sábado, marzo 02, 2013

Ciego de las Orejas

Por Carlos Vásquez


Nunca entendí lo difícil que es ser un buen vendedor hasta que viví los hechos que relato a continuación.  La paciencia, la prudencia y la cortesía más allá de toda prueba son los antídotos de estos hombres y mujeres curtidos en todas las necedades humanas. 
Resulta que hace un par de años realicé una incursión al centro de Medellín en busca de unos lentes nuevos.  La miopía en mi ojo derecho había sufrido un ligero incremento.  Esta vez, quería escoger un buen marco y estaba decidido a invertir un tiempo para quedar satisfecho con la compra.  Así que luego de visitar una docena de ópticas desde el Éxito de San Antonio hasta el parque Bolívar, sin obtener resultados positivos, encontré un lugar con un vendedor muy paciente y un gran surtido de marcos para escoger.  “Aquí fue”, pensé. 
Diez minutos después tenía sobre el mostrador veinte marcos de plástico y otros veinte de metal.  El vendedor, un hombre maduro, un paisa educado y cordial de los que ya van quedando muy pocos, asesoraba con atención la elección de mis gafas.
Estas se ajustan muy bien a su tipo de rostro.
No sé… parecen un poco torcidas.
¿A ver, qué tal estas con patas autoajustables?
¿Es que una ceja queda más alta que la otra, no le parece?
Con estas, se va a ver usted como todo un ejecutivo contraatacaba el hombre.
Pues, la verdad, se ven muy elegantes, pero no siguen el contorno de los ojos.
De esa manera transcurrió una buena hora.  El vendedor me mostraba un par de lentes y yo le hacía ver que todos los marcos estaban desajustados.  Lo curioso es que la paciencia del buen hombre se iba agotando de manera inversamente proporcional a la montaña de gafas que iba creciendo sobre el mostrador. Cada vez que el tipo creía encontrar un marco perfecto para mí, yo tercamente lo rechazaba aduciendo una imperfección. 
Estoy seguro de que así hubiéramos seguido hasta “agotar existencias” si el prototipo de amabilidad, el paradigma del vendedor correcto, el mesías del mostrador no hubiera reaccionado a tiempo.
Oiga, hombre… ¿usted nunca ha pensado en hacerse una cirugía?  Hoy es tan fácil que… me sugirió.
Empecé a contarle acerca de mi temor de exponer mis córneas a los rayos láser, las posibilidades de que se fuera la luz en medio de la operación, y mi opinión acerca de que las gafas formaban parte de mi personalidad, cuando él me interrumpió.
Pero si yo no me refiero a una operación correctiva para la miopía, de lo que yo estoy hablando es de operarse las orejas, pues me parece que tiene una de ellas más arriba que la otra aclaró.
Esta devastadora afirmación tiró por el suelo mis escrúpulos frente a la compra de unas gafas casi perfectas y logré entender porque siempre me costaba tanto trabajo encontrar un marco adecuado para mis lentes.  Me percibí como el discípulo que acaba de recibir una lección trascendente de su maestro y me sentí francamente tonto.
Tomé las últimas gafas que me acababa de mostrar y se las pasé sin más comentarios.  Le entregué la fórmula, aboné la mitad del trabajo y salí apresurado a encontrarme con un Medellín que recién empezaba a oscurecer. 

viernes, febrero 22, 2013

Los Estudiantes Buseta

 Por Carlos Vásquez



Hay estudiantes que pasan por la universidad, pero parece que la universidad no pasara por ellos.  Si el objetivo de la educación superior es un ser humano transformado a través de la apropiación del conocimiento, el desarrollo de habilidades y la proyección de actitudes profesionales, entonces, ¿por qué habrá tantos estudiantes buseta?

                El estudiante buseta se caracteriza por ser impermeable a los cambios.  Sueña con un trozo de papel para colgar en la pared, pero no entiende el concepto de realización profesional,  jamás ve más allá de lo obvio y se jacta de que nunca va a salir del “garaje” de su ignorancia.

El estudiante buseta “recoge” conocimientos todo un día en la universidad, pero igual que el conductor de transporte público que descarga a todos sus pasajeros antes de regresar a casa, nuestro individuo descarga todo lo aprendido en una matera de su casa y le echa tierra encima al mejor estilo felino. 

                El estudiante buseta es el mismo ser humano el día que presenta su entrevista, en la mitad de su carrera y el día en que se gradúa.  Todos los días, nuestro personaje, con una actitud inamovible, impasible e irreductible, viene a clase, pero no aprende nada.  Simplemente, se baña y sale para la U, igual que una micro, que antes de cumplir con su jornada debe estar lavada para hacer en la calle la misma vaina de todos los días.

                El estudiante buseta nunca se sale de su trayectoria, igual que un carro de pasajeros al que no se le permite el “abandono de ruta”.  Nuestro terco individuo completa siempre el mismo recorrido… ¿Pasa por la universidad?, sí.  ¿Pasa por la cafetería?, sí. ¿Rumbea con los "parceros" los fines de semana?, sí.  ¿Vamos a estudiar?… ¡No! Mejor, dígale al estudiante de la silla de atrás, ese sí estudia.

                Los estudiantes buseta, en la mitad de su carrera, son incapaces de asumir una postura profesional frente a un reto sencillo.  Uno se asombra de que hubieran llegado tan lejos con el “motor” casi apagado.  Y es inevitable pensar: “Estos estudiantes son como las busetas de Rionegro que cubren la ruta 05… es decir, pasan por la Universidad todos los días, pero salen exactamente iguales.”

La invitación es a dejar de ser el estudiante buseta del grupo... Un nuevo semestre es la oportunidad perfecta para el cambio.  Y lo más importante... nuestra región necesita profesionales de alto vuelo y gran proyección.