domingo, febrero 12, 2012

Noches Oblicuas del poeta José Marío García

Presentación

Por Carlos Eduardo Vásquez
Portada del libro, publicado en febrero de 2010
Noches Oblicuas es un poemario que transita un camino nunca recorrido.  Uno no debe leerlo si busca licores demasiado dulces o venenos demasiado amargos.  Amigo lector, usted no encontrará en las próximas páginas un romanticismo impotable o un “malditismo” a prueba de toda lógica.  Y es que los poemas seleccionados  por José Mario García para esta edición tienen su propia dinámica.  Están cocinados en su salsa de originalidad.  No se parecen a nada.  Son ellos mismos per se.  En este libro, el segundo del autor, uno reconoce a un poeta que plasma sus sentires sin muletas ni artilugios rimbombantes que engañen la estética.  Es decir, en estas letras uno encuentra un tipo de poesía que evita la pirotecnia verbal que aturde los sentidos, y en cambio, se respira una franqueza infalible durante todo el trayecto poético.  
Las palabras nuevas emergen con abundancia en Noches Oblicuas.  Desde el primer momento, el poeta se apoya en la licencia poética para elegir palabras nunca antes usadas, y en consecuencia, el lector se obliga a construir percepciones nunca antes sentidas.  Uno podría decir que incluso vocablos de antiguos idiomas desfilan impunes por este poemario que agita la comodidad de la norma.
Los versos de José Mario están llenos de sorpresas.  Por ejemplo, en cualquier recodo uno se encuentra con que el olvido es una hierba diminuta que crece en los resquicios de la noche.  Los retruécanos y juegos de palabras provienen de lugares donde lo tridimensional se desborda.  Mezclas imposibles y contrasentidos deleitosos forman parte de la filigrana de imágenes que se suceden unas a otras en un despliegue de ideas.
En Noches Oblicuas también hay niñeces… pequeñas gotas de recuerdos capaces de transportarlo a uno a los diminutos universos de la infancia.  En algún momento de la lectura el recuerdo acude vestido de niño que mira las nubes y coteja los cristales de hielo con su infantil realidad, más por conjura de su voluntad que por el arte adulto de la razón. 
Fantasmas y mariposas deambulan cada tanto por las Noches Oblicuas, los primeros  sin poderes, y las segundas sin alas.  Los unos redivivos y las otras en agonía.  Personajes inmortales pasean por este poemario: Rimbaud; Zaratustra; Heráclito; Parménides y hasta Juana, la loca de Castilla, caminan sin recato por los pasillos eternos de la poesía.
De pronto, casi al final, uno se ve rodeado por noches de diferentes colores en una diversidad de devenires. Entonces, surge la pregunta: ¿será este devaneo del poeta con sus noches oblicuas parte del contubernio inmortal que siempre ha existido entre el poeta y los asombros de la oscuridad?
La respuesta la tiene su propio autor… el poeta es él, los poemas son su expresión y la poesía es el mensaje. 
Que se abra el telón, entonces, y sean sus palabras las que alumbren, como el faro de Alejandría, las noches oblicuas de los navíos rumbo al puerto.