domingo, julio 01, 2012

El sancocho como herramienta de recuperación de la memoria

Por Carlos Vásquez
El sancocho en leña es un ritual para mi familia política.  A través de la ingesta de este suculento potaje se puede reconstruir la historia familiar de las tres últimas décadas.  Hablar en términos de sancochos vividos, y no de años, se ha convertido en una costumbre.  Por ejemplo, si uno va a hablar de una Navidad en especial, es importante aludir a algo sucedido durante la preparación, ingesta o digestión del correspondiente caldo del año en cuestión.
 
- ¿Te acuerdas del sancocho en el que estuvo el hijo de doña fulana? -pregunta alguien.
-¿Cuál?  ¿Ese, en el que llovió y tocó terminarlo en la estufa eléctrica porque se nos mojó la leña?
-Sí, ese.
-Ah, pensé que te referías al que hicimos junto al río, el día que se nos olvidó traer los plátanos, o al sancocho aquél, el que hicimos en la casa de Ómar...

Cada Día del Padre, alguno de los hijos recuerda a mi suegro -un hombre maravilloso- y empieza a hablar de su mirada azul cargada de honestidad, o de sus manos acostumbradas al trabajo de la tierra, o de su descuidada manera de entrar a la cocina derramando el café sobre la mesa. E inmediatamente, una de las hijas lo relaciona con el mencionado plato tradicional.

-¿Te acordás de cómo disfrutaba papá cuando hacíamos sancocho con “carne gorda”? -dice una de ellas- A mí me parece verlo, feliz como un niño, mientras una gota de caldo le resbalaba por la barbita blanca -y dice así, “barbita”, mientras cierra los ojos estremecida de nostalgia.

Por eso ayer no pude contenerme cuando una de mis concuñadas empezó a fastidiar con el tema de la puntualidad en los sancochos.  Era cosa que alegaba a grandes voces que muchos llegábamos tarde al ritual gastronómico familiar.  La enojada mujer se preguntaba por qué, si se citaba a las dos de la tarde, algunos llegábamos a las cuatro o hasta después.  Luego, frente a la indiferencia de los demás, empezó a incomodar diciendo que a los sancochos se debía llegar mínimo a las diez de la mañana.  Finalmente, la incisiva señora sugirió que a los sancochos se tenía que madrugar para que “rindiera” el tiempo.  Estoy seguro de que así hubiera seguido discurriendo sobre la hora en la cual se debe empezar un sancocho, si yo no le hubiera cortado la perorata.

-¡Un momento, mi señora! -la detuve antes de que se atreviera a transformar el  apetecible sancocho en un aterrador ritual de insomnio- Me niego rotundamente a tener que “marcar tarjeta” para asistir a un sancocho.
-No es para tanto -remató la señora que no esperaba oposición.
-Sí lo es… porque los días que nos reunimos son también días de descanso.  Mi única obligación es cumplir un horario en mi trabajo, pero de ahí, a cumplir también con un horario para asistir a un evento familiar… ¡Jamás!  Así que siento mi más enérgica protesta contra la tiranía alimentaria a la que Ud. nos quiere someter.

Creo que fui un poco enfático al aclarar mi punto de vista porque de inmediato me cercaron las miradas de reproche del resto de la mesa.  Y es que justamente ese fin de semana teníamos programado otro encuentro junto al fogón de leña.  Adivine el lector en casa de quién… sí, en la casa de la dictadora culinaria, en el hogar de la maquiavélica esposa de mi cuñado.

 Sin embargo, me mantuve en lo dicho. Me sentí como Enrique IV cuando renunció a su fe al abrigo de las palabras “París, bien vale una misa.”  Yo, parodiando al célebre rey protestante, rematé:
         
   -Una mañana de descanso no vale ni el más potente de los sancochos… ¡He dicho!


Como nadie sabía allí de qué demonios estaba yo hablando, optaron por ignorarme y seguir pensando que definitivamente soy un tipo de lo más extraño.

Epílogo

El domingo disfrutamos un hermoso amanecer. Lo pude percibir con mis ojos abotagados por una noche incompleta.  De nuevo el ritual del sancocho.  Esta vez en casa de mi concuñada.  Éste lo recordaré como el día en que la dictadura asumió el control del sancocho familiar.  Efectivamente, el caldo estuvo temprano, todos llegamos a tiempo, y la pasamos bien.  Pero, mientras devoraba el sancocho en leña, miré a la mujer que lo había preparado, sus ojos inyectados en rabia me miraban desde el otro extremo del corredor.

Y fue justo en ese momento, cuando tuve la certeza de que el caldo que me estaba tomando estaba muy bien condimentado con el ligerísimo sabor de la venganza.