lunes, noviembre 27, 2006

El último día

Cotidiano de Carlos Andrés en el que reclama la cotidianidad de los demás (Tal vez sin tener presente la propia)

Llueve demasiado en esta noche de viernes. La clase va igual de aburrida que siempre. No sé si mis amigos aún quieran ir a mi casa; en eso habíamos quedado, pero no contábamos con la lluvia. Y debe precisarse que los aguaceros suelen dislocar los planes.

Al salir de clase, me pareció que el mundo seguía demasiado normal a pesar de todo. Había cierto tono de reclamo en mis pensamientos: cómo podía estar todo tan normal, como si nada hubiera pasado.

En el bus, vi las mismas caras de siempre. El lluvioso tramo del bloque de clases hasta la parada del transporte es exagerado; hubiera tomado un taxi, pero –debo reconocer- quería que más gente me viera. Pero de nada sirvió; a nadie le importó verme; ni ver esa cara de felicidad que me acompañaba.

Ya en el centro comercial donde suelo caminar mis preguntas todo siguió como en el bus y a la salida de la universidad ¿Qué está pasando con todos?

Ni siquiera en mi casa dijeron algo distinto. Me preparé un café –sin licor- y miré por la ventana hacia fuera. Entonces grité:

¿Acaso no saben que acabo de llegar de mi última clase de posgrado?

5 comentarios:

Pipe dijo...

La vida es como los huevos de las gallinas; las gallinas cuando ponen un huevo lo cacarean, los éxitos son pequeños huevos de oro, pero no todo el mundo sabe que es tu Mejor huevo

Xiomy dijo...

Pues yo no sabia… pero felicitaciones, como dice tu amigo un logro mas.

Anónimo dijo...

jajaja...aveces a uno se le olvia que a los demás se les olvida!!!!....saludos!!

sandra l dijo...

Es cierto! en varias circunstancias de la vida he sentido que para la sociedad poco importan mis logros, pero bueno,ya es simple costumbre aaaa ... aunque tarde felicitaciones!

Anónimo dijo...

Para pensar...

AUTOPROMOCIÓN: tácticas para comunicar logros y aportaciones personales sin caer en alguno de los extremos más corrientes: la humildad excesiva y el marketing exagerado de las cualidades propias.

Dominar el delicado arte de "autovenderse a sí mismo" es crucial, pero no resulta fácil. Si exagera la autopromoción podrá ser tildado de fanfarrón, pero pasar desapercibido lo excluirá de aplausos bien merecidos.