lunes, mayo 29, 2006

El Preso, la Prisa y la Prosa

Se llama “Niño”. Su casa dorada se levanta a un metro del suelo. Canta de alegría en las mañanas y de tristeza en las tardes. Languidece en soledad hace un par de años. Es blanco y hermoso. Dos hilos grises lo recorren desde el hombro hasta la punta de sus alas. Igual que yo, es un prisionero. Si la libertad no significara su muerte ya lo habría liberado.

Hoy salí al patio para saludarlo. Inmóvil frente a él, lo observaba con una mezcla de pesar y alegría. Quizás por mi quietud, el otro personaje de esta historia no percibió mi presencia. “Niño” se agitaba inquieto. Afiló su pico contra el travesaño y de tres saltitos recorrió su celda.

De pronto, un soplo de libertad verde iridiscente que agitaba sus alas con velocidad se detuvo junto a nosotros. Minúsculo y burlón miró hacia la jaula con aire de conmiseración. Detrás de los barrotes, “Niño” leyó los caminos del colibrí en sus ojitos de botón y su alma de canario sonrió. El néctar resbalaba por el pico del recién llegado.

En ese momento, el pajarillo me descubrió. Le hizo una venia a su amigo y se alejó con rapidez dejando un zumbido verde en el recuerdo. Por largo rato, los ojos del canario siguieron clavados en el firmamento… Luego, me miró.

Sentí una profunda tristeza por él y por mí. Era tarde. Apenas tuve tiempo de ponerme mi traje a rayas blancas y negras y de ajustarme con firmeza los grilletes a los tobillos. Agarré mi maletín, me tomé una taza de café y salí a trabajar con la misma prisa petulante del colibrí.

- Carlos Eduardo -

Perdóname, pero discúlpame

Algunos días han pasado luego de que recibiera la que hoy considero la tercer “mejor - peor” excusa que he recibido.

Pocas cosas tan comunes como las excusas, son más cotidianas que la vida misma. Las hay para evitar vivir, del tipo “yo ya no estoy para eso”, o “yo ya no soy un jovencito”; o para negarse a un amor “Me gusta, pero se ve demasiado experimentado”; y hasta para alimentar la constancia en un vicio: se fuma por ansiedad, frío, calor, exceso de actividad, falta de actividad, etcétera.

En nuestro país el deporte nacional son las excusas. He creído incluso que cuando en alguna parte del origen del mundo alguien fue a repartir el “don de la excusa”, los colombianos no estuvimos presentes arguyendo que “no nos avisaron”, o cualquier otro pretexto similar.

Ser docente implica, de cierta manera, soportarse como el blanco constante de disculpas: se me quedó, a mí no me dijeron, ayer no había red, se fue la luz, mi abuelita murió, mi papá se enfermó, tuve que cuidar a mi sobrino, yo no sabía, ésta no es la única materia, el documento era muy difícil, yo no entendí qué había que hacer, en fin.

Inicio pues un “top excusas”, de la menos a la más tonta de las excusas que he recibido, todas en medio de diálogos como el de hace poco, en los cuales mi sorpresa ha sido cada vez mayor. De seguro no son grandes excusas y ustedes habrán escuchado cosas más brillantes; es sólo una selección personal. Quisiera contar mejor cómo fue cada uno de estos diálogos, pero no tengo tiempo, ahí me disculpan.

5.
Yo: Esperaba que fueras
Ella: Te marqué al celular y nunca contestaste
Yo: lo tuve prendido todo el día y siempre tuve señal
Ella: Te puse un mail para avisarte que no podía
Yo: Sí, lo pusiste diez minutos antes de la cita
Ella: Pero es que como tú tienes banda ancha…

4.
Ella: ¿Era hoy? Es que como el lunes fue festivo, toda la semana se me corre; pensé que era mañana.

3.
Yo: Hey, te esperé casi media hora.
Alguna: Lo que pasa es que yo pensé que no ibas a ir.
Yo: Pero habíamos quedado que a las 6:30 p.m en el Colombo
Alguna: Sí, pero antes de salir tuve la impresión de que me ibas a dejar esperando.

2.
Yo: Entonces, ¿sí puedes venir?
Ella: No, mira, es que voy a tomar una terapia de reflexología y debo cortarme las uñas.
Yo: Plop!

1.
No puedo, es que tengo que desarmar el pesebre.


*Carlos Andrés*

domingo, mayo 28, 2006

Mayapan

Escrito Cotidiano por Germán Andrés Gil

Esta historia empieza en un lugar que yo creía habitado por seres de otro planeta. Un lugar donde la miseria y la violencia comparten espacio. Donde las ganas de vivir y el empuje de su gente no tienen comparación y donde en cada esquina existe una historia de vida o de muerte.

Temprano, cerca del Parque Berrio, nos recogía la micro buseta que nos llevaba a ese destino “desconocido”. En aquella zona extraña debíamos realizar nuestro trabajo. Éramos un grupo heterogéneo de profesionales contratados por el Municipio, todos con ganas de trabajar y todos ajenos a aquella zona.

El recorrido duró mucho menos de lo que esperaba. Como cuando le decían a uno los papás, “Estamos cerquita, mijo, no se preocupe”. Esta vez, no tuve tiempo de preguntarle al chofer “¿Ya casi llegamos?”… con un frenazo nos despidió diciendo: “si se calienta la cosa, ahí mismo me llaman, chao”.

Nos bajamos en una escuela de la comuna Nororiental de Medellín. Habíamos llegado a ese extraño territorio y nos esperaba una larga fila de niños y niñas de la escuela, deseosos de que los examináramos. Unos muy alegres, otros insoportables y la gran mayoría sin desayuno.

El inicio de un examen visual requiere, como cualquier otro, la identificación del usuario, las planillas que sustentan el trabajo y donde quedan anotados los resultados finales del examen. Era hora de empezar.

Al cabo de dos horas de intenso trajín visual: “¿Qué letra ves allá?”, “¿Usas gafitas?” “¿Qué te pasa en los ojos?”, apareció de la nada el pequeño personaje de esta historia: metro y medio de alegría, moreno y con grandes ojos saltones. Alguien que llama la atención apenas lo conoces.

- Tu nombre, amiguito? – le pregunto yo.
- “Mayapan Jaramillo” – me responde.
- ¿Cómo? - replico.
- “Mayapan”- me dice con algo de rabia.

Yo anoto en la planilla M-a-y-a-p-a… y sin haber terminado de escribir su nombre, el niño me arrebata el lápiz con la impaciencia del que está acostumbrado a ver su nombre mal escrito cada vez que algún impertinente, como yo, le pide esa información.

Con la caligrafía de un niño de ocho años y mi mirada estupefacta por su grosería, veo como “realmente” se escribe el nombre del infante.

¡MADE IN JAPAN JARAMILLO!

Esa fue una de las grandes sorpresas que tuve en aquel territorio que por dos años se convirtió en mi segundo hogar.

Nunca supe si "Mayapan" tenía ascendencia nipona o si su distraída abuela -que lo bautizó y lo crió- le pareció gracioso bautizar al niño con el nombre que vio en el radio de pilas que le regalaron de navidad.

A los pocos días en la televisión, vi por el noticiero como a un niño de la Guajira le habían llamado “Alka Seltzer”.

La noticia en realidad no me asombró.

Para ese entonces, Mayapan ya era mi amigo.

jueves, mayo 25, 2006

El Mudo de las Rutas

La vida pasa por la ventana de la buseta inmóvil. Me pregunto que es más fácil: ver el mundo sin prevención y tropezar con la cotidianidad o tener los ojos bien abiertos y acechar el gazapo cotidiano.

Mientras tanto, la misma gorda viaja en el puesto del pasillo por que “me bajo un poco más adelante”. El mismo adolescente engominado, de piercing y tenis de charol rojo se sube de afán. La misma amiguita del chofer se sienta a su lado y nunca paga. Los mismos niños recién bañados van al colegio. El mismo tipo grita las mismas rutas de transporte público…

Solo que el tipo que grita junto a mi ventana es mudo… el muchacho solo emite sonidos guturales y nasales. Es flaco, desgarbado y tiene un lunar en la barbilla. Su mudez es consecuencia de una sordera de nacimiento.

Hace tanto que trabaja como voceador que ya es parte del entorno. Siempre me saluda con la cabeza y masculla algo que imagino como un “Buenos días, vecino” o algo parecido.

Me llama la atención la tragicómica situación del muchacho. El otro día escuché a un par de conductores que decían: “increíble, de todos los oficios del mundo, este “man” viene a hacer justo el que menos le conviene”.

Ahora grita en su lenguaje críptico que esta es la “ruta 04 que pasa por la Clínica Somer y va hasta San Antonio”. ¿Qué cómo sé qué eso es lo que dice? Francamente, no lo se, solo lo imagino mientras el “muchacho sin palabras” recibe los doscientos pesos que le ofrece el conductor.

La buseta arranca. El hombre se ha ganado su propina esta mañana…

Mi pregunta inicial ha sido contestada.


- Carlos Eduardo -

lunes, mayo 22, 2006

Visitas y juguetes

Algunas visitas son tan malas que sólo esperamos la hora de su fin. Miramos el reloj y pronunciamos ese “Buuuueeeeeeeenoooo...” tan usado entre nosotros cuando no queremos más de algo. La traducción es simple, eso suena a “Ya es hora de que se vayan”. Las estrategias para recortar la duración de la visita varían desde la escoba tras la puerta, hasta la intencional serie de bostezos para indicar al otro que la hora de dormir ha llegado. Pero no siempre los visitantes captan el mensaje.

Desde niño intuí una práctica clasificación de las visitas: las agradables y las desagradables. En las primeras se encontraban, en aquel entonces, las de los primitos y los amigos; en las segundas, la de tías solteras –mejor dicho solteronas, la de abuelita cuando no llevaba regalo ni ningún primito para jugar, o la de la amiga de toda la vida de la mamá, ésa que no se cansaba de decir en una aturdidora voz “Velo como está de lindo; mijo, yo lo cargué a usted cuando estaba pequeño, y hasta pañales le cambié”. Eso sin olvidar cómo le zampaban a uno un pico que lo dejaba tan marcado de labial rosado como al posillo tintero. Me aburrían esas visitas; mandaba a mi hermanita, que apenas sí podía hablar, a que les dijera “Paputa”, a lo cual el ogro de doscientos kilos de maquillaje sólo en la cara decía: “Tan linda la niña, ¿ya está aprendiendo a hablar?”.

Era mil veces preferible jugar con los primitos y los amiguitos. Aunque estas visitas también contaban con su top, una escala cuya medida era la cantidad de juguetes que estuviese dispuesto a sacar. Según el cariño que uno le tuviera a los infantiles visitantes de turno, la dosis variaba desde un tímido carrito ya dañado (aduciendo que los papás no me dejaban sacar más), hasta esas veces en que los sacaba todos. Seguramente de ahí viene la expresión “con todos los juguetes”; porque uno disfrutaba verlos regados por toda la casa, así luego tuviera que pasar el desagradable momento de guardarlos en orden. Guardar los juguetes es lo peor para un niño.

Ya más grande, el talante y la actitud ante las visitas cambian. Uno aprende a apreciar su verdadero valor: cuando se acaban.

Pensaba en esto ahorita en clase de posgrado; al llegar a mi casa, abrí la página de Escritos Cotidianos y veo que hemos llegado a las primeras mil visitas. Me sorprendió, porque ayer domingo, mientras revisaba “Psicosis” de Carlos, que por poco se convierte en asesino en serie, leí 904 en el marcador de “hits”, y pensé preparar algo para las mil visitas, lo cual sería por mitad de semana. Pero hoy lunes ya marcamos con cuatro dígitos.

Hay escritoscotidianos para rato, al menos mientras tengamos la paciencia suficiente para mirar y maravillarnos de este mundo tan lleno de historias que nos tocó. Y mientras tengamos lectores amables con los cuales interactuar. Por eso, volviendo al tema, debo decir que la presencia de nuestros lectores es una de esas visitas en las que uno lamenta cuando se termina. Para nosotros son de ésas en las que, como se diría en lenguaje informal, “aguanta sacar todos los juguetes”.

Se les quiere.


*Carlos Andrés*

domingo, mayo 21, 2006

Psicosis

Esta semana me impresionó la historia de una de mis estudiantes. Ella y su grupo de psicología fueron a un hospital mental para un trabajo de campo. Tuvieron una sesión con uno de los internos y las observaciones fueron espeluznantes.

El tipo venía trasladado de la cárcel por el asesinato de cuatro personas. Su psicosis se despertaba en cuanto alguien lo miraba con fijeza. Él decía que podía saber si las personas hablaban mal a sus espaldas con solo fijar la mirada en sus ojos.

Además, contaba que en su delirio, veía a sus víctimas de un tamaño asombrosamente pequeño. En la mente de este asesino, únicamente la muerte los volvía a su tamaño normal.

Esta mañana me desperté con la historia de mi estudiante en la cabeza. Salí a la calle y, no pude evitar imaginarme como se verían las personas desde una realidad alterada por la mente. Entornando un poco los ojos, empecé a ver señoras con cara de perro pekinés, tipos con narices de pompón y niñitos con cabeza de flauta.

Llegué a la casa y me miré al espejo. Quería estrenar este supuesto talento con mi propia imagen, pero no pasó nada. Sólo vi a un hombre adulto, sin afeitar, que me miraba con curiosidad detrás de los aros metálicos de las gafas.

Me atrevo a pensar que estoy dentro de unos parámetros de distorsión normal. Pero, por si acaso, voy a dejar de mirar con malos ojos a quienes sospecho que hablan mal de mi y bajo ningún pretexto me le vuelvo a arrimar a una persona adulta que mida menos de 1, 50 m. de estatura.

Atentamente,

Norman Bates… perdón, quiero decir... Carlos Eduardo.

¡Qué Viva Mitú!

Otro Escrito Cotidiano enviado por mi amigo Germán Gil...

A las 6 de la tarde, después de nuestras ocupaciones diarias, nos reuníamos a estudiar inglés como de costumbre. El profe nos dictaba las clases más baraticas por que eran en grupo y por que personalizadas eran más costosas y nos divertíamos menos.

En todo grupo de seres humanos que se reúne con algún propósito siempre existen todo tipo de personajes al estilo película gringa. El moreno, el latino, el homosexual y, como no, el protagonista que decide volverlo un “asunto personal” después de que hieren de muerte a su compañero que al final resulta ser el primo hermano de la cuñada de “El Mocho”… en fin, éramos todos un Corin Tellado criollo…

No recuerdo bien si habíamos pasado ya las primeras cinco clases en donde el verbo “to be” lo agarra a uno a patadas y los verbos irregulares le vuelven añicos el orgullo patrio y sale uno con ganas de pedir la visa o de cantar el himno nacional, en inglés por supuesto, cuando, de pronto, el "teacher” nos informó que iba a hacer un examen oral… ¡No, Dios mío! y la pena tan “berraca” de embarrarla al lado del "duro”. Después de cinco clases, lo mínimo era no herir su orgullo de docente y responder con la valentía de aquellas épocas en que recitábamos la tabla del ocho o “Rin rin rencuajo”…

Y, si señores, empezó con el cuentico aquel de “Where are you from?” al que responde el pelagato: “I am from Colombia, and you?” y así sucesivamente…

Y empezamos con la ronda gringa...

- Where are you from? – preguntó el profesor.
- I’m from Colombia and you? - Respondió con gallardía y orgullo patrio mi compañero que de al lado.

La compañera que seguía, esgrimió una frase que, además de corta y anti-sintáxica , cambió por completo el color gris de aquella tarde paisa.

- Me Too! (mii--tuú)

Fue en ese preciso momento, cuando el “hada de las lenguas” se posó sobre una de mis compañeras, a quién no le tocaba el turno. Fue tanta su emoción al escuchar de una de sus cómplices de aprendizaje, el vocablo aquel, que solo atinó a decir con ese tono alto y orgulloso de quien después del destierro vuelve a sentir su patria:

- Como así, mija… ¿Usted también es de Mitú?

Como diria "Osquitar" Agudelo: hubo un ¨silencio sepulcral¨. Un momento después unos reían mientras otros no entendían lo que pasaba. Yo, en silencio, miraba al "teacher" y me decía a mi mismo…

¡Qué carajos! ¡Qué viva MITÚ!

Ver también Ojo por Ojo.

viernes, mayo 19, 2006

Tarde Libre

Las calles del recuerdo… no. Debe haber otra forma de empezar, a ver… las gotas que caen… (Demasiado trillado). Hoy, fue un día… cómo lo dijera… este ¡Ah, ya se! Todos alguna vez nos hemos sentado frente a la pantalla del computador en blanco… ¿todos? Mmm… No… no me sale nada… quizás si… no, por ese lado tampoco. Los niños juegan pelota bajo la ventana de mi casa… Hay Zumm de salpicón en la nevera… (Suena como a la jarra vacía de Carlos Andrés…) La señora vino hoy a planchar… No tuve clase por la noche… mi hijo juega “Doom” en el Play Station… Ayer empecé a leer “El código Da Vinci”… Me cobraron hoy el arriendo… Tengo pereza…

¡Qué desastre! Por eso es que me aburren tanto las tardes sin nada que hacer.

- Carlos Eduardo -

¿No cuesta nada?

La mujer perfecta se me acercó y me dio un beso. El mejor de los besos. Me dijo que fuéramos a tomar un café. A pesar de mis ocupaciones inaplazables, acepté. Cómo iba a decirle que no a esos ojos hermosamente negros, y a esa piel siempre blanca para mí; cómo negarme a su compañía, tantas veces deseada; cómo olvidar esas tardes en las que me quedaba mirando su silencio.

Aquellas veces, su rostro piel de luna esbozó varias sonrisas de las que me adueñé descaradamente.

De camino al café, comenzó su relato: ella también buscó mi mirada en mis silencios anteriores, y dudaba en decirme cuánto deseaba saber de mí.

Llegamos. No sé por qué me siento tan extraño, ni qué hacen todos mis amigos aquí, con mi profesora de Literatura del colegio. Todos me saludan. Preguntan con intriga si es ella la mujer de quien tanto les he hablado (¿Les he hablado de ella?). En voz alta les respondo que sí. Soy la envidia de todos. Momento perfecto. Sospechosamente perfecto.

Al instante, una atmósfera invade todo el mundo con su extrañeza. Siento que un vacío, algo muy fuerte, me absorbe hacia otro lado. La mesera pronuncia palabras ininteligibles, y activa una alarma que me suena bastante parecida a mi reloj despertador.

Un momento: ¿despertador?

Sí. Mi reloj señala borrosamente las 5:25 del a.m. más lluvioso del año. Hora de levantarme. Los viernes esto es inhumano. ¡Mierda!… era un sueño.

¿Quién dijo que soñar no cuesta nada?

*Carlos Andrés*

martes, mayo 16, 2006

Vieja y Fea...

Hace tiempo que no veía al amigo de mi padre y antiguo vecino. Los años se han ensañado en su humanidad. Quizás por eso me pareció irónica la respuesta cuando le pregunté por su esposa.

- Cada día más vieja y más fea - me respondió.

No esperaba una respuesta así. Esperé un par de segundos para ver si era una broma. No lo era.

Qué extraña situación, pensé para mí. Se supone que uno reconoce los años en su prójimo a la vez que reconoce los años en uno mismo y no al contrario.

Definitivamente, los años entre la gente interesante son llevados como galardones de vida. Pero los años entre la gente vulgar se convierten en pesados fardos en los que se refleja su propia miseria.


- Carlos Eduardo -

Este Escrito Cotidiano tiene relación con Balada de Otoño

domingo, mayo 14, 2006

Una Tarde Lejana...

Ella tenía 18 años y yo 19. Hacía poco que nuestras preocupaciones infantiles habían empezado a desertar. Una tarde que fui a recogerla al colegio y me dijo que íbamos a tener un hijo. Por esos días yo debutaba como universitario y ella como mujer.

La tarde se llenó de sombras y nosotros de planes adultos por primera vez.

Cuando palabras y horas se agotaron, la llevé a su casa. Quedamos en vernos por la mañana. Dos días después, en el kiosco de un restaurante, su madre nos daba la bendición...

Nuestro hijo, nació el 23 de enero. Era rollizo y blanco como una bolsa de leche. La fiesta de la vida estuvo en mis manos por primera vez a las dos de la mañana. La bendición de Dios dormía como una piedrita de colores en el lecho de un arroyo.

Me senté a meditar sobre la grandeza de Dios reflejada en la paternidad. Dos años después, al nacer mi hija, todavía seguía reflexionando sobre lo mismo y, aún hoy, ser padre llena mis pensamientos con frecuencia.

A veces, veo a mis hijos y quisiera llorar de alegría. Son los seres humanos más hermosos y perfectos que conozco sobre esta tierra.

Estoy seguro de que si no fuera por la niña que tocaba la campana del colegio... la misma que hoy es mi esposa, mi vida no tendría ese sabor de fruta dulce que me acompaña cada día.

Dios bendiga este día la maternidad de mi esposa, de mi madre y de todas las madres del mundo.

- Carlos Eduardo -

Este Escrito Cotidiano tiene relación con Una Ventana en Tu Sonrisa

viernes, mayo 12, 2006

Ante la puerta

Si supiera la cantidad de problemas que me esperaban del otro lado, ni siquiera habría intentado salir de mi casa esa mañana. Pero, escaso a mi intuición, y a pesar de que la puerta se resistía, llamé a "La Colmena" para que la abrieran (o derribaran, si fuera preciso). Ella –cuya fortaleza servía para contener ya el desespero de varios vecinos más- se negaba a dejarnos salir del edificio, que es tanto como decir que nos impedía entrar al mundo. Detrás suyo, los minutos me habían alcanzado: el reloj me aventaba al deber de una próxima clase. Todo porque cualquier gracioso vecino, borracho de alguna subrepticia noche, cerró mal, y nos impidió la temprana salida del día siguiente.

Unas palabras más tarde, el técnico llegó cumplidamente. Abrió con una facilidad tal que los $25.000, pagados al instante, se me antojaron excesivos. Una vez en el taxi (acostumbro el bus, pero la ocasión era inusual), percibí el mundo como una serie infinita de puertas, abiertas y cerradas.

Recordaba cómo desde pequeño nacía frecuentemente en mí la pregunta de si las puertas se inventaron para abrir o para cerrar. Encerrado en mi propia casa, no me quedaba duda sobre la contundencia de la respuesta: ellas existen más para lo segundo que para lo primero. Abrir - cerrar parecieran los verbos fundamentales de la vida.

La puerta, me decía, es -como todas las fronteras- un velo que depone misterio. Pienso en una mujer que recién termina su baño, ingresa a la habitación para vestirse, y cierra tras de sí la puerta. Quedamos excluidos de su desnudez. Otras veces, en cambio, el límite se abre para nosotros, somos invitados al misterio; accedemos al paraíso.

(No recuerdo dónde leí que podríamos reconstruir la historia completa de nuestra vida si recordáramos las puertas que hemos cruzado o renunciado).

De noche, después del día perturbado que la puerta quiso evitarme, me incrusté en mi habitación y colgué el letrero de "No molestar". Encerrado en mí, se me ocurrió preguntar: ¿A quién abandono cuando me salgo de mí?

*Carlos Andrés*

jueves, mayo 11, 2006

Ojo por Ojo

Este Escrito Cotidiano es una amable colaboración de mi amigo y optómetra Germán Gil...

"Son las 5:55 de la tarde y mi último paciente no llegó a tiempo a su cita... 5:45, estoy que me voy para la casa, con hambre, algo de sueño y con dolor de cabeza. En fin, no fue un día fácil. Dos pacientes que no veían bien con sus gafas, una alergia que no logré controlar con fármacos y una nena que quiere usar lentes por que tiene “goma” y me jura por su santísima madre que no ve ni la letra “E” grande del optotipo... y yo sabiendo que ve hasta el futuro… Ja...

Pero no, el día no ha terminado, con sorpresa escucho, cuando estoy desconectando el computador, colgando la bata (que ya esta sucia… tengo que llevármela para que me la laven en casa),y ya listo para pararme a esperar la Ruta 02 que me llevará directo al paraíso (mi casita). La voz jadeante de mi ultima paciente….mierda, no puede ser, pero si yo ya estoy para irme…

Escucho con paciencia, los descargos que le hace a mi secretaria….es que me cogió la noche…es que el bus se varó… es que pensé que era mas arriba….es que pedí la cita hace dos meses y se me olvido…fueque que fueque…

Algo dentro de mi, me invita a salir del consultorio armado con mi bata blanca, y negarle de tajo el servicio y decirle que no voy a atenderle por que llegó tarde….estoy valiente y tengo todo el derecho de hacerlo…mi casa me espera…mi familia…la comida… mi cama…que rico…

Salgo y camino con fiereza hacia el paciente que esgrime mil excusas para que lo atendamos y antes de decir una palabra, me mira y lo reconozco…es la mirada de un ser humano que se encuentra en su peor encrucijada … que le digo yo al doctor para que me atienda….que me le invento, por Dios…

Y den pronto el milagro…nos miramos a los ojos y con una palmada en la espalda le digo…bien pueda…ya iba de salida pero estuvo de suerte…..que carajo….

Otra vez lo hice, no se por que, ni cual es la razón, pero lo sigo haciendo, mi mente dice algo y mi cuerpo hace otra cosa…

En fin llego a mi casa 20 minutos más tarde que lo planeado…

Al día siguiente, después de la consulta de la mañana, llego al banco y una fila (mi madre) interminable. Llega casi a la puerta. Son las doce, hora de almorzar y me cogió la noche para pagarle el recibo a mi esposa que prometí pagar hace dos días, nada que hacer, mijo, a hacer la fila y a chupar filo…

Y de pronto la voz de aquella tarde…Doctor, bien pueda…Siga por acá, hace rato lo esperábamos… La cajera del banco que esta por ingresar al turno, la misma que casi devuelvo y la misma que hoy 3 de mayo me evita aguantar filo, hacer fila al mediodía en el banco y poder hacerle siesta al sancocho que está haciendo mi esposa el día de hoy….

Lo dicho, mi hermano…

Ojo por ojo."

Una Voz

Ella, seguro sin saberlo, causó varias lágrimas de conmoción en mí. Supo llevarme a ciertas experiencias límite de lo sublime: su voz, sus ojos, sus textos, su guitarra, su piel. Era una mujer hermosa, siempre lo será. Su música, que no ocultó en ningún momento lo "pop", está llena de rebeldías sutiles. He escuchado en ella sonoridades directas a mí.

Cuando supe de su enfermedad, algo en mí se afectaba. Extrañé todo el tiempo del silencio posterior a ese anuncio. Al volver, nada entre ella y yo había cambiado, nuestro espacio sonaba igual en sus melodías que seguían hilvanando mi acústica de la misma manera. Y sus letras.

Una noche de esta semana, mientras trabajaba, supe que había muerto. Me dolió. Volví a llorar, esta vez por la extraña sensación de que había seguido a alguien especial en sus canciones y de repente me sentía extrañando su vida. Como si su musicalidad en algún asunto hubiera sido también mía. En todas las emisoras han leído insistentemente su carta. Intento imaginarme cómo esas palabras, en ocasiones demasiado comunes, podrían surgir cuando alguien, tan hermoso como ella, se encuentra en esa situación tal. También es una carta pop, pero tanto como su música, es un pop distinto.


A Soraya.

miércoles, mayo 10, 2006

Un Día Gris

El día estaba gris. Venía pensando en mis asuntos, caminaba despacio, llevaba una camisa gris, una chaqueta negra y traía un poco de mal humor.

Al atravesar el pasaje del Sena, tres jóvenes, una tras otra, se me quedaron mirando con picardía y me sonrieron.

No soy un hombre especialmente atractivo y, en lo que a mí respecta, está situación nunca se había dado antes en mi vida.

Me llamó la atención que las tres muchachas, en un trayecto de cien metros, se fijaran en un hombre adulto, metido en su propio mundo que iba a trabajar.

Me dio por pensar que si la ropa se puede combinar, hablo de colores y texturas, para lograr un efecto positivo, quizás, la combinación del día, el temperamento y la ocasión logren un conjunto interesante también...

Por lo pronto, seguiré con mi humor gris, mi caminar gris, mi ropa gris y mi propósito gris para ver si, algún día gris, en algún otro pasaje gris, otros tres rayitos de sol se cuelan por las rendijas de mi alma y me bañan por un momento con los rescoldos alados de la juventud.

- Carlos Eduardo -

martes, mayo 09, 2006

Aquí en Bogotá (tríptico celular)

Era pesado y caminaba hacia mí. Constaté su gran estatura conforme acercaba el paso. Yo iba con Camila para el Colombo. Cruzábamos la Plazuela San Ignacio, ésa donde queda el Paraninfio, construcción del centro tan agradable para mí. Mientras venía hacia nosotros, el señor tomó su celular, y contestó: "Hola mi amor, sigo aquí en Bogotá".

Camila y yo nos miramos... Por un momento me confundí, seriamente. ¿En Bogotá?

Compungido, deconstruí la película de mi vida durante tres segundos, esta vez bajo el paradigma de que había vivido en Bogotá, y no en Medellín, como siempre lo había creído. Fue un momento surealista.

Lo asocio bastante con el famoso chiste en el que un pastuso, en pleno acto de infidelidad, contesta sorprendido el celular, y pregunta a su esposa por qué sabía que él la estaba engañando en ese motel con la mejor amiga de ella.

El celular (cuyo nombre recibe de las celdas de cobertura que conforman las antenas del sitema) modifica algunos asuntos de nuestra vida, tanto como todos los aparatos. En particular, este tipo de comunicación anula la territorial noción de lugar; deslocaliza. Nos impide saber con certeza dónde está el otro con quien hablamos. Y no siempre ello juega a nuestro favor. Es decir, no siempre salimos tan afortunados como el señor de la plazuela, quien de seguro se le estaba "volando" a la mujer; a veces -por el contrario- nos sucede como al del chiste. O como al del bus:

Alguna noche, mientras viajaba en un solitario Circular Coonatra, un muchacho (único compañero fortuito de viaje) recibió una llamada. Íbamos agoviados por la velocidad descarada con que el conductor nos agitaba por las abandonadas calles del centro, mientras oía una música popular a un volumen también descarado. Al contestar, noté cómo el tono de su voz decaía gradualmente. Como si no pudiera entender algo, sus respuestas devinieron defensas. De seguro la novia sospechó de la música y no le creyó que estuviera de camino a casa, como tantas desesperadas veces él insitió. Pelearon.

Tríptico. Con el celular pueden ocurrir bastantes posibilidades; aquí van tres: O usted se desliza del radar de su mujer, o se vende a usted mismo, o no le creen la verdad.


*Carlos Andrés*

domingo, mayo 07, 2006

Mesero... ¡Por Favor!

La pregunta llegó desde atrás de la cortina de bambú...” ¿Qué va a tomar?” Era extraño, pero considerando que era el único dato que no le había dado en la mesa, la asumí como una pequeña impertinencia del mesero.

Sin embargo, unos segundos después, me preguntó de nuevo con un tono intermedio entre la calma y la desesperación: “su almuerzo con sopa o sin sopa?” Esto ya era el colmo, pero no había terminado, acto seguido volvió a la carga: “señor, ¿quiere menú ejecutivo o combinado?”.

No sabía cuál era la diferencia entre los dos, pero dije “combinado” como por decir algo. Subí el cierre de mi pantalón y salí del baño.

...Arjona sonaba en la radio.

De regreso en la mesa me quedé pensando si el mesero parado junto a la cortina de bambú que completaba el pedido tendría que ver con lo que ahora se llama “servicio” personalizado. O ¿sería quizás el “mercadeo uno a uno” del restaurante? En todo caso, me quedé con la idea fija de que me habían cogido “con las manos en la masa”.

Pero la última cosa que pasó por mi mente, antes de que me sirvieran el “combinado sin sopa y con jugo de guanábana” fue que el mesero impertinente era igual a muchas personas que piensan que “más vale pájaro en mano que cien volando”.

Ahí les queda el interrogante.

- Carlos Eduardo -

jueves, mayo 04, 2006

Decir dolor

Cada nueva letra sale, por completo, del cuerpo. No tanto de la mente. No es la cabeza quien escribe. A ella le toca el último toque: ordenar. Pero las palabras se generan en otra parte. Qué sé yo, en las vísceras. Por eso, releer es volver a sentir los mismos dolores que un texto produjo al ser escrito. Ese verbo imposible, aquel adjetivo excesivamente espectacular, un sustantivo adverso... La pregunta de rigor: ¿será mejor un punto o una coma? La angustia de un buen título, un comienzo fuerte, un final sorprendente. Escribir no es fácil. Siquiera. Una relectura de los textos que hemos colgado aquí me lo confirma. Y también leer las páginas de los periódicos. Debe ser difícil trabajar como reportero de un diario. Toca escribir a partir de muchas declaraciones. Todo el mundo "dice". He pensado constantemente que escribir periodismo es, en buena medida, buscarle sinónimos al verbo "decir".


*Carlos Andrés*

Este texto tiene relación con Simplemente Simple Escrito Cotidiano

miércoles, mayo 03, 2006

Una Ventana en tu Sonrisa

El diente del frente. ¡Qué terrible tragedia! Te dije que tuvieras cuidado con la comida. Claro que no me refería a un diente despicado. En todo caso, se nota bastante la ausencia del medio diente en tu sonrisa. Definitivamente, esposa mía, no me gusta para nada la sombra en la sonrisa que te quedó...

Pero, tranquila, los dos sabemos que es algo pasajero... hasta el lunes, si Dios quiere, cuando te vea el dentista.

Lo que si es seguro, hermosa mía, es que aunque se te cayeran todos los dientes y no hubiera más odontólogos en el mundo, igual te seguiría amando con todas las fuerzas de mi corazón.

- Carlos Vásquez -

lunes, mayo 01, 2006

Somos Hechura Suya...

Gen 1:26 Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...

Estábamos en un grupo cristiano hablando del Génesis cuando uno de los asistentes dijo algo que me electrizó: “Siempre he escuchado que el hombre es malo, injusto y tiene una fuerte tendencia al pecado por naturaleza, pero leyendo este pasaje me doy cuenta de que esa afirmación es totalmente falsa”, dijo.

Me quedé fascinado con el planteamiento. Es cierto, cuántos de nosotros andamos alejados de Dios por que pensamos que el hombre tiene el germen del mal en sí mismo y no puede sustraerse a esa influencia.

Que gran equivocación... fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios y, por tanto, somos parte de su naturaleza. No es posible que el pecado sea nuestro destino. Dios en su gracia nos dio parte de su propia esencia para que caminemos hacia Él un poco más cada día.

- Carlos Vásquez -

Este Escrito Cotidiano tiene relación con Momentos que No Deberían Terminar