sábado, noviembre 24, 2007

Estallido de Burbuja

Por Carlos Vásquez

L'amour 

A veces, sin decirnos nada, nos tomábamos de las manos y nos dábamos un beso que nos alborotaba las hormonas y nos producía una deliciosa descarga eléctrica de la cabeza a los pies. Hablábamos poco. El resto del tiempo la pasábamos con la mirada perdida en algún lugar donde el resto del planeta no existía. Así era el amor en la época de mi primer romance.


Por la noche, al llegar a mi casa marcaba su número de teléfono. La conversación era la continuación de una charla infantil con intermitentes periodos de inconsciencia y una sonrisa idiota en la cara.

Ella decía que se dormía cada noche con mi olor entre sus manos. Me contaba que las ponía cerca de su nariz y soñaba con castillos, dragones y un príncipe azul que tenía mi mirada, mi voz y se llamaba como yo.

Siempre que iba a visitarla salía de mi casa con un fuerte olor a colonia. La marca la recuerdo bien, por que esa loción en particular tenía la virtud de prolongar mi presencia en sus noches de cuentos de hadas. A mí me encantaba el aroma de Aramis porque a ella le encantaba mi olor cuando yo la llevaba puesta.

La Memoria

Años después cuando la niebla del primer amor se disipó, y su recuerdo solo era, digamos… cándido, traté de buscar la misma esencia para recrear el efecto de mis primeros días de enamorado. Por atrapar en las volátiles moléculas de una loción, el olor sepultado en mi adolescencia.

Busqué en perfumerías, centros comerciales, catálogos, lotes aduaneros y zonas francas el frasco de “Aramis” y no lo encontré. Es decir, encontré versiones nuevas y aromas modernos de la misma casa de perfumes, pero nunca la versión que yo creía recordar a ojos cerrados…

La Fatalidad

Una tarde entré a un mercado de las pulgas en Orlando. Nada tenía que hacer allí, pero quise curiosear entre las "viejas" cosas nuevas que tenían en oferta.  La loción, tanto tiempo buscada, estaba en el último kiosco que visité.

La misma caja de cartón que imitaba la madera, el mismo frasco de bordes cuadrados, el mismo estilo de hace más de dos décadas. Le pedí al dueño que me dejara oler la fragancia. Puse un par de gotas en mi antebrazo, dejé que se secara y aspiré...

Un desconcertante olor a algo muy pasado de moda aturdió mi nariz. Olí de nuevo y pensé en una loción barata. Además, la dulzura de la fragancia casi me mata de un coma diabético.

En ese momento supe que el perfume jamás había dejado de ser lo que era. Pero, mi olfato, veintitantos años más viejo, con seguiridad había cambiado.

Entonces, me odié. Me odié a mí mismo por el pecado imperdonable de haber contrastado un hermoso recuerdo con el acto vulgar de la realidad.

viernes, noviembre 23, 2007

Des-concierto Barroco

A raíz de alguna conversación con Gustavo, decidí conseguir dos libros: El llano en llamas de Juan Rulfo, y el Concierto Barroco de Alejo Carpentier. Se me aparecieron dos opciones: bajarlos de internet, o comprarlos en alguna librería. Como mi impresora está mala, ya se descartaba la primera; así que fui a la librería.

A quienes amamos algún objeto, los lugares donde los venden se nos vuelven casi como templos. Así pasa con los discos, la ropa, los libros, o los instrumentos musicales. Y uno espera, tal vez en una tónica de fanatismo, que quien allí atienda se comporte como un sacerdote, es decir, que no sólo compre y venda, sino que oficie ceremonias, como lo son mediar el encuentro entre uno y un disco, una prenda, una novela o algún instrumento para hacer música.

Estas pretensiones a menudo se van al suelo cuando el vendedor de la librería (que no el Librero, porque un Librero nunca lo haría) sale a preguntar qué libro desea uno. Cuando precisamente uno está allí para saber qué libro lo quiere a uno. Tantas veces uno simplemente va, y le da por dejarse tentar... por permitir que algún libro lo llame y se abra de para en par durante un fin de semana.

Esta vez fue peor: tenía claro qué comprar, pero al preguntarle a la consabida vendedora (que tanto podría vender libros o calzado para dama y caballero) si tenía el Concierto Barroco de Alejandro Carpentier, me respondió que allí no vendían discos. Triste, fui a otro lugar, y luego de escuchar mi solicitud, el vendedor (éste, de seguro, ya ha vendido antes cursos de inglés puerta a puerta o ha sido representante de algún fabricante de sistemas de alarma) se sentó frente al computador a teclear "concierto...", y preguntarme con cuál "be" era barroco.

Concluyamos como decimos aquí luego de ver Pelota de letras (no antes, claro): ¡Dehe azí!

jueves, noviembre 15, 2007

Soy sincero

Las dos mujeres, de unos treinta años, terminaron de tomar su café a eso de la 1:30. Es mediodía y el sol calienta tanto como puede. Parece el presagio de lluvias en la tarde. Al levantarse de su mesa, salieron por la puerta sur del centro comercial. Yo las seguí porque ése también era mi destino. ¿Por qué me gusta seguir a algunas personas desprevenidamente? ¿Por qué juego a imaginarme sus vidas personales?
(Recuerdo inmediatamente a Don José, ese personaje que Saramago nos presenta en Todos los nombres, como un hombre dedicado a su colección de cien vidas de famosos, con una vida relativamente normal hasta que por accidente dio con el registro de una señora desconocida. La pregunta que circunda la novela es por qué una vida anónima de una mujer cualquiera es más interesante que las biografías de cien famosos).
Sigamos con las secretarias. Su charla, a la cual asistí tarde, giraba en torno a sus compañeras de trabajo. Ya se acercan al ascensor donde nuestros itinerarios se separarán. Lo último que alcanzo a escuchar es algo así como "Le dije así mija porque yo soy muy sincera. Yo sé que ella no le gustó pero yo soy así, demalas".
Entre la oficina y este computador me he venido preguntando hasta qué punto a veces no somos capaces de decir alguna cosa y nos excusamos arguyendo "Lo siento, soy muy sincero".

sábado, noviembre 10, 2007

En el mes de mi cumpleaños, me sucede algo así...

Por Carlos Eduardo


El viejo maravilloso me miró y dijo: “No te sientas mal por ser tan joven”. Sucedió el jueves anterior mientras participaba en un encuentro de poetas y escritores hispanos.

Yo no me sentía mal por que se que la juventud es una condición que se cura con el tiempo, pero me sorprendí con sus palabras. Analicé su significado y finalmente, le asigné al viejo un puntaje de 10 entre el tipo de personas que me gusta conocer.

Solo un ser humano fascinante puede decir algo tan profundo… “No te sientas mal por ser tan joven”. Desde ese día, lo repito mentalmente para añadirle matices a la afirmación.

Su mirada tenía ochenta años, pero sus ojos permanecían adolescentes. Hablamos un rato después de la reunión y luego se alejó conduciendo una silla de ruedas automática.

Activista político contra la discriminación hispana en Estados Unidos, puertorriqueño, vago y escritor… Así se presentó frente a una audiencia cuyo promedio de edad era 60 años.

Aclaro que no era yo el más joven, pero fui el único que se llevó de regalo esas palabras.

Desde entonces cambió mi idea de llegar a una vejez saludable… Ahora quiero llegar a la vejez y estar contento con mi condición.