jueves, junio 29, 2006

Ineludible

Infladas, tiernas, agrias, diminutas, dulces, o chocantes, nuestras palabras son como nosotros, y nosotros como ellas. De la poesía me gusta la idea según la cual el ser humano es su palabra. Lo anterior no obsta para que, a veces sin querer, digamos cosas de las cuales no somos conscientes; o que los demás nos escuchen algo que no creemos haber dicho. Ocurre a diario: nada tan cotidiano como la sensación del malentendido, el falso supuesto, o la interpretación equivocada.

Acabo de encontrarme con una amiga en MSN quien, feliz por su nuevo novio, me saluda dichosa: ¡Micora, cómo estás!, ¿quieres saber por qué estoy feliz?.


Isabel y yo nos "casamos" en la universidad; nos encontramos una tarde compleja para ambos: yo recién salía de una relación larga y extenuante; ella empezaba una cuyo fin sería similar. Cuéntame, qué es lo que te tiene tan feliz, pregunté. En mayúsculas escribió: TENGO NUEVO NOVIO, POR FIN.

Me alegré por ella; después de una relación de cinco años no es fácil volver a enamorarse. Por eso pregunté: Y qué tal te va con él. Entonces respondió -de seguro sin saber- algo que se me antoja bastante gracioso: Excelente. Me trata muy bien; es zootecnista.



*Carlos Andrés*

3 comentarios:

diana. dijo...

Estoy de acuerdo, tus palabras son como vos, y vos como ellas.

Carlos Eduardo dijo...

Las palabras no son confites para irlas regando por ahí. Tienen fuerza y poder. Crean y destruyen mundos.

Somos como dioses diminutos cuando empleamos una palabra u otra.

Tuvo suerte la chica de no tener de novio un embalsamador.

Carlos Andrés dijo...

Freud habla de los "lapsus". Es una teoría que me encanta: las cosas que decimos "accidentalmente", realmente tienen un sentido cuyo origen en el subconciente. Interesante.