos.  Al otro día, el director interrogó a la mujer sobre las extrañas circunstancias en las que la habían hallado.  No había mucho que decir porque los hechos hablaban por sí solos.  Recibió resignada la reprimenda de su superior y luego, los murmullos y risas maliciosas de sus compañeros en los pasillos.

Desde ese día, la enfermera solo pensaba en la venganza.  No creía poder soportar la vergüenza ni la mirada reprobatoria del resto del personal.  La culpa era de de Nana, de eso no había dudas, y el desquite llegaría en su momento.  Afortunadamente, para la enfermera, no la relevaron de cuidar a su paciente porque para la institución una enferma de caridad valía muy poco como para preocuparse por ella.  En esas circunstancias, se incrementaron los bofetones en la cara y el odio de la mujer por su paciente.
 
Una tarde de domingo, Nana salió al patio a ver si Benja, por fin regresaba.  Se sentó en el borde del pozo y lo llamó con susurros.  Dos lágrimas corrieron por su rostro porque estaba perdiendo la esperanza.  Lo invocó con todas sus fuerzas, cerró sus ojos y lo imaginó con su gorra de golf blanca y su overol azul.  Así como estaba el día en que se fue a buscar el nuevo mundo dentro de la boca del pozo.  Nana no oyó a la enfermera acercarse.

─Tu novio está en el fondo, bonita… y te está esperando.

Nana no confiaba en la enfermera, pero podían más las ganas de ver a Benja, de tal forma que se agachó más.  Estiró su cuerpo pero no logró verlo.  La enfermera la sostuvo por la cintura y Nana alargó su cuello lo más que pudo sobre el pozo.  De pronto, las manos la soltaron.  La luz dejó de rodearla y Nana sintió su cuerpo flotar mientras una sensación de vértigo se apoderaba de ella.

Los cuerpos livianos hacen poco ruido al caer. 

La enfermera esperó cinco minutos hasta que terminó de aquietarse el agua y gritó con todas sus fuerzas.  El resto de personal de turno, el director y algunos pacientes salieron al patio.  La mujer señalaba histérica el fondo del pozo.

Dicen que los ahogados recuerdan toda su vida antes de perecer.  Nana no tuvo mucho que recordar porque sus mejores recuerdos estaban asociados con Benja, y él ya venía a su encuentro flotando en la bruma de su promesa.  Parecía incluso un hombre apuesto y su sonrisa tenía algo de elegancia.  Tomó a Nana de la mano y mientras salían del pozo, pudieron observar a los concurrentes, quienes indiferentes a la muerte, escuchaban con atención a la enfermera cuando les contaba que en un momento la paciente estaba allí y al siguiente había desaparecido sin que ella hubiera podido hacer algo para evitarlo.     

miércoles, agosto 22, 2012

Tu Voz en "Off"

Por Carlos Vásquez

Terminaron de hacer el amor.  Un amor accidentado y de prisa por las preocupaciones de cada uno.  Compartieron los besos después del coito, aquellos que en los amantes suelen ser los más dulces.   Aún dentro de ella, él empezó a susurrarle sus querencias al oído. Ella lo escuchó un poco azorada.  Entre palabra y palabra, él besaba el lóbulo de su oreja, a veces su cuello y en ocasiones la línea de sus cabellos. Ella se preguntaba qué clase de hombre era aquel que narraba lo vivido en el preciso instante en que sucedían las cosas.  Escucharlo era asistir a un fenómeno de exquisita sincronía.  Él la  besaba y al mismo tiempo narraba el beso que le estaba dando.  Si lo atacaba el temor, entonces le contaba que estaba temblando de miedo.

 Vertió en ella esta historia, hasta que poco a poco, la nave de sus palabras la fue sacando de su propio cuerpo y la llevó a navegar mar adentro.  Antes de llegar al puerto esperanzador que se divisaba a lo lejos, el barco de sus argumentos empezó a llenarse de recuerdos. Eran tantos que terminaron por naufragar, y cuando él le describió la sustancia de la cual estaban hechos los rayos del sol, ella se desmayó insolada.  Él le mojó los labios con su saliva y narró como su espalda le haría sombra.  A lo lejos, sus palabras le hablaban del sonido de las olas que se estrellaban sobre los maderos que los sostenían después del estropicio. 

Él guardó silencio por unos instantes, o así le pareció a ella aunque en realidad seguía viéndolo todo a través de su voz.    La historia había llegado casi a su final.  Un susurro de él le indicó que habían llegado al puerto.  Ella abrió sus párpados en el preciso momento en el que él le anunciaba que estaban a punto de ser habitados de nuevo por la desazón de la incertidumbre...   

Esa tremenda incertidumbre que ataca a los amantes en el momento de separarse, porque ni ellos, ni ninguno de los amantes que existieron antes o existirán después, podrán saber si ese encuentro que viven con tanta intensidad será, infortunadamente, el último.

domingo, julio 01, 2012

El sancocho como herramienta de recuperación de la memoria

Por Carlos Vásquez
El sancocho en leña es un ritual para mi familia política.  A través de la ingesta de este suculento potaje se puede reconstruir la historia familiar de las tres últimas décadas.  Hablar en términos de sancochos vividos, y no de años, se ha convertido en una costumbre.  Por ejemplo, si uno va a hablar de una Navidad en especial, es importante aludir a algo sucedido durante la preparación, ingesta o digestión del correspondiente caldo del año en cuestión.
 
- ¿Te acuerdas del sancocho en el que estuvo el hijo de doña fulana? -pregunta alguien.
-¿Cuál?  ¿Ese, en el que llovió y tocó terminarlo en la estufa eléctrica porque se nos mojó la leña?
-Sí, ese.
-Ah, pensé que te referías al que hicimos junto al río, el día que se nos olvidó traer los plátanos, o al sancocho aquél, el que hicimos en la casa de Ómar...

Cada Día del Padre, alguno de los hijos recuerda a mi suegro -un hombre maravilloso- y empieza a hablar de su mirada azul cargada de honestidad, o de sus manos acostumbradas al trabajo de la tierra, o de su descuidada manera de entrar a la cocina derramando el café sobre la mesa. E inmediatamente, una de las hijas lo relaciona con el mencionado plato tradicional.

-¿Te acordás de cómo disfrutaba papá cuando hacíamos sancocho con “carne gorda”? -dice una de ellas- A mí me parece verlo, feliz como un niño, mientras una gota de caldo le resbalaba por la barbita blanca -y dice así, “barbita”, mientras cierra los ojos estremecida de nostalgia.

Por eso ayer no pude contenerme cuando una de mis concuñadas empezó a fastidiar con el tema de la puntualidad en los sancochos.  Era cosa que alegaba a grandes voces que muchos llegábamos tarde al ritual gastronómico familiar.  La enojada mujer se preguntaba por qué, si se citaba a las dos de la tarde, algunos llegábamos a las cuatro o hasta después.  Luego, frente a la indiferencia de los demás, empezó a incomodar diciendo que a los sancochos se debía llegar mínimo a las diez de la mañana.  Finalmente, la incisiva señora sugirió que a los sancochos se tenía que madrugar para que “rindiera” el tiempo.  Estoy seguro de que así hubiera seguido discurriendo sobre la hora en la cual se debe empezar un sancocho, si yo no le hubiera cortado la perorata.

-¡Un momento, mi señora! -la detuve antes de que se atreviera a transformar el  apetecible sancocho en un aterrador ritual de insomnio- Me niego rotundamente a tener que “marcar tarjeta” para asistir a un sancocho.
-No es para tanto -remató la señora que no esperaba oposición.
-Sí lo es… porque los días que nos reunimos son también días de descanso.  Mi única obligación es cumplir un horario en mi trabajo, pero de ahí, a cumplir también con un horario para asistir a un evento familiar… ¡Jamás!  Así que siento mi más enérgica protesta contra la tiranía alimentaria a la que Ud. nos quiere someter.

Creo que fui un poco enfático al aclarar mi punto de vista porque de inmediato me cercaron las miradas de reproche del resto de la mesa.  Y es que justamente ese fin de semana teníamos programado otro encuentro junto al fogón de leña.  Adivine el lector en casa de quién… sí, en la casa de la dictadora culinaria, en el hogar de la maquiavélica esposa de mi cuñado.

 Sin embargo, me mantuve en lo dicho. Me sentí como Enrique IV cuando renunció a su fe al abrigo de las palabras “París, bien vale una misa.”  Yo, parodiando al célebre rey protestante, rematé:
         
   -Una mañana de descanso no vale ni el más potente de los sancochos… ¡He dicho!


Como nadie sabía allí de qué demonios estaba yo hablando, optaron por ignorarme y seguir pensando que definitivamente soy un tipo de lo más extraño.

Epílogo

El domingo disfrutamos un hermoso amanecer. Lo pude percibir con mis ojos abotagados por una noche incompleta.  De nuevo el ritual del sancocho.  Esta vez en casa de mi concuñada.  Éste lo recordaré como el día en que la dictadura asumió el control del sancocho familiar.  Efectivamente, el caldo estuvo temprano, todos llegamos a tiempo, y la pasamos bien.  Pero, mientras devoraba el sancocho en leña, miré a la mujer que lo había preparado, sus ojos inyectados en rabia me miraban desde el otro extremo del corredor.

Y fue justo en ese momento, cuando tuve la certeza de que el caldo que me estaba tomando estaba muy bien condimentado con el ligerísimo sabor de la venganza.

sábado, junio 30, 2012

Avisos clasificados literarios

Por Carlos Vásquez
VENPERMUTO una copia en barro de la barbilla egipcia del gato gruñón que duerme sus soberbias junto a la mesa donde escribo.


REGALO los ocho trozos de nylon que cubrieron mi cabeza siete días después de mi descalabro. Ideales para remendar balones de fútbol desauciados, zurcir alerones de avión y cerrar brechas profundas entre el suelo y el infinito.


COMPRO A BUEN PRECIO trompo, baraja y tornillos.  El trompo para la quiña, la baraja para jugarme la vida como Barba Jacob y los tornillos para apretar las tuercas del titiritero ebrio con rostro de esperanza que duerme en mi corazón.


VENDO BARATÍSIMA una escupidera para los odios de la razón.  Funciona para los abusos de los políticos recién llegados, los retortijones públicos y las injusticias sociales mal cubiertas.


A PRECIO DE RISA ofrezco una brújula  para navegar por los marismas en la mirada de una mujer, lupa para ver el tigre que reposa en el interior de nuestros niños proceres y una vasija mágica para guardar el olor de una tarde de granizo.


OFREZCO sandalias playeras con arena de recuerdo adherida a sus suelas... añado, sin costo alguno, los rezagos de un amor eterno que duró lo que duraron las vacaciones de 1986.


VENDO ristra de pegasos de papel recortados artesanalmente y unidos por el hilo de los sueños infantiles que no pude cumplir por falta de voluntad y algo de mala suerte.


ESCRIBO poemas de rescate a domicilio siempre que se haga el pedido con tres días de anticipación.  La entrega se hará efectiva el domingo a las cinco de la tarde por ser la hora favorita de los suicidas.


COMPRO a cuotas esa boca traviesa que alguna vez me cansé de besar por un capricho de mi juventud.  Prometo devolverle a su dueña hasta el último beso junto a los intereses causados y una jugosa compensación por daños y perjuicios.


OFREZCO generosa recompensa al primer cuello desnudo cuyo aroma me recuerde el delicioso perfume que usaba la mujer de mis sueños el día que me dijo: "Ven, cubre mi desnudez con tus caricias".

lunes, junio 18, 2012

Sobre la ubicación del clítoris... una historia familiar

Por Carlos Vásquez


La reunión familiar estaba en su furor.   Estábamos casi todos y hablábamos de enfermedades y dolencias físicas.  Tema inevitable cuando la mayoría pasa de los cincuenta años.  Que si tal pastilla cura la gota, que si tal otra, la migraña, en fin.  La farmacopea de la familia acumulada por tres o cuatro generaciones estaba siendo recorrida por completo.   

            De pronto una voz se alzó sobre las otras.  Era la voz de mi tía.  En nuestra reunión de hipocondríacos, sus palabras presagiaban el surgimiento de un mal hasta ahora desconocido en nuestro microentorno.  La baraja familiar de nuestras enfermedades estaba a punto de anexar una nueva condición médica.  

            Nos fuimos quedando callados.  Una tras otra, las miradas curiosas fijaron su atención sobre la tía.  La pobrecita hacía esfuerzos inmensos por revelar el punto exacto de su anatomía donde tenía una inflamación.  Inicialmente, se llevó la mano al cuello, al tiempo que señalaba algo que parecía estar en el centro de su cabeza o en la parte baja de su cerebro.  La cosa parecía un juego de adivinanza.

¿Es la garganta, tía?
No, hombre, es más adentro.
¿La laringe… es la laringe?
Es qué no sé cómo es que se llama… pero, sé que tiene un nombre.
El esófago, ¿cierto?
No.
¿El paladar, entonces?
Cerca, cerca…
Los espacios interdentales dijo uno de los más viejos por hacerse el conocedor.
¡Cómo se te ocurre!  Más atrás, más atrás. 
En fin, pese a los esfuerzos de todos no fue posible adivinar el lugar del dolor de la tía.  De pronto, su rostro se iluminó.  Una palabra se había abierto camino desde su subconsciente y ella pudo expresarla claramente.
¡Ya sé! –gritó emocionada–, lo que yo tengo es una… ¡inflamación de clítoris!
Nadie habló.  Por un momento, todo fue asombro y turbación.  Yo miraba el suelo tratando de espantar la imagen que mi tía acababa de implantar en mi mente, y que disolvía de un plumazo los recuerdos tiernos de ella que había acumulado durante mi niñez. Otros carraspeaban o tosían incómodos.  Los niños notaron la tensión y dejaron de jugar para venir a ver qué pasaba. Una vecina se mordía los labios y miraba nerviosa hacia la puerta.
Fue en ese terrible momento cuando mi tía, con todo el candor de que era capaz, nos aclaró que ella se refería refería era a la “bolita esa” que todos tenemos al final del paladar.
El furibundo esposo de mi tía fue quien nos sacó del trance porque se atrevió a decir:
¡Esa se llama  ‘úvula’, bruta, no clítoris!
Al percatarnos del error –de localización, no de forma anatómica–  todos estallamos en estrepitosas carcajadas.  Los vecinos de todo el edificio empezaron a llamar a los porteros para hacernos callar porque la barahúnda alcanzó proporciones telúricas.
Sólo mi abuela, quien tenía por aquel entonces ochenta y nueve años, permanecía sentada muy modosita en su silla de ruedas.  Yo estaba a su lado, por eso me tomó del brazo y me obligó a acercarme. 
Yo no sé por qué se enoja tanto el marido de aquella, mijo.  Si Anatilda siempre ha sido una burra desde desde chiquita.  Míreme a mí, con la edad que tengo, yo todavía sé diferenciar bien lo que tengo en la boca de lo que tengo entre las piernas me dijo al tiempo que me guiñaba un ojo y sonreía con picardía.  
Dicho esto, la abuela regresó a su  mutismo y a sus recuerdos.  Traté de contestarle algo, pero me di cuenta de que la hermosa anciana y sus recuerdos estaban ahora mucho más lejanos en el tiempo y en el espacio de lo que yo hubiera podido imaginar.


Fuente de la imagen:

Fotografía tomada del website Visualphotos.com.  Extraída el 18 de junio de 2012 desde http://www.visualphotos.com/image/2x2667956/woman_with_her_mouth_wide_open

domingo, abril 29, 2012

En Defensa de la Grisales


Por Carlos Vásquez

Las críticas a la modelo, actriz y presentadora colombiana se multiplican cada vez que la diva aparece en televisión o es capturada por los flashes de los fotógrafos de farándula.  Unos hablan de su edad, otros de sus comentarios vehementes y algunos les incómoda su supuesta laxitud moral.  Sin embargo...

Amparo Grisales, 50 años.  Diva colombiana.

Amparo Grisales no posa de diplomática, académica o profesional en ejercicio.  Ella simplemente se limita a ser bella y sensual.  Por mi parte, no le pido más, porque esa fue su opción de vida.  Por el contrario, siempre me he preguntado cuántos tipos quisieran que su pareja se mantuviera así de estupenda a su edad, o cuántas mujeres quisieran verse así de sensuales a sus años. 

Algunos dicen, sobre todo las féminas, que todo en el cuerpo de la Grisales es postizo y que es el resultado lógico de muchas horas de entrenamiento en el gimnasio.  "Así cualquiera", agregan sus detractores.  Bueno, a mí no me consta nada, pero para efectos de exponer mi punto de vista, hago una analogía: yo soy comunicador, esa es mi profesión, y para ejercerla –aparte de algo de talento– necesito hacer algunas inversiones: una grabadora, una buena cámara, un buen portátil, además de un par de costosos dispositivos tecnológicos.  Pero si fuera modelo y viviera del “cómo me ven los demás”, creo que gran parte de mi dinero iría a parar a las manos de cirujanos plásticos, productos rejuvenecedores y costosos centros de acondicionamiento físico.   Además, ir a un gimnasio no tiene nada de malo, por el contrario, es de admirar la disciplina y la voluntad de Amparo Grisales.  Lo digo yo que llevo más de diez años amenazando con matrícularme en uno de ellos, pero mi fobia al dolor muscular me lo impide.

La Grisales no tuvo tiempo para estudiar un posgrado o hacerse otorgar un título honoris causa en alguna universidad prestigiosa, de la misma manera como muchas mujeres no tienen tiempo para hacer ejercicio o dedicarse a su cuidado y atención personal.  Nuestra diva colombiana tiene recursos económicos, eso es cierto, pero no por eso se le puede considerar una mala persona.  La solvencia y los contactos adecuados ayudan a que una persona ascienda los peldaños de la escalera del éxito con mayor rapidez, pero no la descalifican como profesional.

En referencia a este tema, a veces pienso en mí como un escritor, pese a que ninguna editorial famosa me ha publicado un libro, ni me he preocupado porque lo hagan.  Sin embargo, si fuera familiar de los directivos de una de ellas o si tuviera el contacto adecuado, no dudaría en aprovechar mis amistades para tener el gusto de ver mis textos en blanco y negro.  ¿Eso me hace un mal escritor?

Aclaro que admiro mucho la inteligencia en una mujer, pero también me atrae la belleza física.   La Grisales me ha convencido siempre con los argumentos de su cuerpo, y nunca con los de la razón.  Si la juzgo intelectualmente, al lado de mi admirada Diana Uribe, por ejemplo, la diva sale perdiendo, pero si la comparo con… bueno, con cualquier esposa del vecino que sale en pijama rota y sin bañarse todos los días a  las dos de la tarde para la tienda, pues es indudable que la diferencia se nota.

Amparo, estoy con usted.  Me importa un bledo los chistes que hagan a su costa,  me tienen sin cuidado los disparates que usted diga o los que le atribuyan los medios.  Usted es simplemente una mujer despampanante porque en usted se conjuga una poderosa mezcla de femineidad, sensualidad y erotismo.

Por esto y por todo lo que usted es, me atrevo a proclamar, voz en cuello: “Larga vida a la Grisales”.

Nota: hágase mi saludo extensivo a la superbellísima Natalia Paris… faltaba más, a mí también me gusta “la música de los CDs”.


Fuente de la imagen:

Fotografía tomada de la Revista Soho.  Extraída el 29 de abril de 2012 desde http://www.soho.com.co/galerias-mujeres/galeria/amparo-grisales/15032

domingo, febrero 12, 2012

Noches Oblicuas del poeta José Marío García

Presentación

Por Carlos Eduardo Vásquez
Portada del libro, publicado en febrero de 2010
Noches Oblicuas es un poemario que transita un camino nunca recorrido.  Uno no debe leerlo si busca licores demasiado dulces o venenos demasiado amargos.  Amigo lector, usted no encontrará en las próximas páginas un romanticismo impotable o un “malditismo” a prueba de toda lógica.  Y es que los poemas seleccionados  por José Mario García para esta edición tienen su propia dinámica.  Están cocinados en su salsa de originalidad.  No se parecen a nada.  Son ellos mismos per se.  En este libro, el segundo del autor, uno reconoce a un poeta que plasma sus sentires sin muletas ni artilugios rimbombantes que engañen la estética.  Es decir, en estas letras uno encuentra un tipo de poesía que evita la pirotecnia verbal que aturde los sentidos, y en cambio, se respira una franqueza infalible durante todo el trayecto poético.  
Las palabras nuevas emergen con abundancia en Noches Oblicuas.  Desde el primer momento, el poeta se apoya en la licencia poética para elegir palabras nunca antes usadas, y en consecuencia, el lector se obliga a construir percepciones nunca antes sentidas.  Uno podría decir que incluso vocablos de antiguos idiomas desfilan impunes por este poemario que agita la comodidad de la norma.
Los versos de José Mario están llenos de sorpresas.  Por ejemplo, en cualquier recodo uno se encuentra con que el olvido es una hierba diminuta que crece en los resquicios de la noche.  Los retruécanos y juegos de palabras provienen de lugares donde lo tridimensional se desborda.  Mezclas imposibles y contrasentidos deleitosos forman parte de la filigrana de imágenes que se suceden unas a otras en un despliegue de ideas.
En Noches Oblicuas también hay niñeces… pequeñas gotas de recuerdos capaces de transportarlo a uno a los diminutos universos de la infancia.  En algún momento de la lectura el recuerdo acude vestido de niño que mira las nubes y coteja los cristales de hielo con su infantil realidad, más por conjura de su voluntad que por el arte adulto de la razón. 
Fantasmas y mariposas deambulan cada tanto por las Noches Oblicuas, los primeros  sin poderes, y las segundas sin alas.  Los unos redivivos y las otras en agonía.  Personajes inmortales pasean por este poemario: Rimbaud; Zaratustra; Heráclito; Parménides y hasta Juana, la loca de Castilla, caminan sin recato por los pasillos eternos de la poesía.
De pronto, casi al final, uno se ve rodeado por noches de diferentes colores en una diversidad de devenires. Entonces, surge la pregunta: ¿será este devaneo del poeta con sus noches oblicuas parte del contubernio inmortal que siempre ha existido entre el poeta y los asombros de la oscuridad?
La respuesta la tiene su propio autor… el poeta es él, los poemas son su expresión y la poesía es el mensaje. 
Que se abra el telón, entonces, y sean sus palabras las que alumbren, como el faro de Alejandría, las noches oblicuas de los navíos rumbo al puerto.