viernes, julio 27, 2007

Doce horas antes

En menos de doce horas estaré sentado frente a la pantalla del cine para ver la película más esperada de mi generación: Los Simpson. Debo confesar que nunca había sentido tanta ansiedad por un acontecimiento similar; nada.

Y, lo peor, es que siento un deseo irrefrenable de saber sobre la película, la historia, su producción. Pero me quiero resistir. Por eso, no compré la revista Gatopardo, donde Juan Villoro escribe un artículo sobre la ejemplaridad Simpson como familia disfuncional; ni me he asomado a ninguno de los 2,890 videos que ofrece Youtube bajo la entrada “Los Simpson”, ni aun a los 2.130.000 de registros en Google en Español.

Dejemos, mientras tanto, las imágenes de las (históricas) boletas. (que, por cierto, me parecen demasiado simplonas en relación con el acontecimiento que permiten).






miércoles, julio 25, 2007

Libros y Computadores

Soy un muñeco de trapo recostado contra un computador. Por primera vez en varios días tengo tiempo para lo que me gusta: escribir. Nada viene a mi mente. Mi cerebro está adormilado por la deprivación literaria de los últimos días.

Como en los viejos tiempos, escribo lo que veo: libros y computadoras. Está es la biblioteca del condado de Orange en Orlando. Mis dos vecinos trabajan en sus laptops de última generación. Este viejo portátil luce como un Chevrolet 48 en medio de dos sondas espaciales. Los tipos hablan por celular a través de unos “manos libres” que les dan un toque de astronautas. Mi celular que sería anacrónico incluso en Colombia reposa en una funda que cubre su fealdad.

Cosa extraña… Veo gente. Si, Increíble, mucha gente viene a leer, a disfrutar. Preguntan, traen a sus niños, prestan libros, usan Internet para algo distinto a la pornografía. Los niños gritan alegres cuando encuentran un libro atractivo. Escucho desde la recepción gente pagando multas de libros y películas. Esta gente no cuestiona la necesidad social de que una biblioteca tenga libros disponibles para otros usuarios y no solo para acaparadores que ni siquiera hojean los libros que prestan. Algunos traen canastillas plásticas que van llenando a medida que van pasando por los anaqueles. Ahora entiendo por que la empleada se excusa por el límite de 15 libros y películas que la biblioteca presta a sus usuarios.

Llené el formulario con mis datos y los del portátil, tomaron una foto y me entregaron tarjeta y acceso al sistema wireless. Estoy sentado en medio de una silla que me envuelve con su acolchado y su brazo abatible.

Esto podría ser el paraíso para un escritor, excepto que no tengo nada de que escribir excepto de “libros y computadores”.




Carlos Eduardo (comunicarlos)

martes, julio 17, 2007

Barreras: ¡Cómo no!

Variación sobre el tema “Cómo hacer amigos”


En alguna clase universitaria de Relaciones Públicas la profesora nos leyó algo proveniente de un libro cuyo título podría ser algo así como “Cuidado con lo que dice, como lo dice y donde lo dice”. En dicho texto había una reflexión sobre la famosa “primera impresión”, teoría según la cual la esencia del concepto formado sobre una persona proviene del conjunto de impresiones obtenidas en el primer encuentro con ella.

Luego de esta reflexión, la profesora fue a otra página del texto en donde se llevaba a un término más elevado lo anterior: la primera oportunidad (así como la primera amenaza) de “caer bien” a alguien proviene de la propia personalidad. Dicho de otra manera, que el tono de la voz, la forma de mirar, de vestirse, el ritmo de la dicción, y todos esos elementos de la comunicación no verbal, son la primera oportunidad -pero sobre todo la primer barrera- frente al otro.

A la profesora Ana María le creyeron poco en esa clase, lo cual en sí mismo permite una buena muestra de cómo lo leído en el texto era plausible: el primer conflicto en la tarea de un individuo para entenderse con otro es su propio modo de ser él mismo. Difícil esto de ser Ser Humano: basta con hablar (o esperar en silencio) y ya se generó el mal-entendido, la interpretación, el supuesto; pero tal vez no sea menos cierto que tanto mal entender a alguien como bien entenderlo es igualmente peligroso.


Escrito una mañana silenciosa. Sospechosamente.

domingo, julio 15, 2007

EL LIBRO MÁGICO

Si vives en un lugar donde el tiempo es oro, es importante aprovechar cada minuto del día. Por esto, fui a la librería y compré un ejemplar barato del clásico de Dale Carnegie: Como Ganar Amigos e Influir sobre las Personas. La idea era leer un par de minutos mientras el semáforo cambiaba a verde y así ahorrar tiempo y ganar más tiempo de lectura.


Esta es la parte interesante por que desde que tengo el libro junto a mí mientras manejo, cada vez que lo tomo para leer entre el cambio de luces, el semáforo pasa a verde después de tres líneas. Nunca he pasado de la primera página, no he aprendido nada, pero ahora llego más rápido a mi destino.


Comunicarlos (Carlos Eduardo)

jueves, julio 12, 2007

Corto

La primera vez que me corté al afeitarme fue, de hecho, la primera vez que lo intenté (quiero decir, que intenté afeitarme); o sea a los cinco años.

Simple: si mi papá realizaba un ritual de preparación para salir conmigo a dar una vuelta, ritual que incluía el baño y la aplicación de diferentes tónicos, no había motivo para que yo, todo un hombre de un lustro de vida no lo hiciera.

Por eso, cuando él salió para su habitación, yo tomé la máquina fría, unté crema y procedí. Fue en el lado izquierdo de mi rostro donde, al pasar el dispositivo, sentí un ardor; como si mi carne hubiese quedado al aire.

Cuando mi papá (no sé por qué no había hablado aquí del profundo amor que le tengo) y yo fuimos a despedirnos, sólo mi mamá notó que yo tenía la cabeza más inclinada de lo normal; no pudo darme su beso en la mejilla, como de costumbre, sino en la frente. Por eso me hizo una pregunta mientras su mano me obligaba a mirarla directamente.

La lección fue simple (la lesión también): "Debe tener paciencia; crecer es un asunto de años".

miércoles, julio 04, 2007

Actuación en 16 m.m., último capítulo


Encontrarme nuevamente con el acento de Joseph me producía una suerte de vértigo misterioso, pues con la extrañeza de su voz en mi auricular me sentía aun más en el cine. Por eso, tan pronto llegué a la universidad se lo conté a mis pocos amigos. Pero ellos lo contaron a otros, y esos a otros, y todos vinieron a mí a preguntarme de qué se trataba. Qué curioso, yo era el que menos sabía de qué se trataba. Sólo podía decirles que a las 4:30 estaría el “gringo” para contarme algo de su proyecto.

Joseph llegó en una Vespa vinotinto. Me contó en breve la historia de su guí-on (él separaba cada sílaba al pronunciarlo), y que su película (un mediometraje de 25 minutos) narraba la manera como un disciplinado deportista volvía un caos su vida personal; yo sería uno de los hermanos del protagonista, y tendría unas cuatro apariciones. También me contó que él me había seguido desde que salí esa noche de mi universidad y que a cada mirada ratificaba mi parecido con su personaje.

Justo en ese momento recordé que a mí no me ha gustado nunca la actuación, a pesar de mi constante histrionismo cotidiano; que aprenderme un texto de memoria ha sido la prueba más difícil, tanto en segundo de primaria cuando declamaba un poema (La Parábola del Retorno, creo) y en vez de decir “en el poyo de la casa”, dije “en el poyo del fogón”, como en el colegio cuando tuve que ser el protagonista de una obra de teatro; que en esa misma obra debía decir un parlamento clave para que la protagonista accediera a darme un beso, y que nunca lo dije… Recordé muchas cosas y no me sentí bien con la idea de “volver al escenario”.

Por eso aparté mi mirada del acento gringo que seguía produciendo palabras castizas con modulaciones y construcciones gramaticales incorrectas, tal vez intencionadamente incorrectas. Entonces pude ver a todos mis compañeros observando la conversación a pocos metros. Los hombres se reían de mí, y me miraban como recordándome sus profecías de cafetería: “ese gringo lo quiere es a usted”. Las mujeres, por el contrario, bajo las múltiples capas de maquillajes y peinados lucían relucientes, como a la espera de que el productor extranjero las descubriera (je) y las llevaría a triunfar; una de ellas, incluso, se acercó hasta mí a preguntarme cualquier cosa que no venía al caso.

Joseph me llamaría nuevamente en la noche para conocer mi respuesta. Yo lo tenía claro: le diría que no. La decisión causó tranquilidad en mi familia e impaciencia en mis amigas: cómo no iba a aprovechar semejante oportunidad. Cuando hablé nuevamente con él simplemente expresé mi falta de interés en el proyecto. Él aceptó y me dio un teléfono por si cambiaba de opinión.

Cambié de opinión ayer, pero el número –nueve años después- se ha perdido.

Actuación en 16 m.m.


El día que yo iba a ser estrella del cine fue (relativamente) un día normal. Uno tras otro, los acontecimientos fueron sucediéndose como de costumbre: levantarse, ir a la universidad, recibir clases estúpidas, hablar Asuntos Sin Importancia en las cafeterías, y regresar a casa en la noche. Pero fue en eso último donde se introdujo una variación bastante notable, que condujo –luego- a la posibilidad de que yo perteneciese al mundo del celuloide. Vamos por partes.

Cuando bajé del Coonatra, un sujeto con acento bastante marcado (aquí ya había empezado la película) me pidió que habláramos. Yo, en medio de las paranoias con que uno recorre la ciudad, asentí con mi cabeza su solicitud, pero nunca detuve mi paso. Dijo llamarse Joseph Rawl (él lo pronunciaba algo así como “iossefp roul”), y que había vivido en alguna ciudad medio latina de USA, antes de venirse a Colombia; país que –según él- le había inspirado un guion cinematográfico en el cual había un personaje que tenía mi rostro.

Paréntesis: siempre me ha parecido curioso que los creadores de historias le dicen a la gente de la realidad (o sea a nosotros) que nos parecemos bastante a sus personajes ficticios. Algún escritor podría explicarnos por qué nosotros (los reales) somos quienes nos parecemos a ellos (los ficticios), y no al revés, tal como esa parte de mí que es psicorrígida, racional y tal vez demasiado sensata quisiera pensar.

Sigamos. El tipo me propuso que lo llamara mientras anotaba en el anverso de una consignación bancaria mi teléfono. Asustado y sorprendido llegué a mi casa. Sabía que, si sabía cuidarme, Joseph (
Iossefp) no podría más que realizar un casting. Sin embargo, la primera prueba sería contárselo a mi mamá.

Ella, obviamente, elevó un grito, de esos que lo hacen sentir bastante mal a uno, y que, por ahí derecho, hacen que todo el mundo se entere, y vaya hasta la casa a preguntar qué pasó; muchas amigas, hermanas y cuñadas de mi mamá llamaron a prevenirme: “vea mijo, eso no es tan fácil; cómo que un aparecido llega haciéndose el gringo y ya lo va a llevar a Hollywood así como si nada… De eso tan bueno no dan tanto”. Yo, mientras agradecía el molesto e innecesario consejo, me preguntaba en qué momento alguien había dicho Hollywood. En fin.

Por insistencia de mi mamá y las veinte señoras que llamaron a prevenirme sobre la “trata de blancos” (¿?), la decisión fue no contestar la llamada, que habría de producirse, según el mismo Joseph me dijo, a eso de las 8:30 pm. Pero nunca hubo tal.

Al día siguiente en la universidad, no me aguantaba las ganas de contarlo, sólo que, en rigor de las circunstancias, no tenía nada qué decir.

Me aguanté todo el día sin decir nada a nadie, pero de noche no me aguanté y llamé a alguna de mis amigas. Ella, incrédula, me pidió que la esperara mientras abría la puerta de su casa; mientras tanto, yo aproveché y contesté la llamada que entraba por la otra línea.

Era Joseph.

Sin poder evadir nada de lo que me dijo, acepté encontrarnos en mi universidad a la tarde siguiente.

Con ello gané más regaños de mamá, y otra buena cantidad de llamadas de tía desperada. Esa mañana, debo confesarlo, llegué a creerme actor de un proyecto cinematográfico, seguramente independiente… pero de cine al fin y al cabo.

...TO BE CONTINUED...


***
¿Logrará el sospechoso Joseph hacerle daño al inocente de Carlos Andrés?
¿Triunfará nuestro improvisado héroe en las lides de la actuación cinematográfica?
¿O caerá en una misteriosa red de trata de "blancos"?

No se pierda el próximo capítulo de
Actuación en 16 m.m., La Serie.