domingo, noviembre 10, 2013

Matices de la exclusión educativa en el Oriente antioqueño

Por Carlos Vásquez

En el Oriente antioqueño y en nuestro país no sigue estudios superiores el que quiere sino el que puede. Y esto está mal, terriblemente mal, porque la formación superior no sólo debería ser viable y equitativa para cualquier persona, sino que también tendría que ser accesible para todos los colombianos.

Me explico, la exclusión educativa va más allá del costo de una matrícula, puesto que el Estado, a través de las gobernaciones y los municipios, podría subsidiar más matrículas en universidades privadas, como de hecho lo viene haciendo hasta ahora en una proporción relativamente baja.  

Asimismo, el sector empresarial podría asumir un mayor compromiso con la educación superior, como lo hace actualmente la CEO, a través de su programa de becas en el Oriente antioqueño.  Incluso, las mismas universidades privadas podrían aliviar el costo de las matrículas. Por ejemplo, en la UCO, el 39% de los estudiantes se beneficia de las becas y los subsidios, externos y propios, según datos de la oficina de Bienestar Universitario. 

No obstante, mi planteamiento se extiende hacia otras formas de exclusión educativa que se pasan por alto con frecuencia.  Me refiero a los aspirantes excluidos de la educación superior que no siguen su formación profesional por razones, no siempre inherentes a la matrícula.   

Para empezar, la exclusión educativa incluye a aquellos que obtienen un bajo puntaje en los exámenes de admisión.  Esto no es una apología al estudiante vago porque no siempre la problemática se relaciona con la falta de ganas sino con la ausencia de oportunidades. Cómo afirmar que todos los aspirantes a las universidades colombianas tuvieron las mismas oportunidades frente a la vida, si definitivamente, no es igual estudiar en una vereda alejada del casco urbano de un pueblo donde algunos profesores consideran que es un castigo enseñar, que estudiar en un colegio moderno con profesores motivados, instalaciones adecuadas y recursos bibliográficos suficientes.

De la misma manera, quienes viven en lugares alejados de las instituciones de educación superior de la Región, también  son excluidos.  Los estudiantes de los municipios del Altiplano tienen un transporte asegurado casi a cualquier hora del día y su tiempo de viaje no sobrepasa los 30 minutos, pero qué sucede con aquellos que viven en municipios a más de dos horas de las universidades más cercanas.  ¿Es posible para ellos subsanar esa distancia de cuatro horas diarias y aún así estudiar una carrera?

Y son excluidos aquellos que deben trabajar más de ocho horas diarias para sostener a sus familias y no tienen posibilidad de dejar la fuente de su sustento para adaptarse a los horarios de los centros educativos. En este grupo están, por ejemplo, las madres solteras o las mujeres cabezas de hogar. Qué alternativa hay para ellas o para el joven que trabaja turnos de 12 horas o que descansa tres días cada tres semanas.  

Sujetos de exclusión educativa son también aquellos pobladores del Oriente antioqueño que tienen discapacidades físicas.  No me refiero a quienes sufren una disminución de su capacidad cognitiva, sino a aquellos que tienen problemas de movilidad o dificultades visuales y auditivas.  Hay casos excepcionales en nuestras aulas, pero de lejos se percibe que son verdaderos guerreros contra una urbe, unas edificaciones y unos recursos educativos pensados para gente sin limitaciones físicas.  Su lucha no es solo para sobresalir en un ambiente académico, sino para sobrevivir en un ambiente hostil y peligroso para un discapacitado. 

Ni hablar de aquellos jóvenes que no han definido su situación militar.  Muchos entran con dificultad a la universidad, pero descubren que no hay manera de recibir su grado de profesionales si no tienen la libreta militar.  Y yo me pregunto: ¿Qué clase de país es este en el cual la disposición para disparar un arma contra otro ser humano se equipara con la posibilidad de superarse a través de la formación profesional?  ¿Es que acaso este territorio necesita menos mentes brillantes y más brazos para cargar un fusil?

Los que no están dispuestos a estudiar carreras de moda o coherentes con las dinámicas del mercado también forman parte de los excluidos.  Para ellos no hay una oferta educativa suficiente, pues amparados en el concepto de pertinencia académica, los centros de educación superior no ofrecen ciertas carreras que le permitan a esta minoría realizarse profesionalmente.  Claro, queda la estrategia de irse de la región, pero justamente la idea de contar con un mayor porcentaje de profesionales en el Oriente implica retener a nuestros talentos.  Son ellos los líderes del futuro y los necesitamos viviendo los procesos regionales de cerca.

Es hora de que los actores de la educación del Oriente antioqueño nos reunamos en torno al tema de la exclusión educativa y de que encontremos alternativas regionales viables para subsanarla.  Si los recursos están en el Estado, pues vamos por ellos, y si están en la Gobernación o los gobiernos municipales, entonces, qué es lo que están haciendo nuestros dirigentes políticos al respecto.  

Se acerca un tiempo electoral en Colombia y nuevamente nos lloverán promesas de toda índole para capitalizar todo el potencial electoral que ofrece el Oriente antioqueño.  Qué opinan si de una vez por todas, empezamos a votar por propuestas y no por prebendas y favores políticos.  La inclusión educativa es una verdadera apuesta de la región por el desarrollo. Se requiere eso sí, de un acuerdo de voluntades, de establecer políticas públicas que protejan el derecho a la educación, de proyectos de responsabilidad social por parte de las empresas asentadas en la región, de estrategias conjuntas de cobertura educativa y de proyectos de formación virtual que faciliten la entrada de los aspirantes universitarios a los claustros.    

Para terminar, sueño con una sociedad donde la universidad pública exista simultáneamente con la universidad privada, de tal forma que las debilidades de la una sean suplidas por la otra y viceversa.  Lo importante es comprender que la educación superior no es un asunto del Estado, de la Iglesia o de los particulares, sino que es un tema de corresponsabilidad entre los distintos actores sociales.  Lo opuesto a la exclusión educativa no es la inclusión...  

Lo opuesto a la exclusión educativa es el desarrollo sostenible de una región.

sábado, marzo 02, 2013

Ciego de las Orejas

Por Carlos Vásquez


Nunca entendí lo difícil que es ser un buen vendedor hasta que viví los hechos que relato a continuación.  La paciencia, la prudencia y la cortesía más allá de toda prueba son los antídotos de estos hombres y mujeres curtidos en todas las necedades humanas. 
Resulta que hace un par de años realicé una incursión al centro de Medellín en busca de unos lentes nuevos.  La miopía en mi ojo derecho había sufrido un ligero incremento.  Esta vez, quería escoger un buen marco y estaba decidido a invertir un tiempo para quedar satisfecho con la compra.  Así que luego de visitar una docena de ópticas desde el Éxito de San Antonio hasta el parque Bolívar, sin obtener resultados positivos, encontré un lugar con un vendedor muy paciente y un gran surtido de marcos para escoger.  “Aquí fue”, pensé. 
Diez minutos después tenía sobre el mostrador veinte marcos de plástico y otros veinte de metal.  El vendedor, un hombre maduro, un paisa educado y cordial de los que ya van quedando muy pocos, asesoraba con atención la elección de mis gafas.
Estas se ajustan muy bien a su tipo de rostro.
No sé… parecen un poco torcidas.
¿A ver, qué tal estas con patas autoajustables?
¿Es que una ceja queda más alta que la otra, no le parece?
Con estas, se va a ver usted como todo un ejecutivo contraatacaba el hombre.
Pues, la verdad, se ven muy elegantes, pero no siguen el contorno de los ojos.
De esa manera transcurrió una buena hora.  El vendedor me mostraba un par de lentes y yo le hacía ver que todos los marcos estaban desajustados.  Lo curioso es que la paciencia del buen hombre se iba agotando de manera inversamente proporcional a la montaña de gafas que iba creciendo sobre el mostrador. Cada vez que el tipo creía encontrar un marco perfecto para mí, yo tercamente lo rechazaba aduciendo una imperfección. 
Estoy seguro de que así hubiéramos seguido hasta “agotar existencias” si el prototipo de amabilidad, el paradigma del vendedor correcto, el mesías del mostrador no hubiera reaccionado a tiempo.
Oiga, hombre… ¿usted nunca ha pensado en hacerse una cirugía?  Hoy es tan fácil que… me sugirió.
Empecé a contarle acerca de mi temor de exponer mis córneas a los rayos láser, las posibilidades de que se fuera la luz en medio de la operación, y mi opinión acerca de que las gafas formaban parte de mi personalidad, cuando él me interrumpió.
Pero si yo no me refiero a una operación correctiva para la miopía, de lo que yo estoy hablando es de operarse las orejas, pues me parece que tiene una de ellas más arriba que la otra aclaró.
Esta devastadora afirmación tiró por el suelo mis escrúpulos frente a la compra de unas gafas casi perfectas y logré entender porque siempre me costaba tanto trabajo encontrar un marco adecuado para mis lentes.  Me percibí como el discípulo que acaba de recibir una lección trascendente de su maestro y me sentí francamente tonto.
Tomé las últimas gafas que me acababa de mostrar y se las pasé sin más comentarios.  Le entregué la fórmula, aboné la mitad del trabajo y salí apresurado a encontrarme con un Medellín que recién empezaba a oscurecer. 

viernes, febrero 22, 2013

Los Estudiantes Buseta

 Por Carlos Vásquez


Hay estudiantes que pasan por la universidad, pero parece que la universidad no pasara por ellos.  Si el objetivo de la educación superior es un ser humano transformado a través de la apropiación de conocimiento, el desarrollo de habilidades y la proyección de actitudes profesionales, entonces, ¿por qué habrá tantos estudiantes buseta?

                El estudiante buseta se caracteriza por ser impermeable a los cambios.  Sueña con trozo de papel para colgar en la pared, pero no entiende el concepto de realización profesional,  jamás ve más allá de lo obvio y se jacta de que nunca va a salir del “garaje” de su ignorancia.

El estudiante buseta “recoge” conocimientos todo un día en la universidad, pero igual que el conductor de transporte público que descarga a todos sus pasajeros antes de regresar a casa, nuestro individuo, descarga todo lo aprendido en una matera de su casa y le echa tierra encima al mejor estilo felino. 

                El estudiante buseta es el mismo el día que presenta su entrevista, en la mitad de su carrera y el día en que se gradúa.  Todos los días, nuestro personaje, con una actitud inamovible, impasible e irreductible, viene a clase, pero no aprende nada.  Simplemente, se baña y sale para la U, igual que una micro, que antes de cumplir con su jornada debe estar lavada para hacer en la calle la misma vaina de todos los días.

                El estudiante buseta nunca se sale de su recorrido, igual que un carro de pasajeros que no se permite un “abandono de ruta”.  Nuestro terco individuo completa siempre el mismo recorrido… ¿Pasa por la universidad?, sí.  ¿Pasa por la cafetería?, sí. ¿Rumbea con los parceros los fines de semana?, sí.  ¿Vamos a estudiar?… ¡No!   Tiene que “tomar” al estudiante de la silla de atrás, “ese sí lo lleva”.

                Los estudiantes buseta, en la mitad de su carrera, son incapaces de asumir una postura profesional frente a un reto sencillo.  Uno se asombra de que hubieran llegado tan lejos con el “motor” casi apagado.  Y es inevitable pensar: “Estos estudiantes son como las busetas que cubren la ruta 05… pasan por la Universidad todos los días, pero salen exactamente igual.”

viernes, noviembre 16, 2012

Tu reflejo sobre la piel del agua - Premio Ascuncultura 2012

Por Carlos Eduardo Vásquez
Primer lugar, VI Concurso de Cuento Universitario Ascuncultura Regional

Los ojos vidriosos de la enfermera miraron a Nana con desprecio.  Por un momento, la imaginó flotando en el fondo del pozo junto a los miasmas y las larvas de zancudo y un rictus de sonrisa se le dibujó en el rostro.  La mujer odiaba el flequillo rubio que no cubría la depresión en la frente de la muchacha, y esas gafas ridículas que el sulfato del tiempo intentaba disolver.  También detestaba que la paciente se estrellara contra las paredes por gusto.  Y le fastidiaban los súbitos ataques de excitación sexual que sacudían el cuerpo de Nana varias veces al día.  Además, había otra razón para su odio…
           
En ocasiones, Nana pasaba las horas mirando la vaca que pastaba al otro lado de la cerca. El crujido de la hierba arrancada y la masticación escandalosa del rumiante la seducían. Le encantaba ver como las venas en el cuello del animal, estimuladas por el goce vegetal, palpitaban con furia. Hubiera querido abrazar ese poderoso cuello coronado por una montaña de nieve negra, pero su poca destreza física y la mirada vigilante de la enfermera se lo impedían.

Nana amaba la enormidad y por eso amaba a Benjamín.  Ella no sabía contar los días, pero sentía que habían pasado demasiados.  Todas las tardes buscaba a Benja junto al pozo, pero él no subía, bien porque no estaba ahí o bien porque ignoraba deliberadamente a la minúscula mujercita que lo llamaba desde la superficie. 

─Bonito mundo allá… ¡Yo vuelvo pa’casá con usté! ─le había dicho Benja a Nana la última vez, mientras señalaba el cielo que se reflejaba en la piel del agua varios metros más abajo.

Benja era grande desde el corazón hasta los dedos.  Pero, aún para su enorme tamaño, la cabeza del muchacho era demasiado notoria.  En ella brillaban unos ojos pardos que escudriñaban el mundo de manera independiente.  El muchacho era el heredero de una inmensa fortuna que jamás había disfrutado por haber nacido enfermo.  Sin embargo, las jugosas donaciones del padre de Benja al hospital le aseguraban al joven su bienestar y compraban la discreción del personal.  El lugar era práctico y funcional.  Las paredes eran blanquísimas y olían a desinfectante de pino. 

Afuera del edificio el paisaje era sobrecogedor.  Parecía que la mano de Dios se hubiera entretenido en las colinas circundantes.  Los visitantes primerizos, incapaces de contenerse ante la belleza, salían al prado para verlo todo.  Sin embargo, entraban un minuto después, desencantados.  Afuera, olía a criatura sin bañar y a carne muerta porque el terreno frente al hospital había sido un vertedero de basura hasta hacía pocos años. 

Nana había sido internada en el sanatorio siete meses atrás.  Su familia la había abandonado ahí porque no soportaba que la muchacha saliera a la calle desnuda,  en medio de la noche, gritando: “¡quero hacé l’amor!”  Tampoco entendían por qué cada vez que llegaba una visita masculina a la casa, Nana desde las escaleras lo miraba con ojos acechantes, la respiración entrecortada y comenzaba a frotar sus muslos uno contra el otro con ruidoso deleite.  Los calmantes recetados atenuaban el furor uterino de Nana, pero la mayoría de las veces ganaba el instinto.

Cuando la enfermera no estaba cerca, Nana se sentaba a esperar sobre el borde del pozo y atisbaba su profundidad.  Desde allí, escuchaba los murmullos del agua mientras retaba su miopía tratando de descubrir una señal de Benja.   A veces, los estremecimientos le daban mientras estaba sentada sobre el brocal.  Entonces, añoraba más que nunca las torpes caricias de Benja y sus besos cargados de afán. 

Nana estaba decepcionada. Tampoco ese día, Benja había querido subir.  De regreso, tropezó con dos árboles de mango y sintió un amago de excitación.  Su cuerpo se estremeció.  Definitivamente, le hubiera gustado que Benja estuviera allí, y haberse escapado con él un par de minutos al cuarto de mantenimiento. 

En la puerta la esperaba la enfermera.

─¡Tome, para que aprenda a no salirse sin permiso! ─le gritó la mujer, al tiempo que le descargaba dos sonoras bofetadas en sus mejillas de porcelana.

Esas atribuciones se las tomaban casi todos los enfermeros con los pacientes de caridad.  Nana entró cabizbaja y humillada y se sentó a ver “Tuya o de nadie”.   A ella le gustaba cuando Andrés del Monte le decía cosas bonitas a Rosa de los Vientos y ésta se deshacía en sus brazos como una polvorosa.  Benja prefería las películas “de balas”.  Por eso habían peleado el día que se conocieron.  El gigante había entrado al salón, sucio de barro y sin decir nada, había cambiado el canal con sus dedos torpes.  Había cinco o seis pacientes más, pero Nana fue la única que protestó.  Primero se habían lanzado temibles balbuceos que sólo ellos entendían. Luego, amagaron golpes y finalmente, empezaron a gritarse.  La enfermera que llegó a imponer el orden les apagó el televisor como castigo.  Los demás internos se fueron, pero ellos se quedaron uno frente al otro mirándose por horas con un sordo encono.     

Sin embargo, al día siguiente se buscaron en la sala de la televisión y se sonrieron con picardía.  Anduvieron todo el día juntos.  Ese día, Benja descubrió dos cosas.  La primera que los estremecimientos de Nana no daban espera y debían ser satisfechos a la mayor brevedad.  La segunda que había algo al sur de su desproporcionado cuerpo que le servía para apaciguar las inquietudes de Nana.

Por eso no les permitían andar juntos.  Ya los habían descubierto varias veces en los laboratorios vacíos, en el cuarto de la limpieza y hasta en los baños.  El padre de Nana había tomado la precaución de operarla para evitar un embarazo, pero la hiperactividad sexual de Nana y Benja generaba incomodidad entre el personal de planta y era un pésimo ejemplo para los otros internos.

…La enfermera tocó la puerta, primero con suavidad y luego con firmeza.  Al no obtener respuesta, entró al cuarto.  Nana dormía de costado.  La cobija había resbalado hasta el suelo.  Nana estaba desnuda porque no soportaba la ropa por las noches.  La muchacha era de una pequeñez dolorosa, sus huesos sobresalían por donde se le mirara, pero tenía la belleza de las personas tiernas.  La enfermera le tocó un brazo y Nana se quejó en sueños.  Luego le corrió el pelo de la cara y Nana se movió hasta quedar boca arriba.  La mujer se sintió aceptada y se despojó de su bata exponiendo el ocaso de su cuerpo al frío de la noche.  Aventuró una caricia desde el hombro de Nana hasta su cadera.  En ese momento el sueño de Nana se hizo añicos y abrió los ojos.  Vio a su guardiana desnuda y ansiosa sobre ella y pensó que la iba a golpear.  Lanzó un grito de terror y la empujó hacia un lado antes de salir al pasillo corriendo y gritando.  En su huida, terminó por estrellarse contra el director del hospital quien estaba haciendo una ronda por las habitaciones.  Cuando entraron al cuarto de Nana, encontraron a la enfermera tirada en el suelo.  Un hilo de sangre bajaba de su frente y se perdía entre sus magros pechos.  Al otro día, el director interrogó a la mujer sobre las extrañas circunstancias en las que la habían hallado.  No había mucho que decir porque los hechos hablaban por sí solos.  Recibió resignada la reprimenda de su superior y luego, los murmullos y risas maliciosas de sus compañeros en los pasillos.

Desde ese día, la enfermera solo pensaba en la venganza.  No creía poder soportar la vergüenza ni la mirada reprobatoria del resto del personal.  La culpa era de de Nana, de eso no había dudas, y el desquite llegaría en su momento.  Afortunadamente, para la enfermera, no la relevaron de cuidar a su paciente porque para la institución una enferma de caridad valía muy poco como para preocuparse por ella.  En esas circunstancias, se incrementaron los bofetones en la cara y el odio de la mujer por su paciente.
 
Una tarde de domingo, Nana salió al patio a ver si Benja, por fin regresaba.  Se sentó en el borde del pozo y lo llamó con susurros.  Dos lágrimas corrieron por su rostro porque estaba perdiendo la esperanza.  Lo invocó con todas sus fuerzas, cerró sus ojos y lo imaginó con su gorra de golf blanca y su overol azul.  Así como estaba el día en que se fue a buscar el nuevo mundo dentro de la boca del pozo.  Nana no oyó a la enfermera acercarse.

─Tu novio está en el fondo, bonita… y te está esperando.

Nana no confiaba en la enfermera, pero podían más las ganas de ver a Benja, de tal forma que se agachó más.  Estiró su cuerpo pero no logró verlo.  La enfermera la sostuvo por la cintura y Nana alargó su cuello lo más que pudo sobre el pozo.  De pronto, las manos la soltaron.  La luz dejó de rodearla y Nana sintió su cuerpo flotar mientras una sensación de vértigo se apoderaba de ella.

Los cuerpos livianos hacen poco ruido al caer. 

La enfermera esperó cinco minutos hasta que terminó de aquietarse el agua y gritó con todas sus fuerzas.  El resto de personal de turno, el director y algunos pacientes salieron al patio.  La mujer señalaba histérica el fondo del pozo.

Dicen que los ahogados recuerdan toda su vida antes de perecer.  Nana no tuvo mucho que recordar porque sus mejores recuerdos estaban asociados con Benja, y él ya venía a su encuentro flotando en la bruma de su promesa.  Parecía incluso un hombre apuesto y su sonrisa tenía algo de elegancia.  Tomó a Nana de la mano y mientras salían del pozo, pudieron observar a los concurrentes, quienes indiferentes a la muerte, escuchaban con atención a la enfermera cuando les contaba que en un momento la paciente estaba allí y al siguiente había desaparecido sin que ella hubiera podido hacer algo para evitarlo.     

miércoles, agosto 22, 2012

Tu Voz en "Off"

Por Carlos Vásquez

Terminaron de hacer el amor.  Un amor accidentado y de prisa por las preocupaciones de cada uno.  Compartieron los besos después del coito, aquellos que en los amantes suelen ser los más dulces.   Aún dentro de ella, él empezó a susurrarle sus querencias al oído. Ella lo escuchó un poco azorada.  Entre palabra y palabra, él besaba el lóbulo de su oreja, a veces su cuello y en ocasiones la línea de sus cabellos. Ella se preguntaba qué clase de hombre era aquel que narraba lo vivido en el preciso instante en que sucedían las cosas.  Escucharlo era asistir a un fenómeno de exquisita sincronía.  Él la  besaba y al mismo tiempo narraba el beso que le estaba dando.  Si lo atacaba el temor, entonces le contaba que estaba temblando de miedo.

 Vertió en ella esta historia, hasta que poco a poco, la nave de sus palabras la fue sacando de su propio cuerpo y la llevó a navegar mar adentro.  Antes de llegar al puerto esperanzador que se divisaba a lo lejos, el barco de sus argumentos empezó a llenarse de recuerdos. Eran tantos que terminaron por naufragar, y cuando él le describió la sustancia de la cual estaban hechos los rayos del sol, ella se desmayó insolada.  Él le mojó los labios con su saliva y narró como su espalda le haría sombra.  A lo lejos, sus palabras le hablaban del sonido de las olas que se estrellaban sobre los maderos que los sostenían después del estropicio. 

Él guardó silencio por unos instantes, o así le pareció a ella aunque en realidad seguía viéndolo todo a través de su voz.    La historia había llegado casi a su final.  Un susurro de él le indicó que habían llegado al puerto.  Ella abrió sus párpados en el preciso momento en el que él le anunciaba que estaban a punto de ser habitados de nuevo por la desazón de la incertidumbre...   

Esa tremenda incertidumbre que ataca a los amantes en el momento de separarse, porque ni ellos, ni ninguno de los amantes que existieron antes o existirán después, podrán saber si ese encuentro que viven con tanta intensidad será, infortunadamente, el último.

domingo, julio 01, 2012

El sancocho como herramienta de recuperación de la memoria

Por Carlos Vásquez
El sancocho en leña es un ritual para mi familia política.  A través de la ingesta de este suculento potaje se puede reconstruir la historia familiar de las tres últimas décadas.  Hablar en términos de sancochos vividos, y no de años, se ha convertido en una costumbre.  Por ejemplo, si uno va a hablar de una Navidad en especial, es importante aludir a algo sucedido durante la preparación, ingesta o digestión del correspondiente caldo del año en cuestión.
 
- ¿Te acuerdas del sancocho en el que estuvo el hijo de doña fulana? -pregunta alguien.
-¿Cuál?  ¿Ese, en el que llovió y tocó terminarlo en la estufa eléctrica porque se nos mojó la leña?
-Sí, ese.
-Ah, pensé que te referías al que hicimos junto al río, el día que se nos olvidó traer los plátanos, o al sancocho aquél, el que hicimos en la casa de Ómar...

Cada Día del Padre, alguno de los hijos recuerda a mi suegro -un hombre maravilloso- y empieza a hablar de su mirada azul cargada de honestidad, o de sus manos acostumbradas al trabajo de la tierra, o de su descuidada manera de entrar a la cocina derramando el café sobre la mesa. E inmediatamente, una de las hijas lo relaciona con el mencionado plato tradicional.

-¿Te acordás de cómo disfrutaba papá cuando hacíamos sancocho con “carne gorda”? -dice una de ellas- A mí me parece verlo, feliz como un niño, mientras una gota de caldo le resbalaba por la barbita blanca -y dice así, “barbita”, mientras cierra los ojos estremecida de nostalgia.

Por eso ayer no pude contenerme cuando una de mis concuñadas empezó a fastidiar con el tema de la puntualidad en los sancochos.  Era cosa que alegaba a grandes voces que muchos llegábamos tarde al ritual gastronómico familiar.  La enojada mujer se preguntaba por qué, si se citaba a las dos de la tarde, algunos llegábamos a las cuatro o hasta después.  Luego, frente a la indiferencia de los demás, empezó a incomodar diciendo que a los sancochos se debía llegar mínimo a las diez de la mañana.  Finalmente, la incisiva señora sugirió que a los sancochos se tenía que madrugar para que “rindiera” el tiempo.  Estoy seguro de que así hubiera seguido discurriendo sobre la hora en la cual se debe empezar un sancocho, si yo no le hubiera cortado la perorata.

-¡Un momento, mi señora! -la detuve antes de que se atreviera a transformar el  apetecible sancocho en un aterrador ritual de insomnio- Me niego rotundamente a tener que “marcar tarjeta” para asistir a un sancocho.
-No es para tanto -remató la señora que no esperaba oposición.
-Sí lo es… porque los días que nos reunimos son también días de descanso.  Mi única obligación es cumplir un horario en mi trabajo, pero de ahí, a cumplir también con un horario para asistir a un evento familiar… ¡Jamás!  Así que siento mi más enérgica protesta contra la tiranía alimentaria a la que Ud. nos quiere someter.

Creo que fui un poco enfático al aclarar mi punto de vista porque de inmediato me cercaron las miradas de reproche del resto de la mesa.  Y es que justamente ese fin de semana teníamos programado otro encuentro junto al fogón de leña.  Adivine el lector en casa de quién… sí, en la casa de la dictadora culinaria, en el hogar de la maquiavélica esposa de mi cuñado.

 Sin embargo, me mantuve en lo dicho. Me sentí como Enrique IV cuando renunció a su fe al abrigo de las palabras “París, bien vale una misa.”  Yo, parodiando al célebre rey protestante, rematé:
         
   -Una mañana de descanso no vale ni el más potente de los sancochos… ¡He dicho!


Como nadie sabía allí de qué demonios estaba yo hablando, optaron por ignorarme y seguir pensando que definitivamente soy un tipo de lo más extraño.

Epílogo

El domingo disfrutamos un hermoso amanecer. Lo pude percibir con mis ojos abotagados por una noche incompleta.  De nuevo el ritual del sancocho.  Esta vez en casa de mi concuñada.  Éste lo recordaré como el día en que la dictadura asumió el control del sancocho familiar.  Efectivamente, el caldo estuvo temprano, todos llegamos a tiempo, y la pasamos bien.  Pero, mientras devoraba el sancocho en leña, miré a la mujer que lo había preparado, sus ojos inyectados en rabia me miraban desde el otro extremo del corredor.

Y fue justo en ese momento, cuando tuve la certeza de que el caldo que me estaba tomando estaba muy bien condimentado con el ligerísimo sabor de la venganza.

sábado, junio 30, 2012

Avisos clasificados literarios

Por Carlos Vásquez
VENPERMUTO una copia en barro de la barbilla egipcia del gato gruñón que duerme sus soberbias junto a la mesa donde escribo.


REGALO los ocho trozos de nylon que cubrieron mi cabeza siete días después de mi descalabro. Ideales para remendar balones de fútbol desauciados, zurcir alerones de avión y cerrar brechas profundas entre el suelo y el infinito.


COMPRO A BUEN PRECIO trompo, baraja y tornillos.  El trompo para la quiña, la baraja para jugarme la vida como Barba Jacob y los tornillos para apretar las tuercas del titiritero ebrio con rostro de esperanza que duerme en mi corazón.


VENDO BARATÍSIMA una escupidera para los odios de la razón.  Funciona para los abusos de los políticos recién llegados, los retortijones públicos y las injusticias sociales mal cubiertas.


A PRECIO DE RISA ofrezco una brújula  para navegar por los marismas en la mirada de una mujer, lupa para ver el tigre que reposa en el interior de nuestros niños proceres y una vasija mágica para guardar el olor de una tarde de granizo.


OFREZCO sandalias playeras con arena de recuerdo adherida a sus suelas... añado, sin costo alguno, los rezagos de un amor eterno que duró lo que duraron las vacaciones de 1986.


VENDO ristra de pegasos de papel recortados artesanalmente y unidos por el hilo de los sueños infantiles que no pude cumplir por falta de voluntad y algo de mala suerte.


ESCRIBO poemas de rescate a domicilio siempre que se haga el pedido con tres días de anticipación.  La entrega se hará efectiva el domingo a las cinco de la tarde por ser la hora favorita de los suicidas.


COMPRO a cuotas esa boca traviesa que alguna vez me cansé de besar por un capricho de mi juventud.  Prometo devolverle a su dueña hasta el último beso junto a los intereses causados y una jugosa compensación por daños y perjuicios.


OFREZCO generosa recompensa al primer cuello desnudo cuyo aroma me recuerde el delicioso perfume que usaba la mujer de mis sueños el día que me dijo: "Ven, cubre mi desnudez con tus caricias".

lunes, junio 18, 2012

Sobre la ubicación del clítoris... una historia familiar

Por Carlos Vásquez


La reunión familiar estaba en su furor.   Estábamos casi todos y hablábamos de enfermedades y dolencias físicas.  Tema inevitable cuando la mayoría pasa de los cincuenta años.  Que si tal pastilla cura la gota, que si tal otra, la migraña, en fin.  La farmacopea de la familia acumulada por tres o cuatro generaciones estaba siendo recorrida por completo.   

            De pronto una voz se alzó sobre las otras.  Era la voz de mi tía.  En nuestra reunión de hipocondríacos, sus palabras presagiaban el surgimiento de un mal hasta ahora desconocido en nuestro microentorno.  La baraja familiar de nuestras enfermedades estaba a punto de anexar una nueva condición médica.  

            Nos fuimos quedando callados.  Una tras otra, las miradas curiosas fijaron su atención sobre la tía.  La pobrecita hacía esfuerzos inmensos por revelar el punto exacto de su anatomía donde tenía una inflamación.  Inicialmente, se llevó la mano al cuello, al tiempo que señalaba algo que parecía estar en el centro de su cabeza o en la parte baja de su cerebro.  La cosa parecía un juego de adivinanza.

¿Es la garganta, tía?
No, hombre, es más adentro.
¿La laringe… es la laringe?
Es qué no sé cómo es que se llama… pero, sé que tiene un nombre.
El esófago, ¿cierto?
No.
¿El paladar, entonces?
Cerca, cerca…
Los espacios interdentales dijo uno de los más viejos por hacerse el conocedor.
¡Cómo se te ocurre!  Más atrás, más atrás. 
En fin, pese a los esfuerzos de todos no fue posible adivinar el lugar del dolor de la tía.  De pronto, su rostro se iluminó.  Una palabra se había abierto camino desde su subconsciente y ella pudo expresarla claramente.
¡Ya sé! –gritó emocionada–, lo que yo tengo es una… ¡inflamación de clítoris!
Nadie habló.  Por un momento, todo fue asombro y turbación.  Yo miraba el suelo tratando de espantar la imagen que mi tía acababa de implantar en mi mente, y que disolvía de un plumazo los recuerdos tiernos de ella que había acumulado durante mi niñez. Otros carraspeaban o tosían incómodos.  Los niños notaron la tensión y dejaron de jugar para venir a ver qué pasaba. Una vecina se mordía los labios y miraba nerviosa hacia la puerta.
Fue en ese terrible momento cuando mi tía, con todo el candor de que era capaz, nos aclaró que ella se refería refería era a la “bolita esa” que todos tenemos al final del paladar.
El furibundo esposo de mi tía fue quien nos sacó del trance porque se atrevió a decir:
¡Esa se llama  ‘úvula’, bruta, no clítoris!
Al percatarnos del error –de localización, no de forma anatómica–  todos estallamos en estrepitosas carcajadas.  Los vecinos de todo el edificio empezaron a llamar a los porteros para hacernos callar porque la barahúnda alcanzó proporciones telúricas.
Sólo mi abuela, quien tenía por aquel entonces ochenta y nueve años, permanecía sentada muy modosita en su silla de ruedas.  Yo estaba a su lado, por eso me tomó del brazo y me obligó a acercarme. 
Yo no sé por qué se enoja tanto el marido de aquella, mijo.  Si Anatilda siempre ha sido una burra desde desde chiquita.  Míreme a mí, con la edad que tengo, yo todavía sé diferenciar bien lo que tengo en la boca de lo que tengo entre las piernas me dijo al tiempo que me guiñaba un ojo y sonreía con picardía.  
Dicho esto, la abuela regresó a su  mutismo y a sus recuerdos.  Traté de contestarle algo, pero me di cuenta de que la hermosa anciana y sus recuerdos estaban ahora mucho más lejanos en el tiempo y en el espacio de lo que yo hubiera podido imaginar.


Fuente de la imagen:

Fotografía tomada del website Visualphotos.com.  Extraída el 18 de junio de 2012 desde http://www.visualphotos.com/image/2x2667956/woman_with_her_mouth_wide_open

domingo, abril 29, 2012

En Defensa de la Grisales


Por Carlos Vásquez

Las críticas a la modelo, actriz y presentadora colombiana se multiplican cada vez que la diva aparece en televisión o es capturada por los flashes de los fotógrafos de farándula.  Unos hablan de su edad, otros de sus comentarios vehementes y algunos les incómoda su supuesta laxitud moral.  Sin embargo...

Amparo Grisales, 50 años.  Diva colombiana.

Amparo Grisales no posa de diplomática, académica o profesional en ejercicio.  Ella simplemente se limita a ser bella y sensual.  Por mi parte, no le pido más, porque esa fue su opción de vida.  Por el contrario, siempre me he preguntado cuántos tipos quisieran que su pareja se mantuviera así de estupenda a su edad, o cuántas mujeres quisieran verse así de sensuales a sus años. 

Algunos dicen, sobre todo las féminas, que todo en el cuerpo de la Grisales es postizo y que es el resultado lógico de muchas horas de entrenamiento en el gimnasio.  "Así cualquiera", agregan sus detractores.  Bueno, a mí no me consta nada, pero para efectos de exponer mi punto de vista, hago una analogía: yo soy comunicador, esa es mi profesión, y para ejercerla –aparte de algo de talento– necesito hacer algunas inversiones: una grabadora, una buena cámara, un buen portátil, además de un par de costosos dispositivos tecnológicos.  Pero si fuera modelo y viviera del “cómo me ven los demás”, creo que gran parte de mi dinero iría a parar a las manos de cirujanos plásticos, productos rejuvenecedores y costosos centros de acondicionamiento físico.   Además, ir a un gimnasio no tiene nada de malo, por el contrario, es de admirar la disciplina y la voluntad de Amparo Grisales.  Lo digo yo que llevo más de diez años amenazando con matrícularme en uno de ellos, pero mi fobia al dolor muscular me lo impide.

La Grisales no tuvo tiempo para estudiar un posgrado o hacerse otorgar un título honoris causa en alguna universidad prestigiosa, de la misma manera como muchas mujeres no tienen tiempo para hacer ejercicio o dedicarse a su cuidado y atención personal.  Nuestra diva colombiana tiene recursos económicos, eso es cierto, pero no por eso se le puede considerar una mala persona.  La solvencia y los contactos adecuados ayudan a que una persona ascienda los peldaños de la escalera del éxito con mayor rapidez, pero no la descalifican como profesional.

En referencia a este tema, a veces pienso en mí como un escritor, pese a que ninguna editorial famosa me ha publicado un libro, ni me he preocupado porque lo hagan.  Sin embargo, si fuera familiar de los directivos de una de ellas o si tuviera el contacto adecuado, no dudaría en aprovechar mis amistades para tener el gusto de ver mis textos en blanco y negro.  ¿Eso me hace un mal escritor?

Aclaro que admiro mucho la inteligencia en una mujer, pero también me atrae la belleza física.   La Grisales me ha convencido siempre con los argumentos de su cuerpo, y nunca con los de la razón.  Si la juzgo intelectualmente, al lado de mi admirada Diana Uribe, por ejemplo, la diva sale perdiendo, pero si la comparo con… bueno, con cualquier esposa del vecino que sale en pijama rota y sin bañarse todos los días a  las dos de la tarde para la tienda, pues es indudable que la diferencia se nota.

Amparo, estoy con usted.  Me importa un bledo los chistes que hagan a su costa,  me tienen sin cuidado los disparates que usted diga o los que le atribuyan los medios.  Usted es simplemente una mujer despampanante porque en usted se conjuga una poderosa mezcla de femineidad, sensualidad y erotismo.

Por esto y por todo lo que usted es, me atrevo a proclamar, voz en cuello: “Larga vida a la Grisales”.

Nota: hágase mi saludo extensivo a la superbellísima Natalia Paris… faltaba más, a mí también me gusta “la música de los CDs”.


Fuente de la imagen:

Fotografía tomada de la Revista Soho.  Extraída el 29 de abril de 2012 desde http://www.soho.com.co/galerias-mujeres/galeria/amparo-grisales/15032

domingo, febrero 12, 2012

Noches Oblicuas del poeta José Marío García

Presentación

Por Carlos Eduardo Vásquez
Portada del libro, publicado en febrero de 2010
Noches Oblicuas es un poemario que transita un camino nunca recorrido.  Uno no debe leerlo si busca licores demasiado dulces o venenos demasiado amargos.  Amigo lector, usted no encontrará en las próximas páginas un romanticismo impotable o un “malditismo” a prueba de toda lógica.  Y es que los poemas seleccionados  por José Mario García para esta edición tienen su propia dinámica.  Están cocinados en su salsa de originalidad.  No se parecen a nada.  Son ellos mismos per se.  En este libro, el segundo del autor, uno reconoce a un poeta que plasma sus sentires sin muletas ni artilugios rimbombantes que engañen la estética.  Es decir, en estas letras uno encuentra un tipo de poesía que evita la pirotecnia verbal que aturde los sentidos, y en cambio, se respira una franqueza infalible durante todo el trayecto poético.  
Las palabras nuevas emergen con abundancia en Noches Oblicuas.  Desde el primer momento, el poeta se apoya en la licencia poética para elegir palabras nunca antes usadas, y en consecuencia, el lector se obliga a construir percepciones nunca antes sentidas.  Uno podría decir que incluso vocablos de antiguos idiomas desfilan impunes por este poemario que agita la comodidad de la norma.
Los versos de José Mario están llenos de sorpresas.  Por ejemplo, en cualquier recodo uno se encuentra con que el olvido es una hierba diminuta que crece en los resquicios de la noche.  Los retruécanos y juegos de palabras provienen de lugares donde lo tridimensional se desborda.  Mezclas imposibles y contrasentidos deleitosos forman parte de la filigrana de imágenes que se suceden unas a otras en un despliegue de ideas.
En Noches Oblicuas también hay niñeces… pequeñas gotas de recuerdos capaces de transportarlo a uno a los diminutos universos de la infancia.  En algún momento de la lectura el recuerdo acude vestido de niño que mira las nubes y coteja los cristales de hielo con su infantil realidad, más por conjura de su voluntad que por el arte adulto de la razón. 
Fantasmas y mariposas deambulan cada tanto por las Noches Oblicuas, los primeros  sin poderes, y las segundas sin alas.  Los unos redivivos y las otras en agonía.  Personajes inmortales pasean por este poemario: Rimbaud; Zaratustra; Heráclito; Parménides y hasta Juana, la loca de Castilla, caminan sin recato por los pasillos eternos de la poesía.
De pronto, casi al final, uno se ve rodeado por noches de diferentes colores en una diversidad de devenires. Entonces, surge la pregunta: ¿será este devaneo del poeta con sus noches oblicuas parte del contubernio inmortal que siempre ha existido entre el poeta y los asombros de la oscuridad?
La respuesta la tiene su propio autor… el poeta es él, los poemas son su expresión y la poesía es el mensaje. 
Que se abra el telón, entonces, y sean sus palabras las que alumbren, como el faro de Alejandría, las noches oblicuas de los navíos rumbo al puerto. 

viernes, diciembre 23, 2011

Hablando de Villancicos...

Pregunta 1: Qué quiere decir "tutaina... tuturumá, turumá, turumá?
Respuesta:
Según algunos estudiosos peripáteticos de la primera generación, el término "Tutaina" era el grito de guerra de los alejandrinos cuando estaban en combate y el clima gélido de los países del norte los hacía estornudar. Así, para despistar al enemigo, en vez de decir "hachís", decían "Tutaina!". Los enemigos del gran reino, decideron responder agresivamente a ésta horrible batalla viral y agregaron el "Tuturumá" a sus estornudos nórdicos. Incluso, cegados de ira y sed de venganza lo decían tres veces hasta que los tímpanos de los alejandrinos estallaban y eran entonces presa fácil de sus lanzas y espadas. Esta costumbre llegó a Belén con el malvado Pilatos y se incorporó a los villancicos en el siglo II de nuestra era.

Pregunta 2: Qué es eso de los peces en el río que "beben y beben y vuelven a beber"?  Acaso, están borrachos?
Respuesta:
Lo de los peces alcohólicos es otro cuento. Beben, beben y beben por... pues, por degenerados!. Todo les sirve de excusa: que un ovocito se les fue río abajo, que a una de las peces más "gomelas" se le partió una escama, que una corriente los puso a sudar, que hace calor, que hace frío, que para el reumatismo, que porque el pez más dorado del estanque se fue con una guppy de velo, que porque el renacuajo vecino se volvió sapo y los "echó al agua", en fin. Pero lo que sí me parece una infamia es que digan que viven borrachos todo diciembre porque no pueden asomarse a ver al Dios nacido. Eso es una vil excusa, sí señor! Me tienen harto esta manada de irresponsables... acaso hay gente tan infame como para no recibirlos en  AA (Acuáticos Anónimos)?. 

miércoles, noviembre 23, 2011

El milenialito

Por Carlos Vásquez

Sinopsis de un libro aún por escribir
Un muchachito que parece de otro mundo porque vive atrapado por la pantalla de un computador, acosado por el hambre, decide por primera vez en su vida, bajar a comer algo a la cocina de su casa.  Allí se encuentra con un anciano en levantadora que dice ser su padre y está reparando la nevera.
   
A partir de ahí, surge una interesante historia en la cual el milenialito le cuenta al hombre todo acerca de su  minúscula habitación en la planta superior y de su única ventana al universo: la Web.   En la historia del niño aparecen los dos únicos amigos vivos con los cuales el milenialito comparte su realidad: un pequeño cactus y un hámster gris.
   
El hombre se entera de los varios mundos virtuales que ha visitado el milenialito: un mundo habitado por extrañas criaturas que piensan en cajas de 143 caracteres; otro en el cual gobierna un avatar arbitrario y déspota al cual hay que derrotar para pasar a otro nivel superior; incluso, uno de esos mundos virtuales está habitado por gente que se pasa la vida grabándose sí misma mientras hacen absurdas maromas que otros pueden observar y comentar. 

La historia termina cuando el milenialito es mordido por el perro de la familia que, a fuerza de no verlo, ya no lo reconoce.  El padre, sollozando, carga al niño entre sus brazos y lo regresa a su mundo en el segundo piso de la casa. 

(A propósito del libro “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry)

Coronel no tiene Emails

Por Carlos Vásquez

Sinopsis de un libro aún por escribir
Fernando Coronel, un veterano ingeniero de sistemas caleño que ha dado todas las batallas desde que los computadores usaban tarjetas perforadas, espera hace más de 30 años una beca en Harvard.
La razón: hace tres décadas, Coronel encontró sobre su escritorio de profesor una carta de la prestigiosa universidad.  En ella lo invitaban a desarrollar el primer posgrado en comunicación digital en el mundo.  Los gastos iban de cuenta de los americanos.

De inmediato, Coronel redactó su respuesta y espero noticias a vuelta de correo.  Jamás llegaron.  Ese fue el inicio de un ataque epistolar encarnizado que emprendió el ingeniero.  Luego, cambió las cartas por las llamadas desde Telecom a los Estados Unidos que le consumían la tercera parte de su salario.

Cuando Internet llegó a Colombia, Coronel descubrió que la universidad de sus sueños tenía un Website y su primer email fue para ellos.  El mensaje fue milagrosamente contestado.  En la respuesta le decían que no comprendían que había pasado, pero que estaban dispuestos a compensarle el error con largueza.

De ahí en adelante no pasó un solo día en que Fernando Coronel no escribiera un email a Harvard.  Primero, en tono de súplica, luego en un estilo solemne y finalmente, en el tono agresivo que le daba el derecho a una beca que había esperado por más de media vida.

El último mensaje sólo contenía una palabra.  Por cierto, muy poco inspirada en la tradición y respetabilidad de Harvard: "¡Shit!"

(Inspirado en “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez)

El servidor más grande del mundo


 Por Carlos Vásquez
Sinopsis de un libro aún por escribir

Esta es la historia de Luis F.,  un conductor de un camión repartidor de computadores a domicilio de Bogotá quien, tras ganar una apuesta, recibe como regalo de su patrón un computador portátil sencillo que tiene en su escritorio 10 tutoriales con instrucciones precisas para ser vistos, en estricto orden, por periodos de un  mes cada uno. 

Luego de estudiarlos cuidadosamente, Luis F.  descubre que el verdadero valor de su regalo no está en el costo del equipo, ni siquiera en los aburridos y paternalistas tutoriales, sino en un extraño software que le permite trasformar los videos de YouTube en hologramas tridimensionales.

Luis F. empieza a ganar mucho dinero con esta invención, pero un día descubre que su negocio no tiene futuro si no logra tener un servidor que pueda almacenar todos los archivos holográficos de BogoTube -su  recién creada empresa de social media-,  y tenerlos disponibles para los usuarios. 

Finalmente, después de muchos esfuerzos, Luis F. y su equipo de trabajo desarrollan el servidor más poderoso del mundo.

El antiguo repartidor de equipos de computo envejece junto su amada Gloria en espera de un “elegido” a quién pasarle su millonario secreto y así poder morir en paz.
(Basado en “El vendedor más grande del mundo” de Og Mandino)

Oído al Azar

Por Carlos Vásquez
 
Confieso que soy un cazador de conversaciones callejeras.  Estoy siempre al acecho y cuando logro capturar alguna interesante, le doy una forma inteligible y la publico en mi Facebook.  Esta es una compilación de algunos trozos de charlas “Oídas al Azar”:  
 

Dicho por un periodista de La FM: "Timochenko, el nuevo líder de las Farc, confía solamente en ocho hombres, entre ellos... dos mujeres".
 

Mi sobrinita al contestar de un celular que se le quedó a mi esposa en su casa: "No, tío, ni ella está aquí... ni yo tampoco estoy allá".
 

Un vecinito llorando cerca de mi puerta: "En mi casa ya no se puede ni respirar... *sollozo* ...tengo tres castigos al mismo tiempo y yo ni siquiera sé por qué... *sollozo* ...eso es lo que más rabia me da *grito*".   Comentario personal: ¿tres condenas y ningún culpable?  
 

Un borracho con aires de playboy criollo: "Pa’que sepan… ¡Yo todavía estoy vivo y puedo querer!".
 

Un colega ufano, en la celebración del Día del Periodista y el Comunicador: "Nosotros fuimos quienes empezamos con ese recordado periódico regional llamado... eh... ¿cómo era que se llamaba?"
 

Escrito en la última página de un cuaderno olvidado por un estudiante de primaria en un salón de clase: "Tarea: para el lunes traer una cartelera donde se resalte el valor de la responsabilidad."
 

Una compañera de oficina en diálogo serio con la secretaria: "¿Será que me opero… o mejor me compro una tiquetera?"
 

En uno de los pasillos de la Universidad: "Sabe qué, parce, no estoy seguro de la ingeniería... pero sí sé que lo mío es bailar".  (Palabras emocionadas de un estudiante en medio de un paso de moonwalking).
 

Mujer madura en un bar: "Finalmente, llega un momento en que la mujer interior muere... ¡Pero, revive, H.P!"
 

Tres camajanes adolescentes montados en una bicicleta: "Tenés que estar listo, pirobo, porque esta tarde nos vamos a atarvanear.”
 

Dicho por mí en un diplomado de comunicación comunitaria de la UCO, refiriéndome al Facebook: "Para algunas personas, reencontrarse con sus viejos amores, a veces, trae nuevas infidelidades".
 

Locutor de La FM de RCN hablando del examen rectal de próstata: "Lo que soy yo, soy muy macho, primero me muero antes de hacerme ese examen."   Comentario personal: claro que te vas a morir, pero de cáncer... ¡por bruto!
 

En una reunión familiar, dicho por uno de mis cuñados: "¡Usted qué está haciendo por allá, hermano, no ve que el Día del Padre es para pasarlo con la mamá!" -llamada telefónica teñida de reproche-.
 

De boca de una gran amiga psicóloga: "Ya no se puede hablar de solterones y solteronas, sino de 'solteras y solteros prolongados', ¿oyó?"

domingo, marzo 27, 2011

El Libro de los Placeres Sencillos

Presentación del nuevo libro del comunicador Carlos Vásquez próximo a ser publicado.  Esta es una introducción tipo magazine con los principales conceptos que los lectores encontrarán en mayor extensión dentro de los contenidos. 

¿Alguna vez has disfrutado mucho algo que por su sencillez, era profundamente delicioso? este libro está lleno de actos que pasan por nosotros sin esperarlos y sin planificación, pero que nos producen un profundo e inquietante placer.


jueves, marzo 24, 2011

Cambios de Google no se sentirán en Colombia

Por Carlos Vásquez











 








Google ha cambiado su algoritmo de búsqueda. Aunque el concepto de innovación no es nuevo para está organización, sí es importante resaltar que la mayoría de los cambios son usualmente imperceptibles para las millones de personas que acceden a este servicio. Sin embargo, los ingenieros de Google aseguran que esta última actualización en verdad será notoria para los usuarios.

Los sitios con publicaciones originales subiran su nivel de notoriedad en las listas que arroja el buscador, mientras que los sitios que sean mayoritariamente copias de otros sitios o publicaciones recicladas de otras páginas descenderán.

Infortunadamente, para Colombia estos cambios no se verán reflejados todavía para las búsquedas de los usuarios de Google. Los cambios se introducirán primero en Estados Unidos y luego se implementarán paulatinamente en el resto de países.

Así las cosas, los colombianos tendremos que esperar un poco más para dar un veredicto final sobre la eficiencia del nuevo algoritmo de búsqueda de este gigante de la Internet.

martes, marzo 22, 2011

Bajo las Riendas del Amor -- Capítulo 50

Nunca me gustaron las telenovelas. Me parece que son una suma de ingredientes extractados de la bajeza humana. Algo así como:

Tome una niña pobre, pero hermosa, con una ingenuidad que raye en la imbecilidad; extiéndala en una bandeja de plata para un hombre joven, bien parecido y multimillonario que sea vago y mujeriego. Agregue una villana, igual de hermosa que la protagonista, pero con mucho menos escrúpulos. En una oficina sórdida vacíe la presencia de un hombre maduro, igual de millonario al protagonista, pero desagradable y con una risa entre maléfica y estúpida. Salpimente con acordes emotivos al gusto y ahí lo tiene… el culebrón en su refinado estuche de realidad.

Ayer, recibí un duro golpe a mi mentalidad. Ayer… bueno, este… ayer participé en una de esas novelas mexicanas. En búsqueda del dólar de cada día, terminé haciendo un papel de extra en una escena de ocho minutos de una telenovela de Univisión. Me costó mucho controlar los nervios, pero finalmente las cosas salieron bien. Por un par de minutos, fui el típico gerente del restaurante elegante que atiende a los encopetados protagonistas de la historia… ¡Ja! Lo último que pensé hacer en mi vida...

Tal vez por eso dicen que éste es el país de las oportunidades.

Acerca de:"Bajo las Riendas del Amor"

Ver el video (adelantar hasta el minuto 7:00)

- Carlos V. -