martes, junio 06, 2006

Vertical


El portero, ser humilde e indispensable, me saluda tan amable como siempre; también su amigo, el que dedica su vida a iluminar los zapatos de los demás, pronuncia su original “Ilustrísimo, buenos días”, el saludo más coherente de toda la vida. Junto a mí, ingresa una mujer tan pre-ocupada como su compañero.


Es hora de almuerzo y los olores se reconcentran en los rincones. La paciencia se organiza en filas que pronostican olfativamente su futuro próximo. Ya la intercomunicación visual de la pareja de al lado se me antoja de interés, por lo cual bajo el volumen de mi música. Verlos es ver en acción un sutil juego codificado de presencias y ausencias. (Ante su rostro de secreto, discretamente me pregunto si hay algún atractivo especial en las conversaciones ajenas).


La vida se vuelve una complicada red de datos, cheques, facturas, órdenes de producción y registros. (Extiendo mi meditación sobre la pareja: las conversaciones, en general, son interesantes).


Para confirmar mis pocos pensamientos, empiezo a sentir –tanto como al frío acondicionado- una impostergable lágrima en el rostro de la niña. Él se pregunta -y le pregunta- qué se puede hacer. (A mi reflexión anterior agrego: pero lo ajeno, también en general, hace más interesante cualquier cosa, incluso a las conversaciones).



Nada, creo oírle a la mujer. En este momento la posee un gesto inasible, que demanda intimidad y censura a mi mirada todavía fija en ella; murmura algo así como un luego te termino de contar.

10º
Se ve poca gente. Siquiera (aquí son poco amigables). El silencio –su silencio- se mantiene en tensión. Urge un abrazo.

16º
El abrazo no sucede. Mi interés, disfrazado de mirada indiferente, los pierde en el cercano horizonte. El silencio –mi silencio- es ahora mímesis. Las puertas vuelven a cerrarse; la vida es, de nuevo, adversa.

17º
Diecisiete pisos de historias después, llego a mi destino final; entrego los papeles a la secretaria, y vuelvo al corredor principal, presiono el botón de flechita hacia abajo. Luego, una campanita suena, y unas puertas se abren; 17º, 16º, 15º, 14º, 13º, 12º, 11º, 10º, 9º, 8º, he llegado a mi oficina (Nuestra vida ocurre constantemente en el tiempo de los ascensores).


*Carlos Andrés*

3 comentarios:

Carolina dijo...

En el dia a dia y cada minuto, se aprecian, se aprende, se viven cosas diferentes, al ver interactuar a los demas, en un minuto puede pasarnos algo inesperado, el tiempo corre y en cada minuto aprendemos del otro e interactuamos con un conjunto de personas diferentes a nosotros.

Fredy dijo...

es verdaad, uno pasa mucho tiempo en los asensores mi fantasia es tener una intimidad en uno de ellos pero no da tiempo porque suben y bajan muy rapido pero es, verdad uno escucha historias en los asensores y en el bus y en todas partes

DORA LUZ SIERRA dijo...

ESTOY DE ACUERDO CON EL COMENTARIO DE FREDY, UNO SE SUBE A UN BUS Y ESCUCHA UNOS DIALOGOS,UNOS RIEN OTROS LLORAN. ESA ES LA VIDA DEBEN OCURRIR TODAS ESAS COSAS PARA CONSERVAR EL EQUILIBRIO