martes, agosto 21, 2007

"Borracho hasta el amanecer"... del martes.

Ya se sabe que no hay días ni buenos ni malos para morir porque la muerte es, en sí misma, lo suficientemente fatal como para suprimir preferencias. Sin embargo, sí consta que hay fechas crueles, tipo 31 de diciembre o día de la madre o el padre, para partir de este mundo. Similar ocurre con las borracheras: hay días en los que conviene no estar borracho. Digo esto por que “La Fonda de la 33” también abre los lunes, los martes y los miércoles. De jueves a domingo no sorprende tanto; pero que la abran un lunes sí me es muy significativo. Y si la abren es porque va gente; y si entra gente esos días es porque los clientes están dispuestos a pasar borrachos un lunes, martes o miércoles laborales en las peores condiciones.

Uno de esos lunes (no festivos… quiero decir, que no era “puente” festivo) entramos varios amigos de la universidad que recién nos dábamos por vencidos frente a un parcial imposible. Un poco tristes, habíamos encontrado la manera de ahogar las penas (?): la música melodramática, ésa en la que un sujeto cuenta cómo ha sufrido en la vida, bien por culpa del amor, bien por culpa de su mala suerte, es un aliciente para pensar que si uno está a punto de tirarse una materia en la universidad, no puede dejar de admitir que otros han perdido mucho más que eso.

Recién entramos, 6:30 (sí, a esa hora ya estaba abierta; un lunes; cómo le parece), veíamos cómo las busetas de Santra, y los Laureles y Circulares, pasaban llenos de oficinistas; nosotros, en cambio, nos aprestábamos a perder el oficio. Por eso, Carolina (nombre supuesto) llamó a la mamá para avisarle que iba a estar en la Fonda tomándose unos tragos, y que llegaría más tarde en compañía de un amigo vecino. Yo, la verdad, iba en puro plan de observación. Por esos días andaba pensando cómo era ese proceso entre la cordura y la sinrazón que es la borrachera. Ya antes me había sometido yo mismo a la investigación empírica, tomando pocas cantidades de diversos licores de la escasa oferta paisa (en su orden: aguardiente, vino, ron, tequila, brandy y vodka); sólo que, la verdad, no lo disfruté tanto. Iba dispuesto a observarlos.

Desde luego, todo fue bien al principio, pues en la primera fase todos aún tienen control sobre sus palabras y acciones. Pero, cuando horas después Carolina forcejeaba consigo misma para producir palabras y articular ideas con un mínimo de sentido en una conversación telefónica con su mamá, me di por vencido en la tarea pseudo científica que había asumido. Curiosamente, Caro hablaba con la misma persona que hacía un par de horas; pero esta vez -totalmente borracha y atacada por una carcajada interminable- decía a su mamá que estaba haciendo un trabajo para la universidad, y que por eso se demoraba.

He pensado bastante en el asunto de emborracharse, y veo dos ideas sobresalientes. Una, la licencia que borrachos tienen para decir cosas, pues al estar embriagados asumen un cierto permiso para decir lo que luego no podrán sostener; otra, la extraña semejanza entre emborracharse y morir. De ahí esa extraña fusión entre borracho y suelo.

lunes, agosto 06, 2007

Octosílabo

Esta muchacha morena
Lleva camisa de flores
Para estrenar en la Feria
Y yo casi sin pantalones
El joven-camisa-rayada
Y cabellos desordenados
Lleva una limonada
Pues siempre va preparado


Las 12 cuerdas del tiple, a medio afinar, suenan tan pronto como la mano del trovador inicia el pulso de la trova dobletiada. Simultáneo con el sonsonete, los pasajeros del Circular Sur 303 advertimos unos ojos burlescos que, respetuosamente, iban leyendo el bus. Luego de carraspear la voz, inicia en métrica de 8 versos octosílabos un breve saludo y se tira de una a improvisar sobre los habitantes del vehículo. Para empezar, la pareja de amigas de la primera banca; después, el señor con cara de médico, de quien el juglar resalta su bigote. Y así hasta que llega a mi compañera de banca y a mí.

Si todos hicieron lo mismo que yo, nadie miró al trovador, pero mientras éste sacaba los versos referentes a uno mismo, ponía más cuidado, reía por dentro, y se convencía del talento del tipo.

Y aunque lo hace como un “modo de subsistencia” (frase de la trova final con la que nos invita a que le colaboremos con alguna monedita), el trovador de los buses canta la ciudad. Por eso a través de sus “dobletiadas” entiendo cuánto hay de música en nuestras vidas, y en ella. Eso mismo lo entendieron mucho antes los vendedores de dulces, verduras, frutas y periódicos, así como los raperos, algunos predicadores de iglesia, y, cómo no, las mamás (eso que uno llama cantaleta es un poco el reconocimiento de cierta cancioncita en la forma de las palabras maternas que, como las canciones, se repite siempre igual).

Al trovador no le di moneditas. Es una política personal. Pero sí quise agradecerle los minutos de crónica citadina que a través de sus palabras pude revivir. Me prometí que si lo vuelvo a encontrar lo voy a felicitar. Mientras tanto, me dieron ganas de tocar guitarra: ¡un, doss; un, dosss, tre, cuá!