miércoles, diciembre 19, 2007

Tríptico: Tres

Él terminaba sus cuentos en las orillitas de las fórmulas médicas, o en las esquinas que los apretados márgenes del periódico le permitían. Creativamente era un alivio dejar pasar las ideas a los papeles ya impresos y usados para fines tan decididamente útiles como la información del día, o las últimas promociones publicitarias, cuyos volantes casi siempre llevaban una cara en blanco. Cuando se presentaba decía que era escritor, y cuando se le preguntaba dónde estaba su producción, él decía que su humilde aporte era salvar con apretadas palabras silenciosas tantos oficios (papeles) destinados a la utilidad.

Tríptico: Dos

No son pocos los cuidados que deben tenerse con los que sueñan escribir. Si al menos soñaran con volar, habría una serie interminable de contundentes argumentos para retraerlos de su propósito. Pero aquí no es posible. Tan sólo aprenden sus primeras palabras, y a se los ve por ahí mirando distinto; y lo peor: haciendo preguntas. Como tantos siglos de humanidad nos han enseñado, no hay nada más peligroso que un ser acechando preguntas; ellos son como cazadores que tiran flechas al aire; el problema es que aire siempre va a haber. Así las cuentas, tenemos dos peligrosos seres: los inquietos y los escritores. Pues bien, aquí tenemos a este personaje, hasta ayer corriente, padre de familia, trabajador abnegado y gris, quien ayer vio por accidente una extraordinaria película, y ahora se encuentra pensando: ¿por qué hoy, en un día tan corriente, yo tan normal, estoy escribiendo esto en las hojas sobrantes del cuaderno de mi hija?

Tríptico: Uno

Éste era un escritor afamado en el mundo de las papeleras. Toda su producción había ido a parar allí, en los más variados formatos. Fueron particularmente recordadas sus servilletas blancas arrugadas, las hojas de cuaderno viejo con anotaciones profusas, y los reversos de consignaciones bancarias con haikús a medio camino. Pero, haciendo honor a la imperfección del universo, y su insistente aparición en los relatos breves, ya sabemos que no todo es perfecto: un día, un crítico decidió encontrar valor en esas notas dispersas; se publicaron y pasaron de las cestas de basura a las mentes de los habitantes de aquella ciudad. Muchos vieron el cambio como una pérdida de valor artístico, “Era preferible cuando escribía y botaba a la basura; ahora es un simple mercader, afamado, reconocido; no es más que un vendedor de la misma historia muchas veces; un best seller”. Alguien, sin mayor embargo, dijo que tal vez entre los recipientes de basura y las cabezas de los ciudadanos, no hubiera mucha diferencia, a fin de cuentas ambas contenían lo mismo: basura.

jueves, diciembre 13, 2007

Recuerdos del Bosque

Por Carlos Eduardo


La piel del agua se abrió con sutileza. La mujer desapareció dentro del universo líquido del río y reapareció justo al final del reflejo solar.  Su acompañante la miró sin interés, asumió que la chica era parte del paisaje y se durmió de inmediato.

Ella nadó de espaldas buscando el cielo con su mirada, ensayó un par movimientos sincrónicos y alcanzó la otra orilla, luego de un par de brazadas. Mis ojos la espiaban desde los matorrales. El deleite de su piel blanca y mi soledad se atraían.

Ella emergió del agua y yo de la umbría. Me miró y se acercó. Tenía una linda sonrisa y los ojos todavía impregnados de cielo.  Estiró su mano y acarició mi lomo. Una descarga eléctrica me recorrió de punta a punta. Me retiré espantado. Ella me siguió bosque adentro.

Repuesto de la impresión inicial, me dejé alcanzar, aunque huí dos veces más por pura precaución.  Luego me quedé quieto. Ella tomó mi cara entre sus manos y levantó mi rostro asombrado. Quise huir de nuevo y busqué con la mirada una ruta de escape.

Acarició largamente mi cuerpo y rozó con la punta de sus dedos uno de mis muslos. “¡Qué fuerte eres!”, me dijo.  Yo me dejaba hacer y lo disfrutaba...

Pero, en definitiva, el momento más emocionante fue cuando me levantó en sus brazos, me sacudió con ternura y me dijo: “Eres la ardilla más hermosa que he visto en mi vida…”

Desde ese momento, supe que la amaría por siempre.