Por
Carlos Eduardo Vásquez
Primer lugar, VI Concurso de Cuento Universitario Ascuncultura Regional
Los ojos vidriosos de la
enfermera miraron a Nana con desprecio. Por
un momento, la imaginó flotando en el fondo del pozo junto a los miasmas y las
larvas de zancudo y un rictus de sonrisa se le dibujó en el rostro. La mujer odiaba el flequillo rubio que no
cubría la depresión en la frente de la muchacha, y esas gafas ridículas que el
sulfato del tiempo intentaba disolver.
También detestaba que la paciente se estrellara contra las paredes por gusto. Y le fastidiaban los súbitos ataques de
excitación sexual que sacudían el cuerpo de Nana varias veces al día. Además, había otra razón para su odio…
En ocasiones, Nana
pasaba las horas mirando la vaca que pastaba al otro lado de la cerca. El crujido
de la hierba arrancada y la masticación escandalosa del rumiante la seducían. Le
encantaba ver como las venas en el cuello del animal, estimuladas por el goce
vegetal, palpitaban con furia. Hubiera querido abrazar ese poderoso cuello
coronado por una montaña de nieve negra, pero su poca destreza física y la
mirada vigilante de la enfermera se lo impedían.
Nana amaba la enormidad
y por eso amaba a Benjamín. Ella no
sabía contar los días, pero sentía que habían pasado demasiados. Todas las tardes buscaba a Benja junto al
pozo, pero él no subía, bien porque no estaba ahí o bien porque ignoraba
deliberadamente a la minúscula mujercita que lo llamaba desde la superficie.
─Bonito mundo
allá… ¡Yo vuelvo pa’casá con usté! ─le había dicho Benja a Nana la última vez, mientras
señalaba el cielo que se reflejaba en la piel del agua varios metros más abajo.
Benja era grande
desde el corazón hasta los dedos. Pero,
aún para su enorme tamaño, la cabeza del muchacho era demasiado notoria. En ella brillaban unos ojos pardos que
escudriñaban el mundo de manera independiente.
El muchacho era el heredero de una inmensa fortuna que jamás había disfrutado
por haber nacido enfermo. Sin embargo, las
jugosas donaciones del padre de Benja al hospital le aseguraban al joven su
bienestar y compraban la discreción del personal. El lugar era práctico y funcional. Las paredes eran blanquísimas y olían a
desinfectante de pino.
Afuera del edificio
el paisaje era sobrecogedor. Parecía que
la mano de Dios se hubiera entretenido en las colinas circundantes. Los visitantes primerizos, incapaces de
contenerse ante la belleza, salían al prado para verlo todo. Sin embargo, entraban un minuto después, desencantados.
Afuera, olía a criatura sin bañar y a
carne muerta porque el terreno frente al hospital había sido un vertedero de
basura hasta hacía pocos años.
Nana había sido
internada en el sanatorio siete meses atrás. Su familia la había abandonado ahí porque no
soportaba que la muchacha saliera a la calle desnuda, en medio de la noche, gritando: “¡quero hacé l’amor!” Tampoco entendían por qué cada vez que
llegaba una visita masculina a la casa, Nana desde las escaleras lo miraba con
ojos acechantes, la respiración entrecortada y comenzaba a frotar sus muslos
uno contra el otro con ruidoso deleite.
Los calmantes recetados atenuaban el furor uterino de Nana, pero la
mayoría de las veces ganaba el instinto.
Cuando la
enfermera no estaba cerca, Nana se sentaba a esperar sobre el borde del pozo y
atisbaba su profundidad. Desde allí, escuchaba
los murmullos del agua mientras retaba su miopía tratando de descubrir una señal
de Benja. A veces, los estremecimientos le daban mientras
estaba sentada sobre el brocal.
Entonces, añoraba más que nunca las torpes caricias de Benja y sus besos
cargados de afán.
Nana estaba decepcionada.
Tampoco ese día, Benja había querido subir.
De regreso, tropezó con dos árboles de mango y sintió un amago de
excitación. Su cuerpo se estremeció. Definitivamente, le hubiera gustado que Benja
estuviera allí, y haberse escapado con él un par de minutos al cuarto de
mantenimiento.
En la puerta la
esperaba la enfermera.
─¡Tome, para que
aprenda a no salirse sin permiso! ─le gritó la mujer, al tiempo que le
descargaba dos sonoras bofetadas en sus mejillas de porcelana.
Esas atribuciones
se las tomaban casi todos los enfermeros con los pacientes de caridad. Nana entró cabizbaja y humillada y se sentó a
ver “Tuya o de nadie”. A ella le gustaba cuando Andrés del Monte le
decía cosas bonitas a Rosa de los Vientos y ésta se deshacía en sus brazos como
una polvorosa. Benja prefería las
películas “de balas”. Por eso habían
peleado el día que se conocieron. El
gigante había entrado al salón, sucio de barro y sin decir nada, había cambiado
el canal con sus dedos torpes. Había cinco
o seis pacientes más, pero Nana fue la única que protestó. Primero se habían lanzado temibles balbuceos
que sólo ellos entendían. Luego, amagaron golpes y finalmente, empezaron a
gritarse. La enfermera que llegó a
imponer el orden les apagó el televisor como castigo. Los demás internos se fueron, pero ellos se
quedaron uno frente al otro mirándose por horas con un sordo encono.
Sin embargo, al
día siguiente se buscaron en la sala de la televisión y se sonrieron con
picardía. Anduvieron todo el día
juntos. Ese día, Benja descubrió dos
cosas. La primera que los
estremecimientos de Nana no daban espera y debían ser satisfechos a la mayor
brevedad. La segunda que había algo al
sur de su desproporcionado cuerpo que le servía para apaciguar las inquietudes
de Nana.
Por eso no les permitían
andar juntos. Ya los habían descubierto varias
veces en los laboratorios vacíos, en el cuarto de la limpieza y hasta en los
baños. El padre de Nana había tomado la
precaución de operarla para evitar un embarazo, pero la hiperactividad sexual
de Nana y Benja generaba incomodidad entre el personal de planta y era un
pésimo ejemplo para los otros internos.
…La enfermera tocó
la puerta, primero con suavidad y luego con firmeza. Al no obtener respuesta, entró al
cuarto. Nana dormía de costado. La cobija había resbalado hasta el suelo. Nana estaba desnuda porque no soportaba la
ropa por las noches. La muchacha era de
una pequeñez dolorosa, sus huesos sobresalían por donde se le mirara, pero tenía
la belleza de las personas tiernas. La
enfermera le tocó un brazo y Nana se quejó en sueños. Luego le corrió el pelo de la cara y Nana se
movió hasta quedar boca arriba. La mujer
se sintió aceptada y se despojó de su bata exponiendo el ocaso de su cuerpo al
frío de la noche. Aventuró una caricia
desde el hombro de Nana hasta su cadera.
En ese momento el sueño de Nana se hizo añicos y abrió los ojos. Vio a su guardiana desnuda y ansiosa sobre ella
y pensó que la iba a golpear. Lanzó un
grito de terror y la empujó hacia un lado antes de salir al pasillo corriendo y
gritando. En su huida, terminó por
estrellarse contra el director del hospital quien estaba haciendo una ronda por
las habitaciones. Cuando entraron al cuarto
de Nana, encontraron a la enfermera tirada en el suelo. Un hilo de sangre bajaba de su frente y se
perdía entre sus magros pechos. Al otro
día, el director interrogó a la mujer sobre las extrañas circunstancias en las
que la habían hallado. No había mucho
que decir porque los hechos hablaban por sí solos. Recibió resignada la reprimenda de su
superior y luego, los murmullos y risas maliciosas de sus compañeros en los
pasillos.
Desde ese día, la enfermera
solo pensaba en la venganza. No creía
poder soportar la vergüenza ni la mirada reprobatoria del resto del personal. La culpa era de de Nana, de eso no había dudas,
y el desquite llegaría en su momento. Afortunadamente,
para la enfermera, no la relevaron de cuidar a su paciente porque para la
institución una enferma de caridad valía muy poco como para preocuparse por
ella. En esas circunstancias, se
incrementaron los bofetones en la cara y el odio de la mujer por su
paciente.
Una tarde de
domingo, Nana salió al patio a ver si Benja, por fin regresaba. Se sentó en el borde del pozo y lo llamó con susurros. Dos lágrimas corrieron por su rostro porque
estaba perdiendo la esperanza. Lo invocó
con todas sus fuerzas, cerró sus ojos y lo imaginó con su gorra de golf blanca
y su overol azul. Así como estaba el día
en que se fue a buscar el nuevo mundo dentro de la boca del pozo. Nana no oyó a la enfermera acercarse.
─Tu novio está en
el fondo, bonita… y te está esperando.
Nana no confiaba
en la enfermera, pero podían más las ganas de ver a Benja, de tal forma que se
agachó más. Estiró su cuerpo pero no logró
verlo. La enfermera la sostuvo por la
cintura y Nana alargó su cuello lo más que pudo sobre el pozo. De pronto, las manos la soltaron. La luz dejó de rodearla y Nana sintió su
cuerpo flotar mientras una sensación de vértigo se apoderaba de ella.
Los cuerpos
livianos hacen poco ruido al caer.
La enfermera esperó
cinco minutos hasta que terminó de aquietarse el agua y gritó con todas sus
fuerzas. El resto de personal de turno, el
director y algunos pacientes salieron al patio.
La mujer señalaba histérica el fondo del pozo.
Dicen que los
ahogados recuerdan toda su vida antes de perecer. Nana no tuvo mucho que recordar porque sus mejores
recuerdos estaban asociados con Benja, y él ya venía a su encuentro flotando en
la bruma de su promesa. Parecía incluso un
hombre apuesto y su sonrisa tenía algo de elegancia. Tomó a Nana de la mano y mientras salían del
pozo, pudieron observar a los concurrentes, quienes indiferentes a la muerte,
escuchaban con atención a la enfermera cuando les contaba que en un momento la
paciente estaba allí y al siguiente había desaparecido sin que ella hubiera
podido hacer algo para evitarlo.