miércoles, marzo 28, 2007

Tarde. Como siempre.

O cómo pretextar los silencios sin romperlos

Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla. Ya era tarde. No sé por qué soy tan lento. Tal vez puede ser porque ella (todavía) me gusta; o al menos porque representa un cierto misterio para mí; como si fuera algo cuya imagen no puedo entender fácil.

(Así que me bajo de “la Santra”, y corro hacia la canalización para alcanzarla. Ella voltea hacia la izquierda buscando una portería café de ésas en las que no hay portero y a la gente le toca sacar las llaves o llamar al citófono. Ella busca en su morral algo que no encuentra, y yo aprovecho para saludarla. “¿Cómo estás?”; ella contesta: “¿Vos?”)

Justo en ese momento siento el estridente ruido de una moto que acaba de pasar junto a la buseta. El episodio en el que corría tras Natalia había sido mi imaginación derivada de estar leyendo a Andrés Caicedo por estos días.

Volvamos a la realidad… a la realidad del recuerdo: “¿Te puedo morder?”… Creo que fue una de las primeras cosas que me dijo. Estábamos en alguna cafetería universitaria, y ella había cambiado su sonrisa de niña cruel por una de niña amable; es más: de niña cursi. Igualmente, había dejado de burlarse de los demás (y creo que de mí) y comenzó a compartirme sus escritos. Yo empecé a leerla y a entender que ella me mordía con sus textos; sus palabras sonaban a niña cursi; es más: a niña ingenua. Pero voraz.

Luego fue la fiesta en Guayabal. Sólo ella y “La Gorda” se emborracharon; (¡y pensar que horas antes eran enemigas!) Yo había ido a la reunión sólo por ella, pero ya casi terminaba la fiesta, y ella sin llegar. Al rato sentimos que un taxi pitó, y que se bajó una mujer excesivamente obesa acompañada de otra “monita” delgada -ambas bastante borrachas- pidiendo plata para pagar la carrera. Yo no pude dejar de sentir algo extraño por esa monita triste que escondía su dolor en los cigarrillos y el licor. Debo confesar-me que fue ahí donde reconocí que Natalia me gustaba… a pesar de (o quizá justamente por) lo que me producía ese contraste.

Entonces la busqué para que fuéramos a dar un paseo. Yo sospechaba que ella quería caminar, y ante el grupo justifiqué que era para que “se le bajara la borrachera”. Dos cuadras después, ella me confesó que yo le gustaba, pero que sabía cuán diferentes éramos. Yo mantuve el silencio y sólo la abracé; le dije que se quisiera y se cuidara. Ella simplemente alcanzó a decirme que con su abismo no me metiera.

Meses después no sabía nada de ella. Sólo sentía en mi cuerpo esa nostalgia que se estiraba. Sentimiento contradictorio: sentir que se quiere a alguien que no se quiere a sí mismo. Más adelante, supe que estaba estudiando en la UPB, que se mantenía “bebiendo” en la tiendita de Carlos E. Restrepo. Muchas veces fui. A buscarla.

Alguna vez, de camino a clases de mi posgrado, la vi en la Bolivariana. Y muchas otras veces la encontré en Carlos E., y en el parque de Boston. En todas las ocasiones traté de reencontrarla en esa mirada perdida. No importaba la hora: siempre tenía los ojos desorbitados.

Hoy terminé mi día un poco antes de lo pensado. Voy en la buseta para mi casa; acabamos de dejar atrás el Obelisco, y en el puentecito Natalia –que se había montado en Carlos E.- se para con dificultad; con la misma que le pide al conductor que la deje al final del puente. Después, es decir, mucho después de que Natalia se bajó de la buseta, quise seguirla.

5 comentarios:

diana. dijo...

arango...he ahi el poblema de pensarlo todo...siempre se hace tarde.

Pero bueno, como el tiempo no se detiene, eso hace que nunca o siempre sea tarde, asi que es uno quien decide...si ya es tarde o justo a tiempo.

Anónimo dijo...

mmmm

ya sabes quien dijo...

quien le dijo que "Natalia" no se quiere a ella misma?

Xiomy dijo...

Pues no sé hasta que punto sea tan malo pensar las situaciones de la vida, en lo que si estoy muy de acuerdo con Diana es que existe un “todavía” por lo tanto puede que no sea tan tarde.

Anónimo dijo...

¿y quien es esa tal Natalia?... Me hiciste sentir celosa