lunes, junio 18, 2007

Malrecuerdo


Una interpretación esquemática del psicoanálisis diría que el nombre escogido para la hija de un hombre (sobre todo la primera) tiene alguna relación con algún deseo reprimido o una antigua (o quizá reciente) frustración. De eso puedo hablar poco porque ni sé de psicoanálisis, ni tengo hijas; pero sí variado malrecuerdo.

Luego de besarnos intensamente, entre nosotros surgió una conversación. Fue hace dos años, pues en las cabezas de la gente que pasó cerca de nosotros esa tarde en la Estación del metro se sentían unos tibios envíos de calor; del calor de junio. Las cosas iban bien.

Pero nos dio por hablar. Y el hablar requiere del ejercicio de nombrar. De nombrarnos. Y con esto la necesidad de aclarar quién soy yo para el otro. Entonces llega el silencio. Las palabras se piensan como si se tratara de una declaración bajo juramento. Es que, de hecho, lo es. Por eso la ausencia de sustantivos, y la presencia fastidiosa de adjetivos lleva a la mutua incomodidad, y casi la inevitable conclusión de que estábamos equivocados.

Ella se sintió mal. Me reclamó. Yo también, extrañado, repliqué sus preguntas. Confusión terrible.

Se hizo tarde y era hora de irse. Entonces Ella va a la estación y se despide con un abrazo tan confuso como las ideas de los que se encuentran confundidos.

Caminé hasta mi casa. La noche, calurosa, me permitió ideas terribles. Indeseables. Desencadenadas como una improvisación de jazz. Sí: fue una noche disonante como el jazz; trepidante. Y en mi cabeza una retahíla que más parecía un rap. Odio estos momentos. Uno piensa, repiensa, elude, acude; fabrica discursos, excursos, recursos, decursos… y nada sirve.

Mas si la idea del primer párrafo es cierta, mi hija no se debería llamar Sandra.

Por cierto, en la pasada noche de viernes sucedió algo similar. Y por poco surge ese día otro nombre prohibido de mujer.

1 comentario:

Comunicarlos dijo...

Bueno, es una teoría interesante. No se entonces que diría tu amigo Freud de mi deseo inicial de llamar a mi hija María del Mar.

Recuerdo que todos pusieron el grito en el cielo por mi poético nombre y mi niña se terminó llamando Camila.