domingo, julio 23, 2006

Mar de Palabras

1989, el mismo año en que saboreé por primera vez el mar, fue también el año en que conocí a mi segunda novia. Sí, la segunda, porque Paula (así se llama) había peleado con Marcela (la primera) sólo para estar conmigo. Fueron ésas sus palabras. Aún no sé cómo en cuestión de días ellas habían dejado de ser las mejores amigas, para convertirse en dos ejércitos antagónicos. Lo más lamentable era mi condición de objeto militar: me pregunto si fui causa o excusa de su pelea. En fin, ésa y otras situaciones me fueron introduciendo lentamente en el complejo mundo de las mujeres.

Alguna tarde, reunida con varias de sus amigas (donde no estaba, por su puesto, Marcela), Paula me pidió que las dejara solas "para hablar cosas de mujeres". Desde ahí he venido escuchando esa misma expresión de manera recurrente. Y me parece curioso que a esa edad los hombres aún no reclamáramos la exclusividad masculina de algunos asuntos. Por el contrario, las mujeres lo saben y lo practican desde temprano; en ello influye –de seguro- su capacidad admirable de aprender de sus semejantes.

Cuando me hice a un lado para que Paula y sus amigas "hablaran cosas de mujeres", un tsunami de palabras se apoderó del espacio-tiempo como si alguien hubiera vertido agua caliente en una bolsa de plástico: llega un momento en el cual las circunstancias estallan. Con mi silencio contemplé cómo entre barbies y vajillitas de plástico, ya se asomaban los más venenosos comentarios sobre sus compañeras de género.

Lo recuerdo porque hoy recibí la llamada de una queridísima amiga, quien no paró de hablar durante dos horas para contarme lo sucedido entre hoy y la última vez (semana bastante reciente, por cierto) en que habíamos hablado. Al finalizar, me dijo que le encantaban nuestras “conversaciones” (las comillas son mías). Yo me pregunté por qué ella se refería a diálogo, si en realidad sólo se trató de un monólogo consigo misma, en el que mi participación no pasaba de un “sí”, matizado con algún que otro “¿sí?, y, muy de vez en cuando un ”¡sí!”. De todas maneras, para ser fiel con la verdad, debo advertir que varias veces ellas preguntó por mí; pero, también es justo decirlo, cuando una mujer (o cualquier persona, sobre todo si es mujer) desea desahogarse, es bueno no hablar mucho.

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