sábado, marzo 01, 2008

NOCHE DE CIUDAD

Por Carlos Eduardo

La población amaneció conmocionada. Los gritos se escucharon toda la noche, pero nadie salió. Empezaron a la media noche y, con excepción de dos o tres pausas, no cesaron. Ninguno durmió. Los ojos, en los rostros lívidos, permanecieron abiertos en la oscuridad. Los más valientes, trataron de moverse, pero el terror los paralizaba. La mente de los insomnes funcionaba a toda prisa... Con las luces del amanecer, la población volvió a la vida, aunque nadie se asomaba a la puerta o las ventanas. Las familias se hablaban en voz baja. Los vecinos se llamaban por teléfono. Unos creían que, en el zoológico, los animales se revelaban contra su cautiverio. Otros, pensaban en dioses vengativos, cansados de violencia y destrucción. Los demás, imaginaban monstruos de mil formas, o gusanos enormes emergiendo viscosos de la tierra. No faltó el pecador arrepentido que escuchó los toques angélicos del Apocalipsis.

Con las primeras luces del alba, los gritos mermaron en intensidad. Eran más roncos, más moribundos, pero no menos aterradores. Con la luz, la población se lanzó a la calle dispuesta a conjurar el peligro. Se organizaron cuadrillas de defensores y barricadas por la ciudad. La muchedumbre, armada de escobas, palos y garrotes, se dio a la tarea de localizar los aullidos. La primera de las falsas alarmas, fue en el Hospital Central, donde un recién nacido extrañaba, a voz en cuello, la tibieza del vientre abandonado. La segunda, provenía de los barrios bajos, donde una mujer lloraba a su compañero, apuñalado a las puertas de un burdel.

La turba enfurecida percibió que los gritos arreciaban en la plaza principal. Hacia allá se encaminaron. Pasos apresurados. Trote furioso. Carrera desenfrenada. La masa derramaba el jugo de su odio como una fruta podrida. Gente de todos los lugares comenzó a agolparse en la plaza. Antiguos compañeros, compadres, familiares; muertos y vivos, copartidarios y viejos enemigos, se juntaron frente a la catedral pues de sus entrañas salían los gritos.

Antes del mediodía, la ciudad ocupaba la plaza y sus alrededores. El silencio se hizo sequía en las gargantas. Los rostros en tensión se desfiguraban por la ira. Lo que hubiera allí adentro lo iba a pagar.

Un último reventar de gritos en un paroxismo salvaje fue el detonante. Los perseguidores, un sólo hombre de mil cabezas, se abalanzaron contra las puertas. La madera crujió, los goznes volaron, se escuchó un estruendo de derrumbe. Y ahí estaban...

Sobre el altar mayor, empapados de sudor, hermosos y desnudos, un hombre y una mujer nacían al amor.