jueves, octubre 02, 2008

BOLA DE MUGRE

“─Hay que ser muy paciente ─respondió el zorro─. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada […] Pero cada día, podrás sentarte un poco más cerca…”
-Antoine de Saint-Exupéry-


Cuando la bañamos, nos dimos cuenta de dos cosas. La primera es que su color natural era el rubio pálido y la segunda, es que no era un macho sino una hembra. Por esta razón, el nombre provisional de “Man” tuvo que ser descartado de inmediato. Desde entonces, decidimos llamarla con el nombre genérico de “Perrita”.

No sabemos cómo llegó, ni donde vivía antes. Lo único cierto era que en algún lugar de su cadena de hambres heredadas hubo un French Poodle mediano. Su pelo y su porte así lo atestiguaban.

Había llegado al barrio hace un par de meses y empezó a coquetear con todo el mundo. Don Alberto, el dueño de la tienda le daba pequeñas porciones de carne. Los niños se dividían en dos bandos: los que le daban patadas que “Perrita” esquivaba con cara de “¿Estás jugando, verdad, amigo?” y aquellos que la querían acariciar, pero que no se atrevían a trascender la suciedad impenetrable de su pelambre alborotado.

Con nosotros, “Perrita” usó una estrategia diferente. Nos acompañaba orgullosa durante las dos cuadras que separan a nuestra casa de la parada del microbús. Tenía un trotecito gracioso y le ofrecía su rosado hocico al viento en una actitud de duquesa en desgracia.

Daba risa ver la prepotencia de esta criatura mientras nos escoltaba hasta el primer peldaño de la escalera del vehículo público. Luego, se quedaba en la acera y ponía cara de desgarradora tristeza. Los otros pasajeros nos miraban sin creer que fuéramos los dueños de esa mancha maloliente que se despedía tan trágicamente desde la esquina.

De manera que decidimos adoptarla. Mi esposa y mi hija se armaron de valor y, provistas con unas largas tijeras y una barra de jabón para pulgas, se dedicaron a exorcizar los compactos rizos rastafari y la terrible fauna de parásitos de “Perrita”. Un par de horas después, apareció una princesita con huesos de gorrión y un severo prognatismo que contrastaba con sus ojos de miel y su mirada de ternura.

Ganada la batalla contra la mugre, no había objeción para que “Perrita” entrara a la casa. Sin embargo, la resocialización no fue nada fácil. Yo recordaba la domesticación del zorro por parte del Principito en el libro de Saint-Exupéry.

“Perrita”, estaba acostumbrada a la bóveda celeste como techo y no se sentía a gusto entre cuatro paredes. Pasaba un par de horas echada en la sala y luego se paraba como un perro cazador señalando la puerta. Entonces, le abríamos y ella salía disparada hacia la calle.

La creíamos un poco malagradecida y hasta descarada, pero nunca le dejábamos de dar su almuerzo. De vez en cuando, nos llevaba hasta el la parada de la esquina y yo aprovechaba para decirle en voz audible: “eres una perra malagradecida”… otras veces, la reconvenía: “tus decisiones son totalmente equivocadas, ¿sabes?”. Ella me miraba entre divertida y despreocupada y seguía con su caminar de bailarina coja.

La otra noche tuve la oportunidad de probarle a “Perrita” que ella estaba cambiando neciamente la estabilidad de un hogar por los avatares de la calle. Llegué de trabajar a eso de las nueve de la noche. Caía un aguacero torrencial. En cuanto abrí la puerta, el animalito pasó por mi lado como una exhalación y fue a parar a la mitad del andén. Se detuvo en seco cuando sintió la lluvia en sus narices y trató de devolverse. Me miró arrepentida, pero entendió que era demasiado tarde…

Antes de cerrar la puerta le dije: “Tú te lo buscaste… Así que espero que pases buena noche”. Cerré la puerta sin mirar hacia atrás. Me dolió hacerlo, pero, me consolé en la certeza de que el espíritu callejero de “Perrita” debía ser aplacado de alguna manera.

A la mañana siguiente, la bola de mugre redimida, se acercó y me saludó con miles de aspavientos. Parecía decirme con su mirada de cristal: “Tranquilo, hombre, no te molestes que ya entendí”.

La naturaleza de “Perrita” ha venido cambiando dramáticamente. Esta semana lo comprobamos cuando aparecieron dos jóvenes en el vano de la entrada que alguien había olvidado cerrar. Los tipos pidieron unos cuántos pesos quién sabe para qué. El animal que dormía a “pata suelta” sobre el tapete hacía un par de horas, los escuchó y se paró como una fiera. Empezó a ladrarles como si fuera la hora señalada y cuando los muchachos trataron de huir, “Perrita” los persiguió hasta el límite del barrio.

Así todo el mundo supo que no es lo mismo estar bañado y arreglado que estar sucio, que no es lo mismo dormir en el monte que conquistar un tapete en un hogar, que no es lo mismo ser un perro realengo que una mascota familiar y que, definitivamente, no es lo mismo pertenecerle al destino que haber sido domesticado por el amor.

Esta noche, por fin, “Perrita” duerme en nuestro hogar…


Carlos Eduardo Vásquez