miércoles, marzo 14, 2007

Cien-agas de soledad

Esta semana renuncié a la Universidad Católica. Fueron tres años y medio. La universidad me dio parte de ella, en cambio yo lo pusé todo de mí mismo. Aún así, fue una relación de justa correspondencia.

Me dolió desprenderme de mis cátedras. Elaboro mi duelo mientras llevo a cabo los últimos actos académicos: adelantar los parciales una semana, elaborar informes para la persona que me suceda... Ojo, para quien me suceda no para quien me reemplace, por que nadie es reemplazable y nadie debe ser irrespetado al tratarlo como a un reemplazo.


Me gustó sentir el calor de los muchachos y su cariño cuando supieron la noticia. Esperaba más de los compañeros de la universidad, pero igual, lo importante eran mis estudiantes. Para ellos trabajé todo este tiempo. Que ironía, soy feliz por que los veo tristes por mi partida.


Una voz interior me confirma que hice las cosas bien. Recuerdo la canción de Mercedes Sosa que dice: "Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón." Eso lo aprendí en la univerisidad. Antes solía decir en las entrevistas de trabajo: "abráme una puerta que yo me encargo de abrirme camino en la organización" Hoy digo simplemente: "Déjeme ofrecer mi corazón". ¿Qué otra cosa se le puede ofrecer a una institución?


Llevo doce años de docencia. Ahora entiendo por que dicen que en la universidades y en las academias se aprende. Aprendí no pocas cosas. Muchas de las cuales ni siquiera aparecen en los textos que tanto leía y releía. Cosas de la vida y de las vidas de tantos jóvenes amigos. Coincido también con Sabines cuando dice: "A esta edad, la juventud solo se adquiere por contagio." Quizás por eso nunca olvidé el poder de una sonrisa y jamás me enfermé o me sentí debil. Toda la fuerza la traían mis estudiantes y me regalaban un poco cada clase.


Cuando me vaya, llevaré en mi maleta tantos tesoros que espero poder pasar por la aduana sin inconvenientes: satisfacciones, consejos, risas, problemas compartidos y resueltos, consuelos, charlas de cafetería, bromas, detalles...


Algunos quisieron ver un padre en mi y yo, quise ver un hijo o una hija. Otros quisieron ver un maestro y yo, quise transformarlos en discípulos, otros decidieron llorar en mis hombros y yo quise ser un pañuelo, incluso muchos optaron por ser mis amigos y yo fui su amigo.


Mañana cuando me vaya, sentiré la opresión del actor cuando sale de escena y se encuentra con su soledad. Por eso, quizás entenderé mejor a Gabo cuando piense que un siglo no es mucho, al final son solo cien años de soledad.


- Carlos Eduardo Vásquez -

5 comentarios:

Xiomy dijo...

Sentí algo de nostalgia. Será porque casi toda mi vida la he pasado de un lugar a otro y de repente recuerdo lo difícil y triste que es despedirse y alejarse de situaciones y personas que ya hacen parte de nuestra vida. Como te dije hace poco ¡animo, cuando sentimos que se cierra una puerta de madera, en realidad es porque se van abrir dos de oro!

Un abrazo

Carlos Andrés dijo...

Mi Lanza, un abrazo. Éxitos.

diana. dijo...

da nostalgia rara que te vayas, la he nombrado así, pues aunque te vas, no te vas, igual se que nos seguiremos encontrando en escritos…como siempre.

Señor Carlos e. que le vaya muy bien…buen viento y buena mar…y un abrazo grandote.

Comunicarlos dijo...

Gracias, aún tengo un par de semanas para salir, pero algunas partes de mi ya están emigrando antes que yo.

(léase sueños, ambiciones, esperanzas...)

rafico dijo...

Cordial saludo...

Llego a ti, por una referencia que haces a un amigo en común...

Tu blog es exquisito...

Respecto al cambio... creo que todos sabemos lo provechosos que son...

Hasta pronto.